Piensa tanto en la cocaína que cuando Juan le habla con las manos en el bolsillo cuestiones de su abuela, Katz cierra los ojos fuerte y no retiene mucho. En la casa de Mauro, siete fijos, quién sabe cuántos otros temporales, o los que pasan. Y de vuelta quiénes. La música restalla. Hay gente que no recuerda y ha charlado algo, y también otras que ha visto una sola vez en la vida y que ni idea. Si lo saludasen, haría un gesto de la cara, deforme más buscando transmitir paz, eso mezclado con la mirada de un secuestro, de todas las partes.
Hace frío o calor en Barcelona.
Deja a Juan con gesto comprensible, eso para ir afuera, total esta conversación seguro resurge a la vuelta.
Es consciente del eco por primera vez, lo grave que es la voz de Mauro, como calla a las otras. Sale serpenteando entre la gente.
Cuesta ir por las escaleras de la edificación larga y chica. Ni notó a Martín bebiendo algún licor con barbitúrico acostado en un sillón que interceptó en cuanto dos quebradas se pararon, agarradas de las manos, y él como rey con banquete copioso y tapado puesto, con gracia y rapidez extrañas en aquel que le cuelgan las babas.
Tampoco vio quien va escalera abajo a Aldana encarando a algunos lindos, enarcando las cejas en los momentos justos, siendo como siempre y divertida en la idea de bailar. Y en ponerse a bailar, pero sobretodo en lo otro, le gusta verlos querer ser una araña bananera. Es algo simple. Reacciones. Movimientos.
Ser mujer te da eso que será bueno o malo o qué pero que existe y a ella piensa que le juega a favor y si no ha salido sin necesidad más que de tenerse, con su pelo cada día más largo, a veces atado, o en rodete, pero siempre creciendo. Los chistes sinceros también. Lo mismo danzar a lo loco con los chicos, conocidos, amigos de, los lindos y graciosos de porro, fumar porro con todos ellos, pero hasta ahí. Prefiere hacerlo con su grupete. Con Agustín Cruz (frutilla imposible). También con otras mujeres bebidas y chispeantes, cuerpo contra cuerpo como si hubieran bailado juntas desde chicas, como les pasa con Brenda.
Ay la Aldi, la hija del policía, ella quien una vez trajo y sacó como si no existiera a uno del skatepark al que miraba entre las gafas negras sin miedo alguno, echada con los joggins y el pelo largo en el suelo, casi planta. Eran chicos en ese entonces y la situación era la de siempre. Aldana mirando hombres sin decoro, Nahuel y Brenda hablando acostados, compartiendo auriculares o leyendo, y los otros, cómo no, en la pista con las patinetas. Julia entretanto con Martín poniéndole flores y pasto acomodados de manera linda en ese pelo que ya era fucsia de ese fuerte. Él abrazado al jugo de vodka y un poco de naranja que tomaban antes y durante y después del colegio ese de arte, el grupo de la mierda como siempre. El grupo de la mierda, ellos en sus bancos eternamente suyos cada año en cada salón. Nombres, canciones, navajazos y saliva. A veces bilis. Después se sumó Cruz al otro banco y en todos lados hablaron siempre, porque ese habla o habla. Los más callados son Martín, Nahuel y a veces Brenda, bien sabe. A Julia la conoce desde los seis años.
Le gustan las gafas siempre puestas para bajarlas y mirar y que miren, y ahí el juego.
Nahuel va que tropieza por las escaleras de cinco pisos eternos.
Al llegar afuera quisiera abrazarse a ese cielo desprovisto de las estrellas por el smog y las casas ajenas, a la boca desde el Playón, geométrica. Mira, sí. Pero ve líneas y fauces. Oye perros y ve caninos, esos caninos enormes. Roque como compungido tras la puerta del baño, rasgando con zarpas, y Nahuel sentado en el inodoro con los codos en los muslos desnudos, sólo unos shorts sueltos y negros que cubren pero no tanto. Las manos en la cara, en la frente. Antes de volver a Juan, el más rescatado, él que no consideraría el camino al empalamiento hasta ser atravesado.
Yoel lo llama apenas lo ve, agita el brazo para atraerlo al lugar y al momento repara en la posición ajena y la agitación. Nahuel gira el rostro justo cuando Chazarreta va a entonar algún sobrenombre, y él va enderezando el andar. Al agarrarlo un momento lo raspa con el microdermal ahí junto al oído, donde suenan chasquidos atómicos por nada. No hay mucha luz pero distingue perfecto a Yoel y a Tomás, el otro conviviente de Mauro, con la capucha puesta y fumando de una lumbre gorda sentado en el piso. Se conocen todos más o menos de los trece, catorce. Nahuel aguantó sin probar falopa hasta el año que cumplía quince, el mismo en que con Brenda tuvieron sexo por primera vez.
— ¿Qué toman?
'Yo Clona con vino, ¿querés?'
Extiende el brazo a él y Katz bebe, esa lombriz que baja y pica y estremece y muerde famélica. Al terminar el largo trago se limpia el rostro y le devuelve a Yoel una cantidad digamos que injusta. Pero Chaza (Chazarrata por ahí, rata y chorro así nomás, a punto límite de otro choque y de terminar en un container) ni se preocupa, termina lo que queda, fuma cigarrillo, le convida a Katz que ve cemento, asfalto y piedras. Piedras de esto y de lo otro. Sólo le gusta estar descalzo pero no se acuerda, se olvida la sensación del pasto y la de las alfombras. El porro gira a la derecha, Tomás lo pasa a él que lo agarra ciego, fuma a caladas deliciosas, casi que las contiene. Se lo da a Yoel y Yoel fuma, el humo sale instantáneo por la nariz y entre los labios y mira ese cielo extraño y bello que consigo ha traído desgracias y sexo y piques, y también ese accidente, Nahuel lo sigue en la mirada sin darse cuenta que está re loco. Cararrota, Chazarreta, fuma y sigue la ronda. Recuerda esa vez en la carpa de Córdoba cuando pensaban en algún mosquito lo atacó a Katz, afiebrado y delirando de a ratos, muy débil. Como dominó, llegó su primera abstinencia. Agustín comentó algunas cosas, pero toma y la pepa que es la cosa real. Esa vez que se le cayó el celular a la zanja, la pepa en la funda, y entró nomás. Con un olor. Se cagaron de risa. Se descostillaban. Katz sorbe por la nariz.
'¿Cómo vas?'
Encoge los hombros. Hay muchos kilómetros a la distancia, y el corte es eso mismo, y esto es otro sufrimiento. Sabía que se iba a ir, siempre lo supo. Y supo de Sebastián y de la familia de Simón y del amar y del querer poseerlo. El dejarse llevar. El porro vuelve a girar y Nahuel no cae por un momento, Yoel le indica.
'Lo que le agradezco a Simón que me salvara la vida' dice.
Nahuel sonríe. Tomás sabe, bebe de su propio vaso, intomable diría más de una persona. Sí le salvó la vida. —Y...
'Y.' Se ríe Yoel, piensa en Simón y en Fede y la familia. Van a seguir viéndose. Y a Zandoná le manda mensajes de tanto en tanto, porque se imagina que está de acá para allá. Y Yoel normalmente se envicia si no es en droga y porro y la moto y también las carreras, todas las carreras. Siempre supo que no llegaría al Dakar. Es ocioso. Pero le sigue dando a la música entre maples de huevos pegados con los chicos.
Nahuel hablaría de Simón, pero hay otra cosa en su cabeza y tampoco tiene momento. A veces quiere llamar a Andrés pero desecha la idea, y con Belén ni hablar. De ayuda Brenda podría, más sabe que no faltaría contención pero sí confianza. Además el ‘Y.' zanjó cuestiones reales o hipotéticas.
'Me voy a llevar esto a rellenar' y sonríe contento el diente que no está. El rubio va a encontrar algo rico para Nahuel y para él.
Silencio. Katz busca los cigarrillos y fuma.
'¿Estás dejando?'
—Sí.
'Yo también' contesta. Encoge los hombros. Es peor que las otras veces pero siempre es así. Al menos ya no pasa por Alejandro Korn. Sigue agarrando destornilladores y los tiene en los bolsillos y los tira o no.
Estira el brazo y pasa el porro, Nahuel hace un gesto con el dedo hacia el vaso y Sosa lo acerca estirándose lo mejor que alcanza, porque Nahuel está hecho mierda como él, Yoel, Mauro, Martín y más que ellos. Quién no merece tomar de un trago. A Simón ha visto beber con ganas. Pero él no culpa a nadie porque nadie no lo hace, y todos disfrutan y vomitan y sangran. Y da ganas. Cuestión, Yoel no pone mucho Clonazepam al vino tampoco. Nahuel toma, dobla una pierna, se arregla. En qué andará Simón no le incumbe pero lo piensa, repasa. — ¿Tenés merca?
'No.'
Es mentira y algo no muy personal. Un gesto de mutis propio que Nahuel reconoce de miles de otros, delata la mentira de un drogadicto.
—Dale, Tomás.
Pide éste el porro de mala gana y al ser devuelto no le hace ni caso por un rato, lo medita aunque está en otro lado. Nahuel sostiene el vaso sin beber.
— ¿Y Yoel?
El moreno se sacude, le pasa el porro y se saca la capucha. 'Con Joaquina.' O Martín o cualquiera. Se arregla el pelo y piensa en el sexo de Joaquina, en las tetas y el culo. Hubo una única vez, y ni si quiera en lecho. Nada más los dos apretados en el baño de Yoel franeleando y dedeándola y chupando. Y listo, nunca más. Joaqui balbuceó algo (silencio, repetición, cualquier cosa) en algún otro encuentro general, pero Tomás hizo gesto de dejá con el ceño en leve fruncir y así fue. Se llevan.
Joaquina y Yoel son un tema, sí sí. Lo son.
Fauces abiertas y rábidas. Quiere falopa. —Convidame.
Tomás fuma el porro. Esa merca es suya, no de él. Por más años convidando y más ganas que tenga, hoy no es la noche. Lucas no contesta más el celular. Habrá cambiado el número.
— ¿Qué te pinta?
'Es para después.' De acá se va a ir por ahí a lo lejos.
Piensa Katz que ni le venga a pedir. Ni a palos. Nunca más.
Ya está enojado, triste y desesperado al volver de Yoel. El rubio viene y le da el vaso y el porro se le es tendido. Chazarreta fuma a pesar del mandibuleo y ese mareo que tanto le gusta. Abraza a Nahuel, lo atrae contra él como siempre. Lo suelta en otro momento.
Sosa tiene curiosidad de saber un poco más del tema ese que discutieron apenas los otros dos. Simón no le caía mal. Y a Nahuel lo conoce más o menos. Siempre ha vuelto y venido de Corrientes y todos lados. Mauro y los demás le pagan el alquiler a veces. Muchas pero no tantas. A Katz siempre quiso hablarle de más cerca y siempre se la puso dura ni con mirarle las piernas o nada. Percibió cosas. Gestos propios de las manos que a él ya ni le salen porque desde que descubrió la sexualidad, eso temprano, en cuanto recorrió y oyó el alrededor... Se confirmó después, aunque Sosa captaba, con Simón. Médico ¿cabecera de urgencias?, no era para nada feo. Sí que agarró con Nahuel. Los dos agarraron. Mueve el pie, el pantalón enorme se mueve, oculta una delgadez.
'Estaba con Joaqui y Aldi'.
—Vivo acá a la vuelta. —Le dice a Tomás, Yoel que venga ni se tiene que decir, es Yoel. Yoel tiene merca (él la dejaría si se lo pidieran, aclararía de paso. Alguien que no sea su vieja). La cosa es que ir al departamento va a estar bueno. — ¿Dale? —Mira el microdermal de Yoel y después sus pupilas eclipsadas.
Tomás sigue callado, tiene otras cosas que hacer. Juguetea con el porro, no sabe ni cuándo llegó a sus manos. Le va a costar levantarse, de paso caminar hasta dónde pueda echarse a esnifar y, en cuanto se tiña ese celeste que precede al amanecer, a bajar. Puede ir. Lo ha hecho tantas veces que es terreno propio, pero no asegurado.
'Yo me quedo hasta que Joaqui quiera' dice Yoel. Aldana va a llamar a un Uber que Marto pagará (descansará sobre las piernas de Aldana, en una posición perfeccionada en mutuo acuerdo y entrenamiento), y ni se fijará en el peso del billete, como siempre. A veces se rescata alguno, a veces el chófer devuelve, otras no. Si Mansilla tuviera ganas, se agarraría a las trompadas, pero la plata para él es algo que quieren sacarle y que siempre termina en sus manos. ', quedense.' Después se ríe, encoge los hombros. Saca la lengua, ya está. Hay muchas personas. Ama a muchas de ellas. Está enamorado de algunas pero no se metería a lo serio. Ni ahí, ni ahí, ni ahí amigo, como dice. Quiere ver el Dakar, y gritar con un micrófono. Y coger mucho y tomar mucho. Todas las que quiere en un día o una noche le pegan. Y así.
Sosa se levanta pegándose a la puerta de la casa, arrastrándose lento en un ondear. Yoel deja el vaso y extiende ambas manos, él le agarra las muñecas y el rubio envuelve la zurda y la derecha más allá, para sostenerlo mejor. Porro apagado.
Terminan yendo los tres hasta lo de Nahuel y el menor se vuelve con la casaca de Arsenal, andando como en casa y en todos lados, la espalda echada para atrás apenas, tranquilo y con una faca por ahí.
Tras luchar con las llaves y beber los vasos que no terminaron en el camino, entran. Belén duerme en rigor mortis con los ojos en blanco y a medio ahorcamiento. Tentáculos. El hijo apoya los vasos en la mesa de luz y la sombra mira el departamento con discreción pero comiendo todo, agarrando todo. Despreciando y deseando todo. Ahí a la vuelta. Katz entretanto le aparta los pelos del rostro a su madre, apaga la tele y se lleva a Tomás a la habitación con gestos del brazo izquierdo, pero éste señala con duda de si la otra puerta es el baño y por ahí entra. No se escucha qué pasa desde la habitación. Sí a la cadena. Desde el pasillo, apenas.
La falopa es rica, rica, y para ese que la extraña. Nahuel pone música y Tomás mira alrededor. Hay desorden, pero eso lo pensaría otro. Se levanta traqueteando para leer los títulos de esa biblioteca que está en la pared contraria. No reconoce a nadie. '¿Qué lees?'
—Filosofía. Cine. —Todavía le quema la nariz y va a agarrarse de la sensación esa lo más que pueda.—Ficción, no ficción. Arte—y se lleva un poco de polvo esparcido a la nariz.
Tomás ni idea. Nunca prestó atención ni en la primaria. 'Vos estudiabas cine.'
—Sí—porque sí, era Audiovisuales, y se acomoda durante un lapsus que no nota. Un buen par de veces en la cama, corre el celular, se pasa los restos por la encía y agradece haber cambiado la pantalla. Tomás se saca el buzo y se queda en medias. Piensa en ese anillo que se pone en la base de la pija y te aprieta la sangre. Lo perdió por algún lado, así como pierde plata y sólo llega a droga y un poco a veces del alquiler y lo otro a Corrientes.
Nahuel se mueve a la computadora y mete techno. No borró la carpeta suya con Brenda porque a veces pasa por ahí y Katz bien sabe que para ella significa algo. Lo mismo con las canciones para Zandoná, que tampoco se van a ir del Escritorio, lo mismo las pinturas. Lo mismo las grabaciones y producciones y películas y esas cosas. Fotos no tiene muchas.
Terminan y disfrutan aunque no.
Nahuel busca el Alplax de Belén y se agarra del frasco y la mitad de un blíster, total no se acuerda y ambos lo saben, y puede guardar un poco de paso, ¿no? Le muestra a Tomás el armario hecho indoor con su terrible luz maniática y hablan de marihuana sin mucho sentido en las gesticulaciones, atravesados por verborrea mundana.
Luego silencio. Y el sopor de la bebida y las pastillas.
Ya prende el amanecer.
Nahuel acomodado contra la almohada y Tomás deliberando el irse o pasar para Flores y termina en el colchón desnudo que Katz trajo creyendo que lo hizo bien y tirando algunas cosas en el camino. Tomás se queda así a pesar de la insistencia ajena en poner sábanas y cubrecamas. Nahuel insistió con la cocaína trabando la boca y la lengua y los ojos en esas dos grandes esferas.
Sueña con pisos de piedras y calles estrechas, pero va descalzo y buscando quién sabe qué. Olfatea mejor que en toda su vida y cuando mira para abajo de a ratos hay gotas de sangre que caen desde el mentón. No es un río. No del todo si quiera. Esto es Barcelona. No sabe. No puede correr pero porque algo está pasando. Igual. Podría ser el sol. Si tuviese los lentes...
Tomás da vuelta agitado en su sueño.
Nahuel con los ojos entreabiertos, en blanco, percibe luego esa sábana negra del fondo o el olvido o la cloaca o la vuelta al mundo otra vez.










