⋆ kiyoomi.
el ataque era un enredo en su ya frágil memoria, los hechos demasiado rápidos para ser recitados con lucidez por el menor de los sakusa. nadaban con tranquilidad en su subconsciente pero cuando el peliblanco intentaba extender una mano para rescatarlos, estos escapaban de su débil agarre. recordaba colmillos, garras, golpes y gritos. recordaba el inmenso dolor de puntiagudos dientes en su cuello antes de completamente perder la conciencia. ahora, con media lucidez y un dolor tan punzante que alteraba su vista, se abre paso entre las ruinas. la mascarilla en su rostro hace poco para acallar el creciente disgusto que genera en si la escena, pero agradece el haber conservado el objeto a pesar de la magnitud de los hechos. la repentina voz hace que pare su camino tambaleante. arruga la nariz, sin pensar mucho al cambiar su ruta hacía el sonido. me gustaría que hagan lo mismo por mi, piensa. “me duele todo pero …” suelta en cuanto ve el estado ajeno, caminando con lentitud hacía él. “haré lo que pueda” continua, ofreciéndole uno de sus hombros.
“¿kiyoomi ...?” es lo único que logra decir, una ligera sonrisa acompañando la mención del ajeno. el hangil, al igual el otro, camina hacia él a pasos lentos, intentando no lastimarse más de lo que ya se encuentra, mientras que permite que su respiración descendiera hasta volver al ritmo antes de ver a lo lejos al contrario. con cada paso que da, el seo se da una mejor vista del estado del peliblanco, su rostro invadiéndose de preocupación al verlo casi tan mal como él. lleva la diestra, con la que sostiene su varita, a la altura de sus rostros una vez frente suyo, iluminando el rostro ajeno. “es bueno verte ... aunque sigo creyendo que esto no es más que una pesadilla.” sus palabras salen de él a modo de broma, una vaga sonrisa formándose en sus labios mientras que la mano izquierda se dirige al hombro impropio, apoyándose de ese modo a la vez que su mente se invade de preguntas que siente la necesidad de cuestionarle al contrario, no sólo por curiosidad, sino por ligera preocupación. despeja todo pensamiento de sí y, tras aclarar la garganta, habla: “¿qué te ocurrió?”










