Siempre pensé en pintar las paredes de mi casa blancas, así sentiría más luz, más apertura, no sé. Siempre pensé que la soledad era hermosa, que si la elegías podía ser tu mejor compañía. Pero no, ese domingo por la mañana fue el día más solitario de toda mi vida.
El bajón químico de tres días de un festival de música me empezaba a golpear, mis amigos partían al aeropuerto para volver a casa y yo, que en un inicio había planeado quedarme sola por una semana más, sentía con cada segundo un vacío más grande que el anterior. Sola, sola, sola. El eco retumbaba en las paredes del duplex que habíamos rentado. La vista a la ciudad no me consolaba, abracé mis piernas y con seguridad lloré. Sabía que llorar no me serviría de nada, pero lloré. Hace mucho que no lloraba así.
Me pregunté quién estaría en la ciudad, no conocía a nadie más que a la gente que ya me había dejado. Encontré en el teléfono el nombre de alguien que quizás, sólo quizás, podía encontrarse tal vez no tan lejos. El problema radicaba en quién era él. Me sorprendí al recibir su respuesta. Un mensaje viene, un mensaje va. Qué fácil es la comunicación en estos tiempos, no tienes que enfrentar los rostros y las sensaciones, a veces ni siquiera tienes que sentir.
Me preguntó en qué barrio estaba, le respondí. Él estaba a tan sólo ocho calles de distancia. “Cerquita” le dije. “Cerquita” respondió.
Quedamos en encontrarnos más tarde, pero bien sabía yo que eso era poco probable. En las relaciones del siglo XXI, lo más probable es que todo lo que sea virtual, se mantenga virtual. Salí a pasear a la feria de artesanías, después me senté a comer sola, mientras pensaba en cómo sería encontrarme con él. Más tarde tomé un café y un pastel de chocolate. El dulce siempre calma la tristeza, dicen. En la plaza del barrio había un escenario montado, al caer la tarde vi una obra de teatro bastante extraña. Una niña que se negaba a admitir que su abuelo estaba a punto de morir.
Revisé mi teléfono y tenía un mensaje sin ver “Fui a la feria y no te encontré”, decía. Le respondí que seguía ahí y que pronto iría a casa. “¿Hacemos algo?” me preguntó y le dije que si. “¿Vienes o voy?”. Ven.
Caminé a casa y me detuve en el supermercado, compré una caja de cereal y nada más. Al llegar me saqué los zapatos y me senté en la sala de estar, encendí el televisor y me recosté. Pasaron varios minutos y en mi estómago volaban mariposas y pájaros y huracanes. Respira, respira, respira. El timbre. Nunca el timbre me había resultado tan atemorizante. Bajé las gradas casi corriendo y me detuve frente al pequeño agujero de la puerta. Miré y detrás de la puerta, inquieto, estaba uno de los hombres más fascinantes que yo había conocido. Respira, respira. Abrí la puerta y en su rostro se dibujó una sonrisa. Le sonreí y lo abracé. La felicidad de verlo, a pesar de lo poco que nos conocíamos era abundante, sentí que le abrí la puerta a un ángel. Un ángel que venía a salvarme del silencio perforador.
Subimos las gradas y nos recostamos en el sofá-cama, nos hicimos preguntas y hablamos mucho. Él también sentía el bajón químico. Las drogas hoy en día, son tan sólo un estimulante que todos, dentro de nuestras vidas circulares, buscamos para sentir, para volar, para vivir. Nos reímos y comimos cereal. “¿Quieres que salgamos a comer?” me preguntó y aunque las flores en mi estómago no me permitían sentir hambre, le respondí que si. Nos pusimos los zapatos y salimos a caminar en búsqueda de un restaurante que siguiera abierto a esa hora en un domingo.
Entramos a un lugar iluminado por velas, nos sentamos en una mesa para dos y ordenamos dos copas de vino. Hablamos de muchísimas cosas, ya todas no las logro recordar. Con los días, se borran las conversaciones que desde el fondo de la vulnerabilidad de la soledad, aparecían sobre la mesa esa noche. Comimos sin mucho gusto, nunca hubo un silencio incómodo. Nos miramos a los ojos y fuimos amigos. Pedimos la cuenta y nos levantamos, renegando por la comida que no nos dejó satisfechos. Llegamos a la calle principal, en dónde podíamos elegir si separarnos o no. No nos separamos.
Llegamos a mi departamento una vez más, nos sacamos los zapatos y nos recostamos en el sofá. Vimos una película, de esas comedias románticas que tienden a retratar todo lo que no pasa en la vida real. Le expliqué por qué la protagonista no debía perdonar al hombre que la dejó, él se rió y continuó haciendo preguntas.
Mientras veíamos la película, acarició mi brazo, luego jugó con mi cabello y siguió hablando, lo miré para entender qué pasaba por su mente. Me besó. Y fue un beso de esos maravillosos. Nos abrazamos y de vez en cuando nos volvíamos a besar, sonreíamos y nos acercábamos un poquito más, un poquito más. La película terminó y al apagar el televisor, la casa y nosotros, nos quedamos en la oscuridad de la luna. Nos abrazamos y apasionadamente nos besamos. “¿Quieres que te deje dormir?” me preguntó. Hay hombres sutiles y él. Nos reímos y entre caricias nos desnudamos, nos abrazamos, nos amamos.
Creo que no soy el tipo de mujer al que no se puede amar. Por más insignificante que sea, tienen que amarme. Y él me amó, por el tiempo que fue necesario, me amó con sus brazos y con sus labios, me amó y en ocasiones no podía evitar sonreír y afirmar lo maravillosa que era. Me gusta mirar cuando alguien me ama y su rostro de placer era estimulante y satisfactorio. Quité todos los pensamientos de mi mente y me dediqué a amarlo también, cerré los ojos e hicimos el amor.
Fuimos a mi habitación y recuperamos la ropa, nos acostamos y nos cobijamos, pero más aún, él me cobijó con sus brazos y con su aroma. Dormimos profundamente abrazados. En medio de la noche, me despertaba alucinando con el momento que estaba viviendo, lo tenía a él. Me sentía poderosa, la tristeza de mi corazón se desvanecía con los minutos. A veces nos separábamos del abrazo, pero él volvía a mi y yo a él y se sentía como un nido de amor.
Al amanecer, se levantó al baño y yo también. Cerró las persianas, pues no era hora de levantarnos aún. Pasó su brazo por mi cintura, me acarició y volvimos a sumirnos en un delicioso sueño. La alarma sonó a las 8:30. La apagamos y nos abrazamos y nos dimos un dulce beso, nos miramos a los ojos casi entre cerrados y mientras él intentaba levantarse de la cama, yo lo sostuve firmemente. La cama es un santuario, sólo las cosas más asombrosas pasan ahí, pero en el momento en el que uno de tus pies toca el suelo, la magia se rompe y vuelves a la normalidad, ya nada es un sueño, ya nada es amor.
Mi paz interior se empezó a diluir cuando se puso de pie. Se vistió y ya listo se sentó a mi lado de la cama, me acarició el ombligo y me besó por última vez.