‘La Unión Soviética’ N. N. Mijáilov
“La carta constitucional de la Unión Soviética otorga los mismos derechos a todos los pueblos incluidos en ella. Desde el principio, los soviets proclamaron la igualdad jurídica de todas las nacionalidades. Esto no se tradujo inmediatamente en una igualdad de hecho, porque en el momento de la revolución los pueblos de Rusia se encontraban en niveles muy distintos en el aspecto económico y cultural. En el Donbass, los proletarios ucranianos y rusos trabajaban con las máquinas modernas de las grandes empresas capitalistas, mientras que en algunas zonas de la Siberia septentrional había aún cazadores armados con arcos, flechas y jabalinas con punta de piedra.
La superación de la desigualdad de hecho no fue empresa fácil. Los planes quinquenales asignaron a las regiones de las nacionalidades no rusas incrementos mucho mayores que a las demés. Numerosos ingenieros, científicos y obreros calificados rusos se trasladaron a la periferia del país. Los institutos superiores de Moscú y Leningrado acogieron a jóvenes del Tadzhikistán, de Kirguisia, de Bashkiria y de Yakutia. Desde el principio, el centro ayudó a la periferia, incluso con sus propias instalaciones técnicas. Por ejemplo, una industria textil entera se trasladó de Tambov a Gandzha (hoy Kirovabad). Muy pronto surgieron por todas partes grandes fábricas que obligaban a superar el viejo género de vida patriarcal.
La justa dispersión de la industria se convirtió en uno de los medios para resolver el problema de las nacionalidades, en nombre del progreso de todos los pueblos de la URSS. En vísperas de la guerra mundial, mientras la producción total de la gran industria soviética superaba en doce veces la del periodo prerrevolucionario, en el Kazajstán el aumento era de veinte veces; en Armenia, de veintitrés; en Georgia, de veintisiete; en Kirguisia, de 153; y en el Tadzhikistán, de 308. En 1964, cuando la produción industrial soviética había superado en 56 veces la de 1913, en el Kazajstan había aumentado 84 veces, y en Armenia 95.
Los bashkires han construido una fábrica automovilística; los turcomanos han comenzado a extraer petróleo; los buriatos construyen locomotoras y explotan las minas de su país; los kazajos extraen y elaboran el cobre; las uzbekas, tras haberse despojado del velo que les imponía la ley musulmana, trabajan en las empresas textiles; los kirguises han comenzado a producir tejidos, azúcar y, en la actualidad, incluso máquinas. Los nómadas se han convertido en obreros; los pastores, cazadores y agricultores se han transformado en fundidores, electricistas y químicos. Todas las nacionalidades de la URSS han conseguido una clase obrera propia. El objetivo de industrializar las regiones de las minorías nacionales ha coincidido con el de la dispersión planificada de la industria. Esta dispersión se vuelve más racional y, por canto, más uniforme, pero ello no se traduce en un excesivo fraccionamiento de la actividad industrial.
En la URSS se levantan empresas de dimensiones varias. Surgen grandes fábricas, que son, naturalmente, las más aptas para disfrutar de las ventajas de la producción en serie y de la técnica más moderna. Por ejemplo, una sección de la planta siderúrgica de Zaporozhye tiene un kilómetro de larga. La producción diaria del complejo metalúrgico de Magnitogorsk exigiría, para su transporte, un convoy de varios kilómetros.
Pero también se construyen empresas pequeñas y medias que elaboran las materias primas locales, sirven a los consumidores de la zona circundante, industrializan los distritos agrarios y pueden ponerse en funcionamiento en poco tiempo. Yendo de un pueblo a otro, hallamos ora un taller de reparaciones, ora un molino de vapor, un molino de aceite, artesanía típica, etcétera. La industria penetra por todos los poros del país y transforma los campos que, con la ayuda de las ciudades, se acercan progresivamente al nivel de la más avanzada cultura urbana. La distribución de las empresas industriales se hace més uniforme, pero eso no significa que cada región aspire a la autarquía. Las distintas zonas se especializan según sus condiciones naturales, sus exigencias y las posibilidades de su economía. En Arjánguelsk, circundada por grandes bosques, el sector más importante es la elaboración de la madera. Crimea, rica en minerales de hierro y cubierta de frutales, impulsa, sobre todo, la siderurgia y la industria conservera. El porvenir de Turkmenia, rica en sulfato y en petróleo, está en la industria química.
La especialización no debe ser excesivamente unilateral. En los territorios que con anterioridad producían y exportaban un solo tipo de materias primas, el conjunto de la actividad industrial aumenta. En Bielorrusia, no se limitan a talar los árboles, sino que transforman la madera en celulosa, papel, materias plásticas, cerillas y muebles. Los Urales no son tan sólo un centro de la metalurgia, sino también de la industria mecánica. En todas las regiones se desarrollan más sectores, vinculados unos a otros. Yaroslavl produce para su propia industria automovilística goma sintética, cubiertas, pinturas y motores. El Extremo Oriente, que hasta hace poco tiempo importaba todo el petróleo, cemento, azúcar y metales que precisaba, posee ahora refinerías, azucareras, fundiciones, plantas de construcciones mecánicas y astilleros navales. En el Azerbaidzhan, junto a la extracción del petróleo se han desarrollado la petroquímica, la producción de tubos de acero y la fabricación de máquinas para la industria petrolífera. Las regiones algodoneras del Asia central poseen plantas de producción de abonos químicos, hilaturas, industrias textiles y empresas que fabrican máquinas para todos estos tipos de industrias y, además, para la recolección del algodón.
El desarrollo multilateral de las regiones favorece el desenvolvimiento de los transportes. Las industrias cooperan: las minas, las fábricas y las centrales eléctricas se suministran recíprocamente materias primas semielaborados, maquinaria y energía. Se trata, por lo demás, de una meta no alcanzada en todas partes. Y a ella se atribuye en la actualidad una particular importancia.
En cada una de las regiones deja de producirse tan solo aquello que no conviene fabricar in situ, y que es objeto de la especialización de otras zonas. Por ejemplo, del complejo económico de la cuenca del Volga no forman parte ni el carbón ni la fundición, pues el primero llega del Donbáss y la segunda, de los Urales. A su vez, los Urales reciben el carbón de Karagandá y del Kuzbass. En Asia central, aún no se ha puesto en marcha la producción de algunos instrumentos y dispositivos particularmente complicados, que son importados de las regiones centrales. El desarrollo multilateral de la industria local se combina con la especialización a escala nacional. industrializando intensamente las regiones interiores, el Estado soviético ha obedecido también a fines estratégicos. Si en los años treinta no hubiera surgido en el corazón del país un gran centro de industria bélica, la Victoria sobre la Alemania nazi hubiera sido, sin duda, más difícil. El desplazamiento de la industria hacia las atrasadas regiones periféricas y hacia las fuentes de materias primas ha coincidido, en conjunto, con las necesidades estratégicas: en el momento de la agresión nazi, grandes empresas soviéticas se hallaban en zonas inaccesibles.
Todavía hoy, las regiones orientales, ricas en materias primas y en energía poco costosa, continúan desarrollando, con elevadas tasas de incremento, la industria del carbón y del petróleo, el sector eléctrico y aquellas ramas de la industria química y de la metalurgia que requieren el mayor consumo de energía.
La red de las industrias de la URSS es ininterrumpida, pero puede ser dividida en algunos grandes complejos regionales, cada uno de los cuales presentan distintas condiciones históricas y naturales. Crimea es diferente de los Urales, y el aspecto de la Tartaria no se asemeja al de Kirguizia. Los diversos territorios se ayudan entre sí, y el país entero progresa.
Pero no debe pensarse que este crecimiento arménico sea algo fácil de conseguir. En otra época, el carbón del Donbáss calentaba Moscú y Petersburgo, pero, gracias a una artificiosa reducción de las tarifas ferroviarias, los monopolios del Donbáss sofocaban la actividad de la cuenca carbonífera de Moscú. Las regiones centrales exportaban sus tejidos a Transcaucasia y provocaban la decadencia de la industria local. La Ucrania noroccidental proporcionaba azúcar a toda Rusia, pero eso significaba que los propietarios de las azucareras ucranianas podían fijar los precios que querían. El Asia central suministraba fibras textiles a la zona de Moscú, pero la consecuencia era que los campesinos del Turkestán dependían por entero de los comerciantes que adquirían el algodón en bruto.
Ha sido una tarea ardua la de eliminar estas contradicciones nocivas y cambiar de raíz las relaciones entre las regiones. El antagonismo y la competencia han sido sustituidos por la ayuda mutua y la colaboración. Las nuevas relaciones no se fundan en el interés privado, sino en la conveniencia común. Por ejemplo, en los años treinta los obreros de la «Krasni Putilovets», de Leningrado, enviaban tractores a los campesinos del bajo Volga, y los siderúrgicos del Donbáss encendían los primeros altos hornos siberianos. Los planes quinquenales orientaban la energía del pueblo hacia el desarrollo de las regiones poco pobladas que se extendían más allá del Volga y de los Urales.
Al desarrollarse, las regiones centrales contribuían al progreso del Oriente, del Norte y del Sur. Esta ayuda no ha cesado: Moscú y Gorki enseñan a las otras ciudades a producir vehículos; después de la guerra, los ingenieros de Leningrado han ayudado a los letones a reconstruir la central eléctrica de Kegums, y los textiles de Riga asimilan la experiencia de los de Oriéjovo-Zúievo. Actualmente, en este cuadro se delinean ya algunos cambios. Las regiones nuevas han dado tantos pasos adelante, que, en ciertos casos, pueden ayudar, a su vez, a las que poseen una tradición industrial más antigua. Antaño era inconcebible que Siberia pudiera ayudar a la industria petersburguesa. En cambio, después de la guerra, las regiones occidentales devastadas por los nazis han resurgido gracias al auxilio de las orientales. Magnitogorsk, construida en la década anterior, cerca del monte Magnítnaia, al este de los Urales, envío a Occidente grandes cantidades de acero. La entonces recientemente construida fábrica de turbinas de los Urales produjo grupos electrógenos para las centrales eléctricas del Donbass. Los siderúrgicos del Este prestaron su asistencia para la reconstrucción de las fundiciones ucranianas. Junto con las regiones centrales, el nuevo Oriente soviético suministro al Occidente maquinaria y especialistas. El desplazamiento de la industria hacia el liste ha permitido una autorregulación que decenios antes hubiera parecido inconcebible.
Las relaciones económicas entre las regiones no sólo se han enriquecido con nuevos cauces, sino también con características por completo distintas. Hasta hace poco tiempo, se sostenía que la cuenca del Volga estaba desprovista de recursos de energía y que solo podía obtener combustibles del exterior. Ahora, por el contrario, Moscú recibe el gas natural de Saratov y la energía eléctrica, de las centrales del Volga. Actualmente, está en construcción otra central hidroeléctrica en Cheboksari. Antaño el Volga no era más que una de las líneas de transporte del petróleo de la Transcaucasia al Centro. Hoy en día, en sus orillas han aparecido pozos petrolíferos. El papel de esta región en la economía nacional ha cambiado por completo.
En muchos casos, la longitud de los cauces de la cooperación interregional ha disminuido. En tanto que antes la Transbaikalia tenía que importar las máquinas del lejano Moscú, ahora puede recibirlas de las industrias mecánicas de la Siberia occidental, quc están tres veces más próximas, o de las de la Siberia oriental, que se encuentran a una distancia aún menor. Llegaba de lejos, así mismo, el Bósforo necesario para los campos del Asia central, mientras que ahora se extrae de los montes kazajos del Kara-Tau.
Se dan muchos casos de asistencia complementaria: el Kuzbass manda a los Urales carbón para quemadores de coque y recibe minerales de hierro; la línea ferroviaria «Turksib» transporta del Asia central a Siberia algodón, lana y carne, y de Siberia al Asia central carbón, granos y madera. De este modo, se crea una integración interregional. El plan económico nacional coordina la producción y circulación de todas las mercancías, desde la energía eléctrica al trigo, desde el calzado a los metales. Las formas justas de integración no nacen por sí solas, sino que son fruto del desarrollo económico, del trabajo del pueblo.
La industria continúa aproximándose a las fuentes de materias primas y a los centros del consumo: además de construir máquinas, los Urales trabajan con todos los complicados dispositivos que con anterioridad importaban de Moscú; además de extraer el petróleo, Turkmenia lo refina; la Siberia oriental tiene ahora tejidos propios y una producción total de equipo industrial; el Extremo Oriente es ya autosuficiente materia de metales y petróleo. Entre los territorios del país, se instaura una división racional del trabajo. Sin embargo, en es campo, los problemas no resueltos son aún numerosos.
El antagonismo entre las regiones de la URSS ha sido eliminado de modo radical, y lo mismo sucede entre las empresas industriales. El procedimiento para conseguirlo ha sido drástico y sencillo todas las fábricas pertenecen al Estado.”
Amplio la cita y aprovecho para añadir un comentario: cuando se reintrodujo la independencia empresarial, la competencia y la producción de mercancías como guía de la producción se proporcionó una excelente base material al chovinismo y ya sabemos cómo acabó aquello. En Yugoslavia con su autogestión la competencia y desigualdad entre regiones y empresas diferentemente dotadas ya casi venía de serie. La planificación central, objetiva, con única base en las necesidades y potencialidades de cada territorio y con la propiedad de todo el pueblo, es la única garantía de solidaridad. Romper la posibilidad de unidad entre los trabajadores, históricamente facilitada por la unión estatal (aunque llegado el caso como si hay que unirse a Burkina Fasso, el chovinismo españolista para quien lo quiera) es un error terrible. La huida hacia adelante de la República Federal no soluciona nada basada en el privilegio y la insolidaridad (o sea el capitalismo; aunque prefiero al menos la versión jacobina), a remolque de una pequeña y mediana burguesía reaccionaria que quiere ordeñar la Hacienda, que si no el autogobierno para qué nos sirve, pensarán. Federación, Confederación, independencia total… En cualquier caso sigue existiendo la necesidad de planificación socialista (Gosplán al interior de la URSS, Consejo de Ayuda Mutua entre Estados independientes) No es, por cierto, pequeño el obstáculo de la escala para la producción socialista en condiciones de cerco capitalista, incluso el tamaño español complica tremendamente las cosas, no digamos los microestados, obligatoriamente orientados a la especialización y la producción mercantil, poco compatible (aunque hay que trabajar con lo que se tenga) con el socialismo, a menos que cuenten con un “hermano mayor”. La posición, en ausencia de real opresión nacional (derechos lingüísticos, mismos derechos políticos, etc.), obviando la posición de los trabajadores (se comparta o no, ¡ni siquiera interesa lo más mínimo la opinión de los trabajadores!, ¡a supuestos comunistas!), incondicionalmente favorable a los secesionistas va a impedir el crecimiento de ninguna organización política obrera en el corto y quizá medio plazo, y el aislamiento de las existentes organizaciones y la clase que ¿aspiran? a representar. Un desastre que se veía venir de lejos.














