¿Puede un hombre llamarse a si mismo feminista? No planteo esta pregunta desde una lógica probabilística. Hombres feministas existen, en términos de auto-denominación. Pero ¿cómo ser parte del movimiento feminista cuando es tu propio género el que ha propiciado las condiciones de opresión necesarias para que deba surgir un movimiento feminista? Por mayor compromiso con la igualdad de derechos -en el más amplio sentido- que como hombre pueda yo tener ¿cómo sentirse o llamarse feminista cuando -lo quiera o no- soy beneficiado por los privilegios de ser hombre en el patriarcado?
Llevo un buen rato trabajando con temáticas de género, y luego de un par de años en ello me atrevo a plantearme esta pregunta, que en ningún caso ha sido fácil de responder. Primero porque el problema de los privilegios es fundamental: podemos entender que como hombres tenemos privilegios en el patriarcado, pero es muy difícil identificar cotidianamente cuales son. Esto queda retratado de forma cómica en la serie “Parks and Recreation”. El privilegio no se percibe ni se identifica más que en la ausencia, e incluso cuando logramos identificar un acto de discriminación en torno a la ausencia de ese privilegio, desde nuestra posición masculina muchas veces se percibe como una injusticia puntual y no como el efecto de un sistema o de una organización que discrimina por razones de género, raza, riquezas, etc. Si es difícil observar nuestro propio privilegio, al menos podemos incorporar prácticas que nos ayuden a observar ese privilegio. Por ejemplo, obligarnos a diversificar nuestros espacios cotidianos, en este sentido operan las leyes de cuotas, que intentan compensar los techos de cristal y otras prácticas de discriminación que sufren las subjetividades y cuerpos no-masculinos (utilizo este sustantivo en vez de mujeres, como una forma de atender a la interseccionalidad que existe en el género, el sexo, la etnia, etc.).
Sin embargo el patriarcado tampoco valora todos los cuerpos y subjetividades por igual, ni siquiera las masculinas. Durante la década de los ‘80 RW Connel introdujo la noción de masculinidad hegemónica, que opera como un ideal de masculinidad y estrategia de dominación del patriarcado, en tanto el ideal no opera solo como estereotipo -inalcanzable salvo por unos pocos- sino también como principio organizador y discriminatorio, regulando los sistemas económicos, políticos, sociales, ideológicos, etc. De esta forma, sabiendo que sistemas económicos patriarcales -como el neoliberalismo por ejemplo- nos joden a todas las personas, parafraseando a una amiga la lucha feminista es una lucha por la profundización de la democracia, y podemos participar de ésta en la medida que estemos dispuestos a atender a la abolición de nuestros privilegios en función de un sistema que acoja la igualdad y la diversidad como principios organizadores. En este sentido la erradicación del prácticas como el femicidio, la violación y el acoso callejero -por nombrar algunas de las discriminaciones que los colectivos de mujeres afrontan diaramente- no es solo una lucha que deben dar de forma individual las personas afectadas, sino que requieren de una acción constante y una sociedad organizada. Para mi ha sido clave comprender y definir el feminismo como una lucha por la igualdad y una democracia real.
Este post no es más que la apertura de una ventana a un problema y pregunta que vengo haciéndome hace un buen tiempo ya, y antes de terminar solo quiero decir que este breve post no pretende ser más que eso. Existen otros problemas asociados a esta pregunta y que me parecen muy relevantes de continuar trabajando tanto individual com colectivamente, por ejemplo la utilización del lenguaje inclusivo, la cotidianidad de los micromachismos, la (inadecuada) colonización de espacios y prácticas de mujeres, por nombrar algunos.
y ahora si, para finalizar, dejo un material adicional (en inglés) respecto los privilegios de los hombres blancos en el patriarcado, un clásico de Peggy McIntosh
White Privilege: Unpacking the Invisible Knapsack