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Día 01: Fantasy AU. Elfos.
Las festividades del mes del Yule eran, definitivamente, las más grandilocuentes y cansadas en el calendario Eliano.
Los preparativos previos al mes y la celebración central sólos podían ser suficientes como para acabar con la poca paciencia que Rin tenía para las actividades sociales. Cuando era más joven, sus padres tenían al menos el buen tino de saber que; de buenas a primeras, no participaría más que en lo necesario y obligatorio. El colocar los atados de ramas que imitaban criaturas del bosque en lugares donde ellos no podían llegar, saludar al círculo de sabios y presentarse a sus larguísimas tertulias durante las últimas doce noches antes de la festividad principal; y, como no. Durante la gran celebración dirigida por el rey eterno en su gran árbol.
En esa época, Sae le tomaría de la mano para mostrarle la mejor manera de anudar los brotes sin lastimar las hojas. La manera correcta de hacer los nudos. Y, cómo no, Cómo imitar la cornamenta de los ciervos usando los pequeños trozos de madera que caían normalmente y que tenían permitido usar.
También, lo llevaría de la mano y se sentaría junto a él durante las largas tertulias. Dándole pequeños codazos y presionando su mano al tiempo que llamaba su nombre si lo veía cabecear, atrapado por la somnolencia, durante las largas chácharas de los sabios. Incluso, en el camino a casa, le repetiría lo que habían dicho con palabras mucho más pequeñas y entretenidas, que siempre parecían tener más sentido y ser mucho más interesantes si provenían de los labios de su hermano mayor.
Además… siempre había sido quien lo acompañara durante la celebración central. Rin adoraba la música. Lo hacía porque desde pequeño Sae siempre había hecho hincapié en mostrarle las nuevas canciones que aprendía. Los nuevos instrumentos que había aprendido a tocar. Y, más importante, había sido el primero a quien le había enseñado su primera composición.
Una que empezaba con un adiós, que hablaba de desencuentros y de tristezas. Una que parecía perpetuamente en luto, como la de alguien que extrañaba a algo que nunca había sido suyo y a lo que no podía ponerle nombre.
Que él hubiera desarrollado un gusto similar era sólo cuestión de tiempo -y lógica, si le preguntaban- Sus notas, sus armonías, sus arpegios y sus letras, todas estaban hechas para resonar con las de su hermano.
Sin embargo, eso no quería decir que Rin estuviera enamorado del arte. Para él, la música era su vida y su pasión. Su idioma y su espíritu. ¿El resto? Era simplemente ruido y performance sin sentido. Nunca había sido fanático de las exhibiciones de otras escuelas, ni siquiera de los círculos de intentos de poetas y poetizas. Y pasar por una de las plazas centrales a observar toda la cacofonía de la fiesta era, por decir poco, sobre estimulante.
Sus padres parecían embelesados.
Las luces, los sonidos.
Rin sólo habría deseado estar en su hogar. Envuelto en las muchas mantas que Sae siempre le dejaba en la cama, esperando que su hermano le contara -por milésima vez- la historia del origen del gran árbol Onenta, su hogar. Esa donde la gran madre del universo, al sentirse sola ya que sus hermanos o se habían ido a jugar a puntos distintos del universo, o no tenían tiempo para ella, había creado pequeños seres a su imagen y semejanza que la acompañaran en el vacío mundo.
Estos pequeños se habían llamado los originarios. Seres traslúcidos que lucían iguales los unos a los otros y que habían acompañado a su madre durante un largo tiempo. Sin embargo, más temprano que tarde, se habían dado cuenta que no eran exactamente iguales a ella.
Necesitaban comida. Casa. Y muchas otras cosas que una entidad divina como la gran madre jamás pensaría necesarias.
En respuesta a sus pedidos, ella había creado al gran árbol: Onenta.
Su tronco, grueso y amplio. Sus ramas, largas y fuertes. Habían fungido como el primer hogar y fortaleza inexpugnable para todos ellos.
El lugar había sido tan hermoso que los originarios no tardaron en hacerlo su hogar, olvidando su lugar con la gran madre. Quien, con tristeza, pero entendiendo su situación; en su infinita sabiduría y bondad los había dejado habitar aquel nuevo lugar.
Sin embargo, no era una historia triste. Pues, poco después, uno de sus hermanos regresaría. Era al que ella más buscaba, el que más quería y a quien más extrañaba.
Lo siguiente en la historia era como, después de abrazarla y secar sus lágrimas con besos en sus mejillas, y cómo estas al caer al cielo habían hecho las estrellas. Su hermano había prometido nunca más irse, cuidando a los nuevos habitantes de Onenta dándoles calor junto a su hermana. Convirtiéndose efectivamente en el sol y en la luna que conocían hoy en día.
Aunque Rin ya dejaba de escuchar la historia para ese momento, observando a Sae con sus gigantescos ojos infantiles llenos de curiosidad. Hasta que finalmente su hermano girase, para preguntarle qué pasaba mientras le acariciaba la cabeza o la mejilla.
Rin, sin falta, preguntaría.
—Tú nunca me dejarías como dejaron a la gran madre, ¿verdad?
Porque al parecer aquello era todo lo que sacaba de la historia, según su hermano.
Quien, rodando los ojos como ya estaba acostumbrado, picaría la punta de su nariz con juguetón cariño.
—Por supuesto que no, niño tonto—Diría, sin falta. Una y otra vez.
—Y aún si lo hiciera, siempre regresaría.
Agregaría, años después.
En un pasado no había tenido problema. No cuando niño. No cuando el nombre de Sae resonaba únicamente entre los círculos de sus maestros y uno que otro sabio de otra escuela, quienes solían pasearse por la de ambos para halagar a su hermano con una que otra palabra bonita y sugerirle -a veces con nada de sutileza- que quizá podría encontrar áreas mucho más retadoras y estimulantes con ellos.
Empero, todo había cambiado cuando Sae mostró al público su primera obra. Esa que antes sólo tocaba para Rin.
Un soneto tan complejo, compuesto por un pequeño pupilo tan joven, había generado un revuelo entre sus maestros. En el círculo de sabios. Incluso, dentro del mismísimo círculo del Rey eterno.
Los elfos, Elis, como ellos- eran famosos por su longevidad. Tanto que, los rumores más aciagos aseguraban que su rey había visto el mismísimo nacimiento del mundo. Despertar su interés, llegar a su congracia, o que tan siquiera te reconociera como individuo y no como una extensión de su gigantesco y prolífico pueblo era un éxito que pocos alcanzaban.
Uno que Sae había alcanzado a la tierna edad de nueve años.
Cuando las celebraciones de Yule para Rin cambiaron para siempre.
Aún tenían la tradición de trenzar animales del bosque para pedir la protección de sus espíritus y colocarlos en casa. Aun si ahora Rin era el único que tenía el tiempo para pensar en intrincadas decoraciones para los ciervos de él y su hermano, quien apenas tendría la posibilidad de hacer un esqueleto pequeño y algo maltrecho.
Asistían a las tertulias juntos, aunque ya no a todas. Pues las horas de práctica para Sae se habían duplicado, pero la desgracia de haber perdido a su compañero de estudio, y el vacío al que ahora se enfrentaba la mano de Rin durante esas largas parecían ajenas al entendimiento de sus padres.
La celebración central de su gente se terminaba conmemorando con un gran baile, en uno de los salones más antiguos del recinto del rey eterno. Rin y su familia jamás habían asistido a uno- cómo no, si la entrada estaba reservada para la familia directa del rey, militares de alto rango y, cómo no, figuras imponentes de las altas esferas en Onenta.
Pero, también, Rin y su familia nunca antes habían estado bajo el nombre de Sae. Hasta ahora.
El cambio en la rutina había sido mucho más notorio de lo que Rin quisiera admitir:
El sonido ya no era una cacofonía de muchísimos puestos conviviendo juntos en la gigantesca plaza central. En su lugar, cambiado por la musicalidad de la orquesta del rey.
Las luces cegadoras siendo cambiadas por la sobria y elegante iluminación de las plantas bioluminiscentes que imitaban un cielo de media noche y que lograban cambiar a un cielo que emulaba el ocaso en ciclos de dos horas, dando un descanso a sus ojos.
Pero ya no tenía a Sae a su lado.
Su tiempo ocupado en infinitas presentaciones y charlas interminables con los miembros de los nuevos círculos de socialités de los diferentes pueblos élficos.
Rin no podía creer que se encontrara extrañando algo que con anterioridad había odiado tanto.
Y, siendo franco, la noche central de Yule se habría convertido en un evento insoportable de no ser por el final.
Cuando las últimas piezas fueran presentadas por la orquesta, otorgando el mayor honor a los jóvenes artistas y compositores que ahora compartieran circulo con los presentes.
Mientras la canción que Sae había compuesto sonaba acompañada del cantar de violines, flautas y mandolinas, su hermano lo buscaría en medio de la multitud para tomar su mano con cuidado, atrayéndolo al medio de la pista de baile. Dejando que Rin pusiera sus pequeños pies sobre los suyos, guiándolo en un baile que ninguno de los dos había practicado.
—Puede que ya no seas el único que escuche mi música
Porque dejen a Sae conocerlo tan bien como para saber que aquello era algo que había comenzado a resentir.
—Pero puedes ser el único que baile conmigo.
Y esa había sido su nueva tradición.
Consumada y preservada hasta que su hermano tuviera que abandonar su hogar, enviado a compartir y nutrir su conocimiento a una tierra lejana, donde sus primos lejanos de raza se habían asentado. Un grupo de elfos llamados Aknahai, tan distintos a ellos que Rin no podía terminar de entender porqué demonios es que su hermano debía ir allí.
—Por la corriente de su música, Rin. El renacentismo de Onenta me enferma.
Diría Sae, mientras aseveraba que los ancianos de sus maestros ya tenían la mente demasiado cuadrada como para entender lo que él quería hacer.
Y, aunque Rin lo entendía a un nivel teórico. Eso no quería decir que no sintiera su corazón romperse en mil pedazos.
Rin nunca había sido bueno mintiendo. Pues nunca había encontrado sentido o razón detrás de ello. Así que no había sido sorpresa que su expresión lo delatara, completamente apartada de la felicidad exponencial de sus padres y del maestro principal de Sae.
Su hermano, como no, se había dado cuenta.
—Sabes que no es para siempre, hermano tonto.
Le habría dicho, mientras dejaba que una de sus manos terminara sobre su cabeza, acariciando su cabello con delicadeza. En ese momento, Sae lucía extremadamente alto. Como si el pequeño espacio de dos años que los separaba se hubiera convertido en una distancia incalculable, un espacio infranqueable del cual Rin no podía ver el final.
Rin no había respondido.
Sae no se había enfadado.
En cambio, le había tomado de las manos.
—Rin—él aún podía recordar la dulzura de la voz de su hermano mayor al hablarle. Un tono que había casi había abandonado ahora que Rin también estaba estudiando y era, técnicamente, un niño grande—¿Recuerdas la historia que te contaba? ¿La del origen del mundo?
Rin recordaba haber parpadeado.
—¿el del sol y la luna?
Sae había reído.
—La historia es más larga, ¿es eso todo lo que recuerdas?
Bufó.
—Sin importar qué, siempre volveré. Pero tú debes mejorar también Rin, para que cuando ese momento llegue, ambos nos paremos juntos en la misma posición.
Rin recordaba esa historia. Se la había contado tanto que sería capaz de recitar palabra por palabra, de la parte que le interesaba.
Rin era familiar con la tristeza de la gran madre, aunque no habría esperado sentirle en carne propia. Pues si bien la historia lo había preparado para conocer la soledad, no lo había hecho para el saber cómo no dejarse hundir por esta.
Para ello, sólo se tendría a sí mismo.
Y así saldría adelante.
—¿Lo prometes?
Rin recordaba el fuego que había surcado su cuerpo. Reflejado en sus ojos.
—Claro que sí.
Y aquello no era solo una promesa. Era un juramento.
Uno que Rin había aceptado y guardado profundamente cerca de su corazón. Recordando las palabras cada vez que la tristeza amenazaba con carcomerle el corazón. Cada que el llanto de un violín en algún soneto destilante de añoranza llegara a sus oídos. Cada que el Yule se acercada. Cada que algo en su hogar le gritara Sae, y no tuviera su mano para tomar.
Pero también uno que había alimentado su decisión y pasión. Una que le había hecho imbuir su alma, corazón y vida en su arte. Porque para Rin sus creaciones, sus notas, sus escalas y arpegios eran como la sangre que corría por sus venas. Y si uno no estaba listo para poner la vida en lo que hacía, es que no tenía la suficiente convicción para cumplir sus sueños.
Todo para poder lograr conseguir algo que había estado persiguiendo desde que Sae dejara el hogar.
Una invitación como la que Sae había recibido siendo un infante.
Una para la fiesta de Yule del rey eterno.
El año que se celebraba la hermandad con todas las razas de elfos que llenaban el globo, donde los exponentes de todas las escuelas de arte élfico llegarían a presentar sus respetos al rey, celebrando la hermandad.
Porque sólo entonces Rin podría honrar su parte de la promesa que había hecho a su hermano hacía tantos años.
Cuando llegó al lugar, se sintió como la primera vez que lo hubiera pasado. Ignoró categóricamente la cháchara de los dos compañeros que habían sido seleccionados con él en su escuela. Buscando con la mirada la comitiva que sabía llegaría.
Y, donde sabía que él estaría.
Porque el nombre de su hermano no había encantado únicamente a los conocedores en su tierra. Había encontrado acogida donde pisara. Donde sus notas llegaran. En cualquier lugar donde alguien pudiera escucharlo.
Todos conocerían a Sae Eimzel
Se desplazó entre los invitados, ignorando sin miramiento alguno a los que querían hablarle. Con el sonido de las palabras del presentador de la orquesta de fondo resonando como un murmullo lejano. Habiendo terminado las presentaciones, era hora del momento más esperado por los maestros en la noche. La presentación de nuevos talentos.
Todos querían un pedazo de Rin. Felicitarlo. Conocer qué había en su mente para haber logrado componer la pieza que le había ganado un lugar en este círculo.
Pero Rin no tenía tiempo para ellos.
No ahora, y no nunca realmente.
No cuando tenía al objeto de su deseo, de su añoranza y adoración tan cerca.
Pues, en un pequeño grupo con el resto de la comitiva Aknahai, lo vio.
Su cabello del color de las hojas en otoño combinaba con el delicado atuendo que había decidido llevar. Su porte, altivo y orgulloso exhibiendo un aura que claramente pedía al resto alejarse, mientras ignoraba categóricamente lo que le estaban diciendo.
Sae. Su Sae.
Se detuvo a unos pasos de distancia, recordando la última vez que lo hubiera visto de tan cerca. Cuando la distancia parecía imposible de superar. Cuando los dos años y la altura de Sae parecían hacerlo una figura intocable.
Ahora, Rin era mucho más alto que Sae. Su figura flanqueando y alzándole imponente sobre la de su hermano. En el mismo escenario. Sólo a unos metros de distancia.
Sus dedos se estiraron, rozando la mano de Sae al momento en el cual la primera pieza comenzaba a sonar.
La suya.
Una que empezaba con un hola, que hablaba de bienvenidas y consuelos. Que daba pie al encuentro, a la unión y al amor de alguien que siempre había estado allí y que al fin se daba a conocer.
Una respuesta al soneto de Sae.
Rin pudo notar que Sae lo entendió. En el pequeño instante en el cual sus manos se rozaron, y en el que la duda de los ojos mezclado con rechazo en los ojos de Sae tomó para mutar en reconocimiento y cariño.
—Rin…
Dijo, el sonido de su voz como una caricia eternamente esperada.
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Volume 2: Chigiri, Reo and Rin
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Volume 4: Aryu, Barou and Yukimiya
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Disclaimer: I do not own Blue Lock or any of its characters. Blue Lock was created by Kaneshiro Muneyuki and Nomura Yusuke. The light novels were written by Moegi Momo. All rights belong to the publisher, Kodansha. These are fan translations of the original Japanese and distributed for entertainment only.
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I have yet to give this comic a name other then ⌚ over on twitter, just a silly slow burn i was writing and illustrating on my own cause i was tired of using my laptop to draw! i pulled out my phone and used my finger like the good ol days haha!
Here’s a list of my favorite JouKai stories so far (will add to it regularly! Just as quickly as I stumble upon good content). Some, in the uncompleted section, are works in progress; some are in clear hiatus and probably will never have an ending. Although an unfinished story makes my heart ache, I’m choosing to list them here because they’re just that good - in my own honest opinion, anyway.
I’m always looking for something new to read, so send recommendations my way, please; don’t be shy!
Completed
Being Dead Ain’t Easy, by D. Draggy. SFW. [37/37]
To Seto, From Joey, by D. Draggy. SFW. [1/1]
Smile, by Lethe Seraph. SFW. [56/56]
A Love & Hate Relationship With Spring, by WhosJeebus. NSFW. [8/8]
Seto Kaiba’s Tried & True Methods, by WhosJeebus. NSFW. [1/1]
Love is a Social Disease, by WhosJeebus. NSFW. [1/1]
Wish, by WhosJeebus. NSFW. [11/11]
The Last Christmas, by Blue Eyes Black Dragon. NSFW. [1/1]
Just Friends, by AllisonWalker & natsubaki. NSFW. [29/29]
Home, by AllisonWalker & Septima. NSFW. [15/15]
The Last Thing, by Grimreaperchibi. SFW. [23/23]
Insanity is just a point of view, by Rethira. NSFW. [1/1]
How We Break and Rebuild, by Alecto. NSFW. [24/24]
Insomnia, by tend. NSFW. [8/8]
On Perfection, by MostRemote. SFW. [1/1]
A Different Way to Say Love, by samurai-ashes. NSFW. [1/1]
Virtually Yours, by Lacey. NSFW. [15/15]
Received, by EriksChampion. SFW. [1/1]
Gloriously drunk, we no longer know the meaning of unhappiness, by Alecto. NSFW. [2/2]
Seclude, by kaibasetos. SFW. [1/1]
Taking Stock, by misura. SFW. [1/1]
The Crane Husband, by divagateros. NSFW. [6/6]
Clear as a Whistle, by divagateros. NSFW. [2/2]
On Public Relations and Indefinite Definitions, by Cryptographic_Delurk. SFW. [1/1]
Fathoms, by MostRemote. NSFW. [1/1]
All I wanted was closer, by viscrael. SFW. [1/1]
Blowing Up Our Phones, by FleetSparrow. SFW. [1/1]
So I start a revolution from my bed, by majesticghost. SFW. [1/1]
One Good Sport, by FleetSparrow. SFW. [1/1]
Sportsmanship, by divagateros. SFW. [3/3]
The Dark Magician, by k__n. SFW. [1/1]
This feature is flagged for deprecation, by Alecto. SFW. [1/1]
capsulemast3r wants to voice chat with you, by Alecto. SFW. [1/1]
Observation, Analysis, Conclusion, by ThirdRateDuelist. SFW. [1/1]
Bad Times at Eagle Peak Springs, by ThirdRateDuelist. SFW. [15/15]
You’re everything on my list, by Alecto. SFW. [1/1]
Uncompleted
Operation: Valentine, by D. Draggy. SFW.
Appeal, by Lethe Seraph. SFW.
Cursive, by Lethe Seraph. SFW.
Perpetuality, by CucumberKun. NSFW.
Lottery Ticket, by Cryptographic_Delurk. NSFW.
Side Deck, by Alecto. NSFW.
In the Chambers of the Sea, by MostRemote. NSFW.
Coffee, by daredeer. SFW.
I Don’t Know Why The Caged Bird Sings, by yllimily. NSFW.