Trató de hallar respuesta en los ojos del rubio pero, por el contrario, lo único que encontró fue confusión y tristeza. ¿Por qué debía preocuparse por él en un momento como ese? Por lo que había oído, padre estaba herido y aquello era más importante. Pero entonces, sintió una especie de dolor en el pecho, un vacío. Como esos días en los que cae la nieve de forma tan lenta y silenciosa que deseas cualquier ruido, cualquier voz, lo que sea… para no sentirte como un fantasma en el recuerdo. Por primera vez, se preocupó por alguien más que de sí mismo.
Suspiró sin saber qué hacer e incluso sobre qué hablar. ¿Es que acaso él debía decir algo? Al fin y al cabo su presencia se limitaba únicamente a una gran habitación en el último piso del gran castillo. Por ello mismo, Ayden era el último en tener la palabra.
La confusión seguía siendo evidente. Los guardias se amontonaban y formaron rápidamente una redada para peinar los alrededores en busca de más monstruos con el fin de neutralizarlos. Dentro del castillo, se veía andar de un lado para otro al personal del castillo además de algunos ciudadanos visitantes.
Allí, en uno de los pasillos más solitarios se encontraban ambos príncipes.
Correspondió a Arthur, abrazándole. Por un momento, creyó compartir un dolor mutuo.
—Ha sido culpa de esos engendros. —susurró. Cerró los ojos tratando de evitar que los oídos escuchasen todo el escándalo. De nuevo, un excitante escalofrío recorrió cada una de sus vertebras. Estaba tan cerca de él que podía oler el aroma de su piel. Y con el hambre voraz poseyéndolo a casa segundo, aquel perfume no hacía más que matar uno a uno sus pensamientos racionales. De hecho ya había comenzado a salivar, obligándose a abrir la boca con el objetivo de clavar sus colmillos. Pero una molesta presencia le causó turbación. Dispuesto a insultar a Marie, giró la cabeza pero vio a otra persona. Una bella muchacha, alta, esbelta y delgada. Cabellos largos del color de la noche, ojos almendrados y brillantes. Su piel blanca contrastaba con el vestido de tono carmesí dejando ver un escote sencillo, no demasiado voluptuoso pero lo suficiente como para hacer que un mortal cayese a sus encantos con un simple vistazo.
¿Quién era ella? Ver su sonrisa quizá fue lo más inquietante de todo. Entonces, adoptó una posición de esposa preocupada, caminando rápidamente hacia ambos para apartar a SU hermano y moverle preguntando si estaba bien.
Una especie de tic nervioso hinchó su vena de la sien únicamente al ver a aquella mujer tomar tantas confianzas. Gruñó de forma sonora.
—¿Y tú quién eres? —quiso saber el peliplata.
—¿Quién lo pregunta?
—El herededo al trono.
—Ah, el segundón, querrás decir. — añadió con cierto retintín.
¿Pero qué se había creído insultándole de esa forma? Era cierto que llevaba razón, pero no era necesario restregarlo. Ayden, enojado por la situación caminó hacia la multitud encontrándose a su hermana menor.
—¿Quién es ella? Responde, Marie. —preguntó tomando a la niña por los hombros, agachándose para ponerse a su altura.
—Pertenece a otra familia de vampiros. Por el ataque de los licántropos, madre ha decidido que se quede tanto ella como su familia durante la semana siguiente y… ¡Ayden!
El gemelo menor no daba crédito a sus oídos. De tal forma que rápidamente quiso ir en busca de su progenitora para aclarar el asunto, pero cualquier recibimiento fue rechazado aún siendo él su propio hijo. “Más tarde. Ahora se está atendiendo un asunto importante”. Ahora realmente estaba más confuso y lamentó de una forma total y rotunda haber salido de su único refugio, su cárcel, su habitación. De hecho, no tardó en dar la vuelta y emprender camino hacia el lugar de donde había salido. En el pasillo, volvió a ver a esa mujer acompañada de su hermano y la pequeña Marie. Rápidamente acudieron a la joven y hermosa Leslea otros dos hombres que decían ser sus hermanos.
Sin vergüenza alguna, Ayden pasó entre medias de su gemelo y la muchacha, empujando a ésta última.
—Deshazte de ella cuanto antes. Huele muy mal. — susurró al rubio antes de marcharse y subir a su habitación. Él había terminado. No deseaba ni tenía intención de recibir visitas en toda esa semana en la que tendría que aguantar a una niña incluso más repelente que su hermana pequeña.
Para él, aquella pequeña pero gran dosis de acontecimientos fue más que suficiente.