Hace meses estuve revisando viejos baúles cubiertos con una fina capa de polvo, un fin de semana en el cual, por puro aburrimiento, me pasé todo el día limpiando y ordenando trastos. Dejé para el final un baúl viejo, roto e inmundo; no por alguna cuestión especial, sino porque simplemente no encontraba la llave. Finalmente había abierto todos los baúles menos aquel. Registré cajones, armarios y estanterías hasta que por fin la encontré. La llave estaba levemente oxidada, escondida en el único objeto de mi infancia que está en mi habitación de mi apartamento: una cajita de música que, por cierto, está rota. Me costó abrir el baúl, el candado parecía decidido a no ceder ni un poco. Limpié la llave a conciencia con todo tipo de productos posibles, intentando encontrar la fórmula perfecta que le quitara la inmundicia y, por fin, pudiera descubrir (o más bien, “redescubrir“) lo que había en esa prisión de cuero. Y finalmente, cedió: un olor a viejo saltó a mi cara acompañado de polvo. Después de dejar de toser miré el interior de aquel misterio. A pesar de que recordaba una pequeña parte de aquellos objetos, no pude adivinar toda su historia. Todo lo que había allí eran objetos de mi infancia. Fotos en blanco y negro, collares, pulseritas, un peluche descosido, una mantita, una campanita de plata arruinada, cartas casi rotas, trozos de cristal de algo que conocí alguna vez y ahora no recordaba, pero el objeto más importante estaba delante de mis narices. Un guía. Un diario. Sabía que todos aquellos eran recuerdos de mi niñez, obviamente eran objetos típicos de una niña. Sin embargo, no podía reconocerlos, o recordar algún momento con ellos. Tenía la esperanza de que las cartas, el diario, las fotos y los pocos libros que había allí me recordarían poco a poco mi infancia olvidada. Ni siquiera sabía el motivo por el cual había olvidado una parte tan importante de mi vida. Quizás sólo fueron los años. Quizás fue algo más. Después de limpiar el suelo y ordenar todo el desastre, arrastré como pude el baúl hasta un costado de mi cama. Estaba lloviendo y el olor a humedad inundaba la habitación. Era un alivio para mí, teniendo en cuenta que adoro la lluvia y todo lo que conlleva, incluyendo sus aromas. Dirigí una mirada furtiva al baúl cuando me acosté. Realmente quería descubrir todo eso, pero estaba muerta de cansancio. Y de miedo. Por lo tanto, cerré la tapa del baúl y me olvidé, decidiendo que sería problema de otro momento futuro. Desde entonces el baúl se mantuvo ahí, molestando mi espacio, mi conciencia y mi camino del escritorio a la cama, pero no lo moví. Sin embargo, tampoco lo abrí. Me concentré en mi trabajo de traductora de libros, tarea que me aburría hasta lo más profundo de mi ser pero por la cual, por alguna razón, fingí cierto interés con tal de no tener que abrir el baúl de nuevo. El deber de un traductor nunca se acaba. Siempre hay algún escritor imbécil que, cuando has terminado de traducir un libro y quieres tomarte un descanso, saca otro como si quisiera ensañarse contigo y tu miserable trabajo, como si te recordara quién tiene realmente el talento. Pero eso no pasó cuando más lo necesitaba. Por alguna razón necesitaba justificaciones para todo, como si alguien me estuviera observando, lo cual por cierto es una molestia enorme cuando vives sola en un apartamento. Ahora necesitaba una excusa para no tener que concentrarme en el baúl, una excusa para centrarme en algo más, como la traducción de un libro. Pero aparentemente a los escritores se les estaba acabando aquella inspiración de la que tanto alardeaban. No tengo ya ninguna tarea pendiente en mi agenda, ni en mi escritorio ni en mi apartamento. Aún es de día, pero no por mucho tiempo. Esta noche, después de evitarlo durante meses, por fin recordaré la parte perdida de mi historia que oculta aquel baúl. Ya estamos aquí. Lo único que puedo observar es su exterior. Toda la pintura del baúl ha desaparecido sin dejar rastro, y los bordes del cuero del baúl están en pésimas condiciones. Podría arrancarlo sólo con cogerlo. Por dentro hay una tela sucia que recubre el interior. Tiene muchos agujeros y hay partes arrancadas. Supongo que no lo cuidé muy bien. Lo primero que cae al abrir el diario son fotos. En una de ellas sale mi familia. Sin embargo, hay algo que no encaja. En la foto aparece una anciana sentada en una silla, en medio de la foto, y a su lado se sitúa el resto. Una mujer elegantemente vestida y de posado orgulloso y coqueto. Un hombre con traje y un reloj de bolsillo en la mano demuestra su autoridad mirando fijamente a la cámara. También aparecen un muchacho encantador que no debe haber superado su adolescencia, una chica muy pálida y de rostro enfermo pero dulce, una niña con algo de sobrepeso y el pelo recogido en dos trenzas adorables, y un niño más pequeño, de no más de cinco años, enseñando todos sus dientes en una sonrisa. Y yo, una chica de rostro vivo y audaz, abrazando a la niña de las dos trenzas. En la parte de atrás puede leerse "Padre, Madre, Nana, Guillermo, Elena, Rosalía, Roque y yo". En el fondo de la foto puede verse una granja. Yo sólo tengo un hermano. Soy huérfana.