Si él hubiese tenido la posibilidad de plantear qué se imaginaba que sucedería con el resto de su vida, seguramente no hubiese dicho aquello. Pero de todos modos, ahí estaba. Tomándose un pequeño descanso de su vida en bajo la mirada de todos y de su carrera artística y dedicándose a aquello que lo había quitado de su cueva y ayudado a salir adelante en primer lugar. No eran los escenarios o las presentaciones a las que estaba acostumbrado, pero sin duda se sentía bien volver a sostener una cámara en mano, volver a ser Ethan el fotógrafo antes que cualquier otro cosa.
Había estado en aquel set desde que lo habían abierto por la mañana y ahora, que ya se encontraba repleto de gente, desde gente de maquillaje, asistentes, hasta los muy necesarios iluminadores, se sentía más que listo para volver al ruedo. Sin duda Vogue siempre sería su hogar, al menos así lo sentía. Y ahora que había tenido la posibilidad de volver a revisar su estudio favorito y familiarizarse con él, pretendía sacarle el mayor provecho posible.
Claro que todo eso se sintió en pausa cuando un bonito rostro cruzó la puerta del lugar, caminando totalmente decidida iba ella, como si aquella sala le perteneciera. El problema, en realidad, era que no era un rostro nuevo. Él la conocía, y la conocía bien. ¿Cómo no iba a conocerla si solía llamarla bebé cada día al despertar en la cama que compartían? Claro, antes de la separación.
De todos los escenarios que había previsto al pensar en aquel día, su ex sentada frente a él, dejándose retocar por el personal de maquillaje, no había sido uno.
“Empezamos en cinco” dijo el chico de rulos, elevando un poco su voz para que todos ahí pudiesen oírlo, mientras se giraba para estrechar la mano de su asistente personal que acaba de llegar. Asumía que todos lo habían oído. Todos. Incluso ella.