A los veintiséis
Hoy cierro una puerta. No con tristeza, sino con gratitud. Detrás de ella queda un muchacho que soñaba demasiado rápido, que amaba con toda el alma y que, muchas veces, confundía el destino con la primera mano que le ofrecía calor. Creía que algunas personas durarían para siempre y que ciertos abrazos serían un hogar eterno. No sabía que la vida también enseña a despedirse.
Fue un buen muchacho. Se equivocó muchas veces. Construyó castillos donde apenas existían cimientos. Se ilusionó antes de tiempo. Lloró en silencio para no preocupar a nadie. Quiso salvar historias que ya habían terminado y buscó un hogar en los brazos de otros sin saber que el suyo aún estaba esperando ser construido.
Lo vi caer. Lo vi romperse. Lo vi quedarse solo más noches de las que hubiera querido. Pero también lo vi levantarse cuando nadie lo aplaudía. Tender su cama cuando todo parecía no tener sentido. Ir al gimnasio cuando el corazón pesaba más que las pesas. Trabajar aun cuando el miedo al futuro le apretaba el pecho. Pedir perdón. Perdonarse. Y seguir.
Con el tiempo entendió algo que ningún libro enseña. El amor propio no aparece una mañana cualquiera. No llega como un milagro. Se construye. Como una casa. Como una ciudad. Como una empresa. Como una vida. Ladrillo por ladrillo. Hábito por hábito. Decisión por decisión.
Hoy miro hacia atrás y ya no siento vergüenza por ese muchacho. Siento ternura. Hizo lo mejor que pudo con las herramientas que tenía. No conocía todo lo que hoy conozco. No entendía lo que hoy entiendo. Y, sin embargo, gracias a él, hoy sigo aquí.
No tengo todas las respuestas. Gruva todavía tiene mucho por crecer. Mis sueños siguen siendo más grandes que mis recursos. Hay países que aún no conozco, edificios que todavía no he diseñado, canciones que aún no aprendí a tocar y caminos que siguen esperándome.
También existe una pregunta que durante mucho tiempo gobernó mis noches: ¿quién llegará a compartir conmigo esta vida? Antes necesitaba desesperadamente una respuesta. Hoy solo siento curiosidad. Quizás algún día alguien toque la puerta de la casa que estoy construyendo. Quizás no. Y, por primera vez, ambas posibilidades pueden convivir sin destruir mi paz.
Porque entendí algo que cambió mi manera de vivir. No puedo prometerme que alguien me amará para siempre. No puedo controlar quién llega ni quién decide marcharse. Pero sí puedo prometerme algo mucho más importante: nunca volveré a abandonarme a mí mismo.
Por eso hoy no celebro solamente un cumpleaños. Celebro las cicatrices que dejaron de sangrar. Celebro las preguntas que me obligaron a crecer. Celebro las despedidas que me enseñaron a volver a casa. Celebro cada error que, en lugar de endurecerme, me hizo un hombre más consciente, más humilde y más humano.
Durante mucho tiempo pensé que mi hogar era una persona. Hoy sé que mi hogar soy yo. Y esa ha sido la construcción más difícil de toda mi vida. Levantar una casa donde pudiera descansar incluso cuando el mundo guardara silencio. Aprender a hacerme compañía. Aprender a querer al hombre que veía en el espejo. Aprender que mi valor nunca dependió de que alguien decidiera quedarse.
Si algún día una mujer decide caminar a mi lado, encontrará una casa con las ventanas abiertas, una mesa servida, un jardín cuidado y un hombre que ya no busca ser rescatado, sino compartir el camino. Y si ese día tarda en llegar, o incluso nunca llega, las luces seguirán encendidas. Porque esta casa ya tiene un habitante. Y, después de mucho tiempo, ese habitante aprendió a vivir en paz consigo mismo.
Gracias, Luis.
Por no rendirte, cuando era más fácil endurecerte.
Gracias por seguir creyendo que el amor existe, sin dejar de creer que tú también existes cuando el amor no está.
Un aprendiz de la vida














