Hoy quiero hablarte de Ligia.
En algún punto mientras los estudiantes de bachillerato de los años 80 crecían, entre esa enorme muchachada estaba Ligia.
Mas bien delgada, con la piel morena, y el cabello negro muy liso, herencia de su madre india (una humilde mujer reencauchada caraqueña, habitante del 23 de enero, adaptada a punta de esfuerzo a la capital) y de un señor trabajador cuya cara ya no recuerdo.
Era ella una de las personas mas brillantes que conocí jamás. Digamos, que por circunstancias fortuitas e inoportunas de la vida, nunca terminó la universidad. Pero sus días, sus meses, sus años de existencia no pasaron en vano. Ligia leía libros de poesía latinoamericana y extranjera. Libros que devoraba en cuestión de días, horas... Y a los cuales luego dedicaba incontables horas de monólogos sobre la percepción que tenía sobre ellos, mientras tomaba café y fumaba sentada en la sala de mi casa.
Obras de teatro,discos de trova cubana, discos de salsa, el Rajatabla, galerías de artes, museos enteros, paisajes nacionales. Pocos de estas cosas existieron sin que sus ojos lo presenciaran. Sin que su asistencia a ninguna de ella pasara ajena a los que la conocieron, porque ella siempre tenia algo que aportar a esas artes. Y muchas cosas como esas, también llegaron los amores, los amigos y las reuniones.
Del gran amor de su vida nació su hija, que por requerimiento de Ligia, se llama Lluvia. Que por disposiciones ajenas, el nombre que figura en el registro no es ese. Pero a pesar de ello, a pesar de que ella se negara a pronunciar el nombre registrado de Lluvia (un impedimento más generado por su conciencia y su estilo de vida, que por la falta de vocabulario) cada vez que hablaba de la chica, de su Lluvia, sus ojos se iluminaban. Sus ojos cobraban vida, destellos propios y embargaban con sentimiento.
Lluvia, su lluvia... Era toda su vida.
A pesar de las situaciones hermosas que vivió, de los lugares incontables que conoció; Ligia también conoció cosas indebidas. Drogas, alcohol, cigarrillo.
La droga, se puede decir, fue su enemigo publico numero 1. Pero a pesar de todo Ligia seguía adelante a veces metida en su propio mundo, en el mundo ajeno a los vivos. Pero a veces con los destellos de vida en sus ojos cuando hablaba de arte, de poesía, o de Lluvia.
Ya en los noventa, Ligia, comenzaba a ver los estragos en su cuerpo de las drogas, ya en ese fecha; de a ratos caminaba por las calles con la vista perdida. Pero nunca se fue de su casa. En parte, creo, porque Lluvia era lo que necesitaba, era la tabla que la mantenía a flote.
Cada día que fue pasando, deje de verla con frecuencia, primero por días, luego por semanas, y así pasaron años...
Cuando era asidua visitante de la sala de la casa, siempre hablaba conmigo y agarraba mis manos con sus manos delgadas y siempre tibias. Y me decía cosas hermosas, me hablaba de historias hermosas, y me repetía incansablemente que los niños eran mágicos. Que los niños eran lienzos en blanco, y que en principio los padres boceteaban su historia y luego cada quien pintaba su cuadro.
Esos tiempos pasaron, y ya Ligia no fue mas a la casa. Pero siempre la recuerdo.
Hace cuestión de tres años, la volvimos a ver (mi mamá y yo) estaba flaca, con el cabello repleto de canas, y lucia cansada. Como aquel que ha caminado por largo espacio de tiempo sin encontrar un rumbo fijo en la tierra, como ese que ha caminado tanto que no sabe que si busca un campamento o busca otro camino. Mamá la abrazo y hablo con ella. Ella me recordó y me abrazo con mucho cariño.
Tiempo después de ese día, ese mismo año, le volví a ver cruzando la calle, pero ella no me vió a mi porque yo iba en una camioneta, y ella iba inmersa en su mundo de los no vivos. Luego de eso no la vi mas ese año.
Ligia y Lluvia están abrazadas, y Ligia ya se curó. Está todo bien. Es una mujer plena y feliz, libre de los vicios que alejó de su vida peldaño a peldaño. Ligia todavía viene a sentarse a la sala de la casa y la llena con historia hermosas, de poetas, de libros, de artistas plásticos, de obras de teatro, de música cubana o brasilera y de Lluvia.
Quisiera poder decirte, contarte y escribirte esto. Quisiera terminar esta carta así.
En su lugar, prefiero relatarte la verdad. Hace poco más de dos años, mamá irrumpió por la puerta de la casa; la abracé pero el brazo que ella me regresó solo fue automático. Y mamá, me miró con unos ojos tristes, llenos de nostalgia y me dijo: "Se murió Ligia".
Aproximadamente en 2010, a la edad de 50 años murió Ligia. Una de las personas mas brillantes, mas puras que conocí. La vida se le perdió entre tanto buscar. Y a pesar de todo, creo que lo encontró. Y que como parte de la propia vida, una vez que cumplió su misión se fue, sin duda, a otro lugar mejor.
En este punto creo que es importante reflexionar sobre su intención de vida. Más allá de lo oscuro, Ligia siempre llevó mucha luz sobre si. Esa luz, emanaba en todo lo que hablaba, en sus ojos, en el toque de sus manos tibias y delgadas.
Ligia, al menos para mi, no se fue del todo. Ella vive en mi corazón; como una maestra de vida, como una enseñanza y como un recordatorio.
Hace mucho tiempo que no pensaba en ella. Pero hoy quiero dedicarle esta carta a su memoria, y quiero que tu conozcas su historia. Porque, en trasfondo, es una de las historias más dignas que he escuchado jamás.
Te pido que entiendas a Ligia. No será tarea fácil. Pero busca entre líneas, y cuando la Lluvia caiga recúerdala, aunque sea un poco. Y cuenta su historia a quien lo merezca. Hoy, tu mereces saber de ella.
Siempre tuya,
I