Carta 17: La Virgen se quedó con David
Hace casi una semana que tuve una oportunidad, como pocas en la vida, de presenciar la desocupación de un mito terrorífico en la ciudad de Caracas. La Torre de David o Torre Confinanzas desentrañó algunos de sus secretos arquitectónicos para un grupo de periodistas.
Subir 10 pisos en carro fue una de esas tantas “primera vez” que viví en ese coso de concreto, acero y pobreza que se enclaustra a las faldas de la bipolar capital de Venezuela. Diez pisos de columnas, de espacios para estacionamiento convertidos en casas, de espera sin desespero y de ochos años sin respuestas. Tuve la suerte de colarme en la parte trasera de un vehículo 150, cuyo conductor accedió amablemente a realizar el recorrido. Mientras iba con la cabeza gacha para evitar ser decapitada por las columnas horizontales que soportaban ese monstruo de 190 metros, me pregunté: ¿Cómo hacían los más de 1500 padres y madres de familia para subir un mercado? ¿Cómo reúnes la entereza suficiente para acarrear litros de agua, esa que no llegaba a los pisos superiores, cuando vienes de un día largo en el trabajo?
Al llegar al piso 10 comenzó la travesía a pie por la Torre de David. 8 pisos separados por 15 escaleras, con un descanso. En cada piso, un pasillo desprovisto de barandas, paredes o cualquier método de seguridad para entrar a los “apartamentos” que albergaban hombres, mujeres y niños que tenía una cosa en común: La necesidad de vivienda no satisfecha o las ganas de sobrevivir ante una sociedad que amenaza con dejarlos atrás. Esos pasillos que fueron testigos de accidentes fatales, de escenas de violencia y brutalidad. Pasillos llenos de sobrevivientes del holocausto de vivienda que vive Caracas desde hace tantos años.
Caminar en semejante vulnerabilidad con el viento y la lluvia aullando fue un reto.
Los apartamentos -aún en su precarierdad- tenían los espacios adaptados. Con baños, cocinas y salas de estar con sendas vistas panorámicas del centro de la ciudad. Algunos, quedaron con los rastros de cerámica o mármol que instalaron dentro del sitio para hacer su hogar “provisional” más llevadero, más simple. Como queriendo mitigar el hambre a punta de migas de pan que has ido encontrando en breves descuidos.
Hoy, esas viviendas son escombros. Escombros con historias que ya difícilmente serán relatadas. Como la historia de los tres casquillos de bala que me tropecé mientras caminaba por una de las unidades. Casquillos de plomo que desconozco si tuvieron destinatario. Candela y acero que pudieron sellar un nombre en una lista o que pudieron ir a parar al cielo y luego caer muertas y silentes sobre el pavimento citadino.
Historias sin concluir, como la del charco de sangre (posiblemente de un cabrito) que tuvo el infortunio de caer en las manos de un santero de esos que polulan en el país, quien lo sacrificó para presentar una ofrenda a cualquiera de sus venerados. En ese mismo sitio, donde había una mesa de vidrio rota y un juego de recibo cubierto con sábanas. Ese sitio con balcón hacia la Torre Provincial y la avenida Urdaneta. Abandonado.
Paredes que agradecían la estadía, paredes testigos de nostalgia y de chistes altisonantes que tanto abundan en la ciudad. Creo que ese “marico el que lo lea” es una frase que debería estar debajo del escudo de Santiago de León de Caracas. Paredes con reflexiones de poetas urbanos, que se negaron a sucumbir ante la desidia y el peligro de habitar en un cadáver de la arquitectura asesinada por la crisis financiera de 1994. Paredes que protegieron a gente inocente y, lamentablemente, a algunos malandros que pretendieron seguir profanando a la mutilada Caracas con sus fechorías. Esos mismos que seguramente todavía lo hacen.
En mi breve estadía en la Torre escuché muchas frases como: “¡qué miedo!” o “yo preferiría vivir debajo de un puente a vivir en esta altura”. Supongo que como caraqueños, acostumbrados a ser indolentes e insolentes, no nos damos cuenta de que nos quejamos de tener los zapatos rotos, cuando nuestro vecino podría andar descalzo y con llagas. Caraqueños insolentes que de repente nos vemos golpeados en la cara por la realidad de una torre donde no hay servicios básicos, ni condiciones para vivir.
Bajé, no con poco vértigo, nuevamente los ochos pisos de la Torre Confinanzas. Dejé el edificio viendo los desfiladeros, algunos zapatos y restos de comida que quedaron abandonados. Al descender aprendí una cosa de una pared del rascacielos: “No hay cosas imposibles sino personas incapaces” y dejé olvidada, sin querer, una estampita de la Virgen de Guadalupe que se desprendió de mi escapulario y decidió quedarse con David en su Torre.