Puebla, 19S17
Ni siquiera sé por donde empezar. Hoy todo parece tan irreal, tan difuso. Como si lo hubiera vivido en un sueño.
Soy un universitario de 23 años de edad, casi graduado de la facultad de psicología de la BUAP. He terminado con todas mis materias. No tengo que ir a la facultad para nada. Mis prácticas me hacen ir de un lugar a otro de la ciudad, recorriéndola, conociéndola.
El 19 de septiembre de 2017, voy a empezar a trabajar tarde, (a las 2:30 de la tarde para ser exactos). Aprovechando un poco de tiempo y recordando que hacía mucho que no veía a mis amigos, decido ir a San Jerónimo, mi facultad. Ese edificio en la 3 oriente a una cuadra de la Catedral. Siendo las 12:30 me encuentro caminando por las calles del centro sonriendo discretamente, recordando y pensando cuánto me encanta. Me encanta que mi vida universitaria se hubiera desarrollado en el Centro Histórico, con los bares a la vuelta de la esquina, las casas de mis amigos foráneos que siempre me recibieron cuando me descuidaba y la noche me provocaba flojera para regresar a mi casa, a las afueras de la ciudad…
Entro a San Jerónimo y siento una especie de satisfacción, por estar en casa de nuevo. Pero me quejo. Porque yo siempre me quejo. Me quejo de haber llegado tan temprano cuando quedé por Whatsapp con una amiga de verla a la 1:00 pm, me quejo tomando una foto y publicándola en Instagram stories, con la leyenda “No conozco a nadie.” Haciendo alusión a que la mayoría de los de mi generación no van tampoco a la facu. Sintiéndome cómodo, me siento en una banca, y contemplo todo a mi alrededor. Una amiga me escribe, y pronto la veo viniendo hacia mí, la abrazo, le digo que la he extrañado, y quedo de ir a comer a su casa en cuanto salga de prácticas. Regreso a una banca, a lado de la biblioteca, me siento, y de pronto veo a Omar, un amigo de Oaxaca que me cae increíblemente bien. Comenzamos a hablar de todo lo que ha pasado en los últimos días, de Mara, del sismo en el Istmo de dónde el es… sólo puedo pensar en lo lejano que me pareció y en que espero que de verdad les llegue ayuda. En eso llega una amiga en común, platicamos unos minutos cuando mi amiga, esa con la que había quedado originalmente me cuenta que llegó, pero por otra entrada, la del anexo, para tomar su clase de Neuro.
Me despido rápidamente y salgo del edificio principal para irme a la vuelta. A la esquina de la 3 oriente y 4 norte. Cuando entro al anexo, noto que mi amiga me mintió y no ha llegado, así que busco otra banca cercana y después de unos 5 minutos la veo entrar con su característica bicicleta. La amarra a mi lado, a uno de los tubos de la banca, y yo sonrío a todos aquellos que van pasando mientras ella y yo nos ponemos al tanto. Porque ha pasado mucho tiempo sin vernos. Conversamos sobre un viaje que haremos el siguiente fin de semana, le cuento que iré a la casa de Kari, en el Carmen, para comprar los boletos de autobús juntos. Y nos despedimos. Su profesora ha llegado. Al salir, me pongo nervioso. Su salón tiene ventanas hacia la calle, y yo sé que en su clase también va una chica que me gusta, así que saco mi teléfono para disimular mi nerviosismo y le escribo a Kari: Ya voy para tu casa, dude. Mientras siento un montón de miradas desde el salón de clase. Y en un segundo, nada de la historia hasta aquí escrita importa.
Apenas y doy diez pasos, cuando un tipo, sale corriendo de una tienda de ropa y me atropella haciendo que casi tiré mi celular. Cuando levanto la cara para verlo feo, veo a unas chicas en la mitad de la calle adoquinada, gritando: - ¡Está temblando! Mientras voltean hacia el cielo. Viendo las cornisas de los edificios. Entonces corro a su lado, sólo para alzar la mirada y ver como caen ladrillos completos del techo y de todos los techos a mi alrededor. Agacho la cabeza cubriéndome con los brazos, y siento una sacudida en el suelo, que me hace separar las piernas y sentir como la fuerza de la tierra va subiendo sobre mí, haciéndome perder el equilibrio.
Annie, una amiga, sale corriendo del edificio de la esquina. Ella vive ahí. Está descalza y en pijama. -Me iba a bañar.- me dice. Mientras la abrazo súper fuerte. -Mi hermano está en el cine, y no me contesta. Dice casi gritando, con los ojos llenos de desesperación.
No sé que contestar. Sólo me quedo con ella. Cuando de pronto todo se queda quieto. Me viene a la mente mi amiga, a la que acabo de dejar en el salón de clases y regreso corriendo a la esquina contraria. Veo un balcón cayéndose en el lado adyacente, una bandera cuelga de la herrería, irónicamente. Grito su nombre y nadie responde. Me asomo al interior del edificio y sólo veo escombros. Todos están en la calle. Mi teléfono vibra, es un audio de ella en el grupo en el que estamos todos mis amigos. Acaba de temblar durísimo, repórtense, digan que están bien. Rápidamente texteo, dónde estás?. Pero no responde. De pronto me topo con mi otra amiga, la que me había invitado a comer a su casa unos minutos antes. La abrazo. Y entonces pienso en mi casa, hecha por una constructora de interés social, de tres pisos. Y pienso en mi sobrina, en mi bebé de un año. Y pienso en mi hermana, en el lado contrario de la ciudad. Y me dan unas ganas horribles de llorar. Nunca había temido tanto por mi vida ni por la de los míos.
No recuerdo lo que pasó a continuación. Sólo recuerdo estar ahora en los brazos de mi amiga de Neuro, y contener el llanto, mientras veo a los demás sacados de sí. Un poco divertidos por lo que acaba de pasar. -Kari vive en el centro. Me dice ella. Vamos a ver que todo esté bien.- Yo sólo asiento con la cabeza. Nos vamos caminando súper rápido. Pero al llegar a la esquina recuerdo a Annie, así que comienzo a buscarla. La veo en la jardinera del parque contrario, con su hermano. Con los ojos llenos de lágrimas.
Entonces recuerdo a mi familia otra vez. Intento llamarles pero no salen las llamadas. Volteo a la esquina donde hay un teléfono de monedas, ahora acordonado porque la cornisa del edificio de a lado está a punto de caerse. Y noto como llegan mensajes de Whatsapp sin parar. La aplicación si funciona. Llamo a mi mamá desde ahí y oigo su voz distorsionada, diciéndome: -Todos estamos bien. Ahora sí se me salen las lágrimas, y son lágrimas de alivio… y de miedo. -Por favor comúnicate con tu hermana, dile que todos estamos bien. Me dice y colgamos no sin antes decirnos que nos queremos.
-El epicentro fue en Morelos. Me dice mi amiga mientras me ve con preocupación. Yo soy de Morelos, toda mi familia extensa vive allá. Siento un nudo en la garganta y le respondo: -Vamos con Kari. Mientras en el camino le escribo a mi familia morelense para preguntar si todo está bien. Nadie responde.Intento también marcarle a mi hermana por WhatsApp.
En el camino hay muchos vidrios rotos y pedazos de piedra que esquivo a cada paso. Al llegar a la esquina, por fin logro comunicarme con ella. Está llorando. Me dan unas ganas terribles de llorar, pero entiendo que no podemos hacerlo los dos, así que con la voz quebrada le digo: -Ya hablé con mamá, estamos bien. Todos estamos bien. La bebé está bien. -¡Ay, qué bueno, gracias por marcarme! - dice mientras comienza a llorar. Quedamos de reunirnos en el centro para irnos juntos a la casa. La voy a esperar en la casa de Kari, que no sufrió ningún daño.
Cuando cuelgo el teléfono, abrazo a esta última y a su novio. Mientras entramos a su edificio, volteo al cielo corroborando que efectivamente no se haya caído nada. Entro a su apartamento, me siento en el sillón y me siento muy mal. En Twitter comienzan a circular imágenes de Puebla y la Ciudad de México. Estamos apenas unos minutos sentados, cuando mi otra amiga me dice con su celular en la mano: - La Lázaro se desplomó y hay alumnos adentro, ¿vamos?. Sin dudarlo ni un segundo me paro y les digo que sí.
La Lázaro es la prepa donde estudia mi hermano. Por fortuna él va en la tarde, no ha habido oportunidad de que llegue a clases. En el camino nos encontramos con más escombros, y cintas de seguridad que nos alejan de las zonas vulnerables de derrumbes. En el zócalo, veo una de las esquinas de los portales con unas cuarteaduras peligrosas. En el lado contrario, casi llegando al Vips, hay camiones de militares parados, mal estacionados y vacíos. Mientras camino voy monitoreando a mi hermana por WhatsApp, deseando con todas mis fuerzas que no haya pasado nada en la Lázaro. Al llegar, sólo vemos a militares en la puerta y la zona acordonada hasta el otro lado de la calle. Hablamos con los profesores y nos dicen que los heridos se han ido, que la cornisa del patio central se ha desplomado. Más tarde me entero que a la cornisa del patio de mi facultad le pasó exactamente lo mismo. - Los alumnos están concentrados en el patio del teatro principal.- Nos dice. Corremos hacia allá, por si alguien necesita intervención en crisis o primeros auxilios psicológicos. Al llegar, puedo ver del otro lado del Boulevard 5 de mayo la cúpula de la iglesia de San Francisco desplomada, con la aguja del velero torcida toscamente. La gente está asustada, pero dentro de lo que cabe tranquila en esa zona. Así que yo les digo a mis amigos: -Voy por mi hermana. Está a punto de llegar. Y ellos acceden a acompañarme. En el camino, por inercia nos vamos por aquél que conduce a San Jerónimo. Al pasar por la puerta principal, esa por la que salí corriendo para encontrar a mi amiga en el anexo, la vemos acordonada. Desde ahí, veo un pedazo de piedra enorme que está tirado en el suelo del patio, con una mesa de herrería con las patas torcidas a su lado. Es la misma mesa a la que le tomé foto y la subí a Instagram quejandóme.
-Estoy en el zocalo, me escribe mi hermana. Mientras respondo que voy para allá, camino, casi corriendo, la cuadra que nos separa. En el camino vuelvo a ver el balcón con la bandera destrozado, con varios coches severamente dañados debajo de él. Y al llegar a la esquina del Sol de Puebla veo la zona acordonada de lado a lado. Me molesta pensar que mi hermana está del otro lado y no puedo pasar. Recuerdo otro momento de ese mismo año en el que nos quedamos de ver justo ahí para ir a comer, y siento un nudo en la garganta.
Me estoy regresando para entrar por otra esquina cuando la veo pasando por abajo del cordón amarillo que dice PELIGRO. Corremos el uno al otro y me abraza fuertemente, llorando. -Acabo de ver a un muerto, lo aplastó una pared y la gente le estaba tomando fotos. Se murió una mamá con su hija a la salida de una escuela en el Paseo Bravo. La escuela de Alex se derrumbó.
Intento no llorar, y lo logró con éxito. -Lo peor ha pasado, le digo. Aunque estoy seguro de que apenas está comenzando. Más tarde me enteró de que la mayor cantidad de muertos por el sismo en el estado se concentraron en el Centro Histórico de Puebla.
El barrio que me recibía con los brazos abiertos, ahora sólo logra inspirarme miedo.












