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sleeping beaty: part ii.
sleeping beauty ;cerrado part. ii - underworld » ht: #onrol w/ abaddon
Tras horas y horas de estudios, de exámenes, de esperas eternas, de ir apresurado de un sitio a otro, de exigir que los médicos le dijeran algo, lo que sea, Sasha terminó a solas sentado frente a una sala de terapia intensiva en un corredor iluminado por luces blancas. Aquel era tan extenso como el pasillo que los afectados por un delirio al borde la muerte consideran el camino de ida al cielo. El caído tenía el rostro hundido entre las manos y los codos fijos sobre los muslos. Era alrededor de la una de la mañana y no había dormido nada. Tampoco abandonó las instalaciones, por muchas sugerencias que las enfermeras y doctores hicieran. No iba a irse mientras Abaddon esté postrado en aquella cama de hospital con suero conectado a sus venas. Estaba deshidratado, le habían dicho, pero sus síntomas permanecían dentro de los parámetros normales, a excepción de una pequeña aceleración en su ritmo cardíaco de la cual desconocían la causa. El ángel ya no sabía qué pensar. Todo había ido bien, lo recordaba. Había repasado los días anteriores, cada detalle, cada palabra que compartieron, absolutamente todo, pero no hallaba ninguna anomalía, nada que lo hiciera sospechar de que algo así sucedería. El último médico que preguntó por él y arrugó el entrecejo al comunicarle el diagnostico, dijo que "posiblemente" su esposo padecía el síndrome de Kleine-Levin, también denominado el síndrome de la bella durmiente, una enfermedad poco frecuente de tipo neurológico que se caracteriza por episodios, de días o semanas de duración, en los que el paciente afectado presenta somnolencia excesiva y periodos de sueño prolongado de como mínimo 18 horas diarias. Pero el caído no lo creía posible. "No" se oyó decir en voz alta, provocando un tenue eco en los rincones vacíos del hospital. Luego, como si su mente se hubiera iluminado con una idea revolucionaria, se puso de pie y caminó hacia el cristal por el cual podía observar a su esposo. "Solucionaré ésto y volveré por ti" expresó con la mandíbula tensa y ojos cansados, pero resueltos. Su ocurrencia podía ser considerada como la peor de todas en tiempos pasados, pero en ese entonces la vida del hombre que amaba estaba en juego y no dejaría que nada saliera mal. ❪ Seis horas más tarde ❫ —Colócalo dentro del circulo y acuéstate a su lado. —Dijo la anciana y Sasha cogió el cuerpo de Abaddon entre los brazos para recostarlo dentro de un pentagrama que jamás había visto antes, el cual contenía símbolos desconocidos para el caído. Encontrar a una médium, exponer sus argumentos de por qué la necesitaba y el monto que iba a pagarle por ello, había sido sencillo, lo difícil fue asimilar la información que le ofreció, el por qué su esposo estaba sumido en una clase de sueño, perdido en un plano inalcanzable para cualquier ser humano corriente, y aún no había regresado; más lo que él debía hacer para traerle de regreso. "Debes ir a buscarlo. Entrarás y saldrás con mi ayuda. Solo tienes que cumplir al pie de la letra tres reglas fundamentales para sobrevivir. La primera, no hables con nadie, debes pasar desapercibido; la segunda, si escuchas tu nombre, no camines en dirección a las voces; y la tercera, encuentra a tu esposo, pon este amuleto en su mano y sujétalo. Después dí las palabras en latín. Es tu pase de regreso al mundo de los vivos." Sasha mantenía presentes las glosas de la médium, inspirando aire reiteradas veces para mitigar el latir desesperado de su corazón. Rodeado de velas y la energía que destilaba la habitación que Abaddon utilizaba para rituales, el ángel cerró los ojos y apretó la mano laxa del contrario, dispuesto a enfrentar aquel desafío. —Recitaré mis palabras y tendrás alrededor de una hora para localizarlo. Mantendré a las almas penitentes lejos de sus cuerpos. Luego de eso, no podré hacer nada y ambos quedarán atrapados. —Explicó con voz sensata la mujer de cabello platinado, consumida por los años y la experiencia—. Suerte. —Fue todo lo que dijo antes de hacer exactamente aquello y hundirlo en un sueño profundo, donde su cuerpo pesaba mil toneladas, pero su alma podía elevarse y levitar, alzarse en el aire y contemplar a ambos dentro de aquel pentagrama. Entonces allí comenzó todo. Una gran hazaña, una búsqueda desesperada que tenía el tiempo contado.
En el universo, existen varios planos. Está el plano universal general, el cual abarca los sub planos como las dimensiones, divididas del uno al cinco, los agujeros negros, las masas estelares, las constelaciones y otras cuestiones astrológicas. Todos esos planos entran dentro de la categoría dimensional. En la tierra, existe el plano terrenal por supuesto y los planos espirituales. Junto con estos, están el plano superior y el inferior. Es en esos planos en donde habitan los distintos tipos de almas y espíritus que dejan el terrenal y pasan a conformar algo en el "más allá". Es así como se mueven, es la ley y el curso natural de las cosas, el avance de los ciclos. Ahora, las almas buenas, obviamente se las toma el de arriba. Pero las almas malas o terribles, van al plano inferior. El infierno, para ser más concretos. Éste se divide en nueve etapas. Nueve planos por los que distintos tipos de almas van pasando, esperando ser castigadas y condenadas en su círculo correspondiente. Los primeros planos son para almas innecesarias. Son aquellas que no han hecho más que vagar por la tierra como unos gusanos. Como parásitos que nadie extrañará. Estos diversos círculos también tienen distintos tipos de cruces. Están divididos por dos ríos, cada uno más severo que el anterior y una laguna. Estos ríos y laguna, son el paréntesis entre la severidad de cada plano. Entre más se desciende, peor el castigo y peor la clasificación. Son cuestiones de elaboración y clasificación espiritual. En cada círculo, llega el alma perteneciente a él y se condena. Luego del lago, se encuentran las murallas que dividen el infierno en dos. Bajo y alto. Más allá de ellas, la penalidad se encrudece y se condenan a las almas que más maldad han hecho en el mundo. Es allí donde los demonios más poderosos habitan y quienes se encargan de brindar castigo eterno y doloroso. Los gritos se intensifican entre más se descienda. Es la misma entrada al calabozo del dolor. La agonía pura se extiende por los muros del mismo averno y es allí en donde el alma de Abaddon se encuentra. El camino ha sido largo y difícil. Luego de haber seguido a la estela rosa, fue erróneamente jalado al infierno. Cruzó las puertas y traspasó el primer umbral de dolor. Vio a las almas gusanas e inservibles desaparecer como si nada. Luego fue obligado a cruzar el primer río, sentado junto a otras más, resignadas y perdidas en la desolación total. Irónico cómo percibían su alma oscura y tenebrosa pero no podían dilucidar que era propiedad de un demonio y no tenía porqué estar siendo transportado hacia la condena. Si tan solo estuviese un poco más fuerte, podría dejar notar la marca del demonio Abaddon en su frente. Siguió bajando y descendiendo de niveles, escuchando y viendo el dolor ajeno, los gritos agudos reverberando y la agonía haciendo eco en su interior. Lo malo de todo esto es que entre más se alejaba de su cuerpo, más iba muriendo tanto su alma como su cuerpo. No obstante, luego de atravesar el río, pudo vislumbrar entre la niebla y penumbra, un débil hilo de color morado. El hilo se extendía y se perdía hacia la oscuridad y si lo jalaba, no tendría fin. Era extraño. No había notado ese hilo hasta ahora y es que, está atado justamente en su dedo meñique. Movía la mano e intentaba removerlo o desatarlo pero era imposible. Estaba ahí, fijo. Otra cosa que notó es que las demás almas en sí, no podían verlo. Solo podían verlo los espíritus demoníacos o castigadores de alto rango. Incluso Caronte, el barquero, pudo verlo. Siguió descendiendo hasta que fue clasificado como alma del círculo quinto. «Vaya. Alma iracunda y triste. ¿Por qué? ¿Acaso me van a dejar en la laguna para que muera ahogado?» Se preguntaba a sí mismo. ¿Por qué habría sido catalogado como alma de quinto nivel? ¿Qué acaso no podían ver su marca? Estaba tan frustrado. Peor era que no podía establecer su rango ni decir que ya era de propiedad infernal. Su debilidad y el asqueroso color grisáceo que le definía, le hacía lucir como un alma más. Y sí, todo esto era ridículo y las cosas jugaban en su contra y ahora quizá y moriría. Su cuerpo, vacío y solitario. Una vez en la laguna, fue dispuesto en un bote para sí mismo. En este sitio, escuchaba los lamentos incesantes de miles de almas, el dolor que fluía de sus gargantas como la más desastrosa música, sin compás ni ritmo. Gritos y lamentos agudos brotaban y allí, solitario y sí, irónicamente triste, el alma de Abaddon empezó a llorar. El hilo de su dedo, ahora tornándose de un color azul. Estaba en total agonía y sufrimiento.
Todo a su alrededor gritaba que no debería estar allí, que él no pertenecía a ese lugar, y estaba claro que no, pero no se iría hasta conseguir su cometido. Más procesar lo que estaba sucediendo le tomó una cantidad considerable de minutos, o al menos eso creyó, pero la aguja de su reloj de muñeca ni siquiera se había movido de su sitio. Se sintió extraño, como si algo desencajara dentro de sí, y ello le provocó nauseas incontenibles. Sin embargo, nada salió de su boca, más que una fuerte maldición. Su estómago estaba vacío, pero fundamentalmente él se concebía vacío al no asegurar aún el bienestar de Abaddon. Así se sintió al caminar por calles que creía conocer, pero que en ese entonces parecían ajenas a las que alguna vez recorrió en tardes soleadas. A diferencia del mundo de los vivos, allí las tonalidades del entorno lucían apagadas, en una gama de colores neutros y sombríos, como si se viviera en un constante cielo cerrado por nubes de lluvia. La niebla se apoderaba de cada recodo de la ciudad deteriorada y a cada paso que daba parecía intensificarse, creando muros intangibles frente a él. Sasha al principio no sabía a qué se enfrentaría en ese plano, ni siquiera se había detenido a pensar en ello. Su cuerpo y mente estaban centrados en un único objetivo: encontrarlo y llevarlo de regreso. Ese fue su motor para echar a andar hacia un destino incierto, pero su mayor guía era el delicado hilo carmín sujeto a su meñique que advirtió inmediatamente después de recuperar la compostura y estabilizar sus emociones. Supo que eso le permitiría hallarlo y no lo pensó dos veces, confió en su intuición y siguió la dirección a la que iba, batallando con la oscuridad y la neblina mientras se topaba en el camino con el vestigio de lo que alguna fueron personas en carne y hueso. Rostros pálidos y miradas perdidas se posaban sobre él, voces murmuraban y balbuceaban palabras inentendibles, pero no se detenía a escuchar o pretender comprender. En el bolsillo de su pantalón yacía el amuleto envuelto en un trozo de terciopelo rojo. Era una clase de medalla de plata con inscripciones en un antiguo idioma, y mientras más se alejaba del punto de partida, sentía que la pequeña pieza comenzaba a temblar ligeramente. Incluso su temperatura también se elevó al atravesar los niveles y descender en conjunto a las otras almas que peregrinaban hacia el lugar en donde recibirían el pago por sus acciones en vida, el castigo y la condena que solo el averno guardaba con especial aprecio para ellas. Los minutos se transformaron en eternidad, el tiempo discurrió y la pena sujeta al dolor del resto de las almas fueron compañeras del ángel al atravesar por los distintos círculos. Parecía que habían pasado meses, y los gritos y lamentos alzándose a coro empezaban a ser aplastantes, insoportables, cerniéndose sobre su alma como un pesado manto que solo buscaba distraerlo de su cometido y ahogarlo en miseria. Supo que había llegado lo suficientemente lejos cuando se topó con Caronte y su barca, además de las siluetas tenebrosas y grotescas pertenecientes a los grandes demonios del inframundo que obraban en ese plano. No obstante, pasaban de él, lo ignoraban como si no existiera, y Sasha sospechó que era obra de la anciana al otro lado, preservando la seguridad de su regreso. Pero pese a todo, sintió el temor carcomiéndolo desde el interior por primera vez desde que estuvo allí, superponiéndose al fulgor de la esperanza que dictaba su andar; temor y pánico de que fuera demasiado tarde, algo que se magnificó al apreciar que el color del hilo empezaba a cambiar, pasando del rojo al morado, y del morado al azul. «¿Qué significaría eso?» Una voz en su interior susurró una respuesta que no quería escuchar y tuvo que esforzarse para no ceder ante ello. El caído se obligó a recordar la división de los niveles, los círculos, cada tramo de ellos, trazando un mapa en su cabeza, cuando finalmente estuvo de pie frente a la extensión de la laguna. Observó como las barcas partían en solitario hacia el oscuro horizonte, bien sabiendo que al otro lado el territorio sería completamente hostil debido al grado mayor de los castigos y las clasificaciones. No podía creer que Abaddon haya llegado tan lejos. «¿Cuál había sido el motivo para que se distanciara tanto de su cuerpo?»
Sasha consultó de nueva cuenta su reloj, sorprendiéndose del ridículo desliz que las agujas habían hecho. Parecía imposible que a penas hayan transcurrido diez minutos, cuando cargaba el peso de haber deambulado por varios días sin descanso. Más observó el hilo de su meñique e intentó jalar del mismo, pero éste seguía perdido en línea recta, desapareciendo entre barcas que avanzaban lentas sobre la superficie tranquila del agua negra y profunda. Era consciente que descender en aquella medida significaba un gran peligro, pero el riesgo ya lo había tomado y no iba a echarse atrás. Asimismo, acabó dentro de un bote desgarbado con tablones húmedos y desprolijos, navegando en el corazón de la laguna entre otros más que, si bien parecían tener el mismo destino que él, la corriente del agua y pequeños remolinos que aparecían en la superficie de la misma los retenía lejos de la orilla. Flotando sobre la embarcación, el ángel miró todo el tiempo aquella unión delicada y fina que lo conectaba con la persona que amaba, con su pilar, con la pieza que le daba sentido a su existencia y por la cual estaría dispuesto a ahogarse en esa marea oscura de lamentos una y otra vez. Lo rescataría sea a donde sea que estuviese, a pesar de las piedras que se materializaran para agotar su esperanza de lograrlo. Nuevamente el tiempo pareció detenerse y Sasha miraba en todas las direcciones, hacia cada barca iluminada. Muchas de ellas pasaban y pasaban junto a él, algunas cercanas otras lejanas, otras casi rozaban la propia. Vislumbraba cada uno de los rostros apagados, llorosos y agónicos, oyendo el clamor de sus dolores y penas, hasta que al dirigir la vista al frente una silueta de apariencia pálida y traslucida capturó su atención. Su barca parecía estática en su sitio. Curiosamente, y hasta el momento, nadie se había presentado de esa manera ante él y su atención quedó atrapada en aquella espalda menuda de hombros caídos que se estremecía por el llanto. No lo oía con claridad, pero sabia que así era y por un instante permitió que su dolor lo envolviera hasta saturar sus ojos de lágrimas que jamás hubiera deseado derramar en ese sitio. Pero allí habían estado desde que la oscuridad a su alrededor se volvió más densa y él seguía estado tan perdido como si lo hubieran aventado a un laberinto sin salida; desolado porque todavía no había conseguido lo que quería. Y ahora, envuelto entre tibias gotas que rodaban lentas por sus mejillas, juraba que podía verlo. Juraba estar a unos metros de él, observando su cabello negro y desalineado, sufriendo y llamándolo una y otra vez. Su voz, el sonido de su voz lo desgarraba y empeoraba la opresión que aumentaba en su garganta. Era todo tan vivido que el malestar se intensificó y tras un momento sirvió para que su rostro se abofeteara a si mismo, exigiendo volver en si y enfocarse. Todo estuvo tan claro después de ello que de su boca se desvanecieron las palabras. El hilo fue la clave. Inestable y tembloroso, se colocó de pie y se lanzó al agua, nadando con toda su energía hasta alcanzar el filo de la barca que había estado delante de la propia durante ese tiempo. —Eres tú. Abaddon... ¡Abaddon! —Logró decir, totalmente desfallecido y emocionado, mientras buscaba el modo de subir al bote sin provocar que se volcara, lográndolo poco después. —Lo he estado mirando todo este tiempo, pero bastó un instante de descuido y... —Comenzó a decir, hablando sobre el hilo que le había enseñado el camino hacía él, pero se interrumpió al tomarle de las manos con la mirada de quién no puede dar crédito a lo que sus ojos ven. Estaba claro que era él, pero lucía como un espectro, alguien que pronto perdería por completo su esencia. —¿Qué ha pasado contigo? —Susurró con la preocupación tiñendo su voz, antes de echar un vistazo a su reloj. Maldijo al darse cuenta que el agua había estropeado su funcionamiento e inmediatamente después buscó el amuleto en su bolsillo. Lo sujetó con fuerza y enfrentó los cristalinos ojos del alma de su esposo con una férrea decisión tomada en los propios. —Tienes que regresar conmigo. No puedes quedarte aquí. Este no es tu lugar ni el mío. Tenemos que irnos. —Decía mientras abría su mano para colocar el preciado objeto y a continuación presionarlo con la propia. Palma contra palma en un puño cerrado. —Repite estas palabras conmigo. —Sasha hablaba, pero Abaddon lucía como si creyera que estaba siendo víctima de un ensueño—. Abaddon, por favor. Necesito que repitas esto conmigo. ❝Ut anima in corpore❞... dilo junto a mi. —Volvió a insistir antes de darse cuenta que la orilla de pronto se veía peligrosamente cerca. El tiempo se agotaba y debían salir de allí.
Durante todo el tiempo que pasó tanto como humano y demonio, Abaddon nunca había experimentado tanta tristeza, soledad y desolación juntas. De repente, toda su vida pasó frente a sus ojos como una película en cámara lenta, recordando todos los sucesos importantes de su existencia, toda la maldad reinante en su ser, el pacto con el demonio, la bruja que le invocó desde principios de siglo e incluso episodios más recientes en donde sucumbía ante las manos de aquel caído, el ser primordial en su vida. Poco a poco los recuerdos de su mente se iban desvaneciendo con cada lágrima derramada, vislumbrando en el horizonte la orilla, la llegada a la siguiente fase. Sin embargo, su alma estaba atascada en la laguna de los lamentos, llorando por todas aquellas cosas por las que no lloró antes. Ya empezaba a perderse nuevamente en pensamientos cuando el bote en el que estaba sentado se movió con fuerza. Sus ojos cristalinos y casi desvanecidos se posaron sobre aquella sombra que poco a poco revelaba su identidad. ¿Quién era? El hilo de su dedo dio un tirón y cambió de color nuevamente, un rosado fuerte. Reconoció la voz. Estaba tan absorto por la tristeza que casi no lograba reconocer que era el caído que había visto en su mente segundos atrás. Sintió un calor acogedor en el pecho y se aferró a él, aún llorando. Ya no podía sentir nada, ni siquiera la urgencia con la que éste hablaba. Ya se iba perdiendo y parecía que los minutos avanzaban raudos, llevándose con sigo una parte de Abaddon, una parte que desaparecería si no se apresuraba. Ni siquiera contestó a las preguntas, no podía procesar más que cortas palabras y en realidad, estaba tan cansado que concentró la fuerza que le quedaba en sostener el pesado accesorio de metal y abrir sus labios, repitiendo aquellas palabras con voz entrecortada y ausente. —Ut... anima in corpore. Cerró sus ojos y suspiró profundo como si estuviese dando su último aliento, entregándose al repentino sueño que le invadía. Abaddon empezaba a soñar por primera vez en años o al menos, eso era lo que le parecía. Flotó y traspasó inmensas nubes coloridas y los lamentos que había escuchado antes se transformaron en risas y cánticos de pájaros. Las nubes se disiparon y Abaddon cayó lentamente sobre un verdoso campo acompañado por inmensas y coloridas flores. El olor a lavanda invadía su olfato y sus sentidos se agudizaron ante la presencia de alguien más. El hilo de su dedo tironeó nuevamente y al girar su rostro, el caído estaba ahí, a su lado. Era curioso. Tenía las alas. Eran enormes y brillantes. Sus ojos no podían creer que estuviese apreciando la forma verdadera de su pareja, la forma que en un inicio conformaba el ser del ángel. Estaba inmaculado y precioso. Se atrevió a tocarlas, sus yemas rozando las plumas, sintiendo un cosquilleo en la punta de sus dedos. De igual forma, Abaddon también estaba en su forma natural, la cola roja saliendo de su parte trasera, dos pequeños cuernos sobre su cabeza, los ojos naturales de color rojo y la marca brillante en su frente. Su mano izquierda tomó la derecha del otro y entrelazó sus dedos juntos, apegándose a su caído como nunca antes, no queriendo dejarle ir. La cola se prendó inmediatamente del brazo ajeno y apoyó su cabeza sobre el hombro del caído, dejándose a la sensación de alivio en su interior. —Te amo. Recitó, cerrando sus ojos nuevamente y allí, en ese justo instante, sintió un tirón que le hizo despertar de su ensueño. ¿Había sido eso un sueño o fue real? Sentía el cuerpo pesado y cansado, adormilado. Como si hubiese pasado años postrado a duras superficies. Abrió los ojos. Pestañeó. Lo primero que vio, fue la oscuridad y un pequeño rayo de luz proveniente de la ventana. Siguió la luz y la siguió y fue entonces que su mirada bajó hasta postrarse sobre un rostro desconocido. No obstante, aquello no era lo que le mantenía desconcertado. Claramente, estaba en su casa y había una desconocida en ella. Se sentó de golpe y cayó en cuenta. ¡Podía ver! ¡Había vuelto a recuperar la vista! Y fue allí que le embargó una inmensa sensación de alivio y tocándose el rostro con las propias manos, incrédulo. Lloró una vez más, cubriéndose por cortos instantes antes de intentar hablar, voz carrasposa, casi disfónico. Buscó con la mirada a su pareja, sintiendo el cuerpo de éste a su lado. —¡Amor!
El caído sintió el poder de aquellas palabras bramando en su interior, golpeándolo tan fuerte como una ventisca gélida que penetra cada poro de su piel y lo impulsa hacia otro sitio, muy lejos de allí. Transcurrió un momento y se volvió a encontrar rodeado de penumbra y sonidos provenientes de gargantas inhumanas. El aroma sulfúrico quemaba sus fosas nasales, el calor lo envolvía, y por mucho que se esforzara en enfocar la vista, la oscuridad es quien reinaba y devoraba cada recodo, inundando con negrura el espacio plagado de bestias que festejaban su llegada como sabuesos hambrientos. Sasha sintió el terror paralizante deslizándose como ponzoña en su torrente sanguíneo, pero antes de que las figuras agazapadas y sanguinolentas se acercaran a él, el amuleto aún encerrado dentro de su palma ardió con la intensidad de mil infiernos, quemándole la piel y desprendiendo una luz blanca y destellante. Entonces lo vio en el mayor esplendor de su naturaleza, con el sol surcando su rostro cincelado por oscuros ángeles de antaño, el obsequio de su alegre sonrisa y sus ojos carmín… sus ojos fijos en los propios, claros y penetrantes. Lo miraba y él le devolvía la misma mirada. La calma se respiraba en la periferia, en aquel prado salido de un sueño. Ya no existía el peligro, tampoco el terror de perderlo. Su mano estaba sujeta a la propia tan tersa y cálida como siempre, transmitiendo un “Estoy aquí y no pienso soltarte”. Un ‘te amo’ resbaló de sus labios antes de darse cuenta que sus alas estaban en su sitio, desplegándose orgullosas y brillantes, cegadoras y poderosas. Eran parte de él como cualquier órgano vital y reanimaban su espíritu recordándole que jamás debía olvidar su procedencia. Pero la ilusión se desvaneció como lo hace un suspiro en la brisa. Se convirtió en un recuerdo traslucido hasta que la realidad lo rodeó, tomando conciencia de dónde estaba, por qué estaba allí, qué había hecho y quiénes estaban dentro de la habitación. Había escuchado el gozo en la voz de su esposo un momento anterior, pero sabía que se había tardado unos minutos adicionales en recuperar el conocimiento por la expresión que tenía al mirarle el rostro... Sus pensamientos se detuvieron en ese instante. Lo estaba mirando. Abaddon lo miraba con completa lucidez, sin vestigio del vacío plomizo de su ceguera. —Puedes ver. —Fue una afirmación llena de asombro y jubilo contenido. Luego, a duras penas consiguió sentarse, debido a la desorientación y el tenue dolor de cabeza que iría menguando. Se centró en normalizar su respiración y apaciguar las aguas de su interior que crepitaban nerviosas por todo lo vivido. —No más viajes ancestrales... —Su voz se oyó extraña, ajena y cansada, pero en su rostro destacaba una sonrisa antes de enfrentarlo y cogerlo entre brazos, apretándolo como si pretendiera quebrarle los huesos, aunque estaba lejos de desear eso. Finalmente lo tenía consigo en carne y hueso, pero continuaría teniendo escalofríos al recordar lo cerca que estuvo de ver su alma reducida a nada. Durante la hora siguiente, recibió ciertos consejos de la anciana de pelo plateado y le devolvió con gratitud el preciado amuleto, además de pagar lo que habían acordado. Los ojos verdes de la mujer albergaban incalculable sabiduría y experiencia, y él se preguntó por cuánto había tenido que pasar a lo largo de su vida. Sin embargo, no dilató las conversaciones y antes de la media tarde estaban a solas nuevamente. No obstante, a pesar de recuperar el control de su vida y asegurar el bienestar de Abaddon, no anticipó la visita de dos oficiales de la policía exigiendo explicaciones de por qué había secuestrado a su esposo del hospital.
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Happy Birthday Mama Belen! Salamat sa lahat ng sakripisyo at pangunawa mo. Salamat sa walang sawa mong pagmamahal sa aming magkakapatid. Nawa ay bigyan ka pa ng ating Panginoon ng mahabang buhay para mas matagal ka pa naming makasama. Mahal n mahal k namin Madir!😘🎂🎉🎈💝 #MamaBelen #bestmomever #parakayInay #280416 @jramos618
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