En obras
Todo empezó cuando remodelaron por decimotercera vez la avenida 5 de febrero. Todo empezó sin que nos diéramos cuenta.
Era el final de un verano con lluvias tardías, el tráfico se acumulaba como rocío en la mañana. La gente iba de un lado a otro, de aquí para allá, mientras la nata del día comenzaba a cuajar en niebla citadina. Sudor se acumulaban en frentes, axilas y asientos.
La obra sobre la obra sobre la obra llevaba años en proceso cuando de pronto, todas las calles, avenidas y callejones se encontraron, hasta el último centímetro, llenos de automóviles. Los toldos y cofres brillaron a lo largo y ancho de la ciudad como páneles solares sin conectar. Esa mañana, todos los trabajadores y todos los jefes, todos los estudiantes y todos los maestros, todo mundo en fin, llamó al trabajo para decir que estaban atrapados en el tráfico, que llegarían tarde (aunque no llegarían).
Ese día, en papel, había estado por completo perdido. Las oficinas vacías, los formatos sin enviar, los checadores sin checar. Ese día, en papel, se perdieron miles de millones de pesos. Pero en papel no se puede describir algo así.
En algún lugar de la ciudad, donde sea que se planee su rumbo (si es que se hace) algún ser descubrió la terrible verdad: el resultado era en práctica, el mismo que el día anterior. Una y otra vez, incrédulo seguramente, hizo los cálculos y el resultado era siempre igual.
La conclusión era clara: la ciudad ya no nos necesitaba.
Y la ciudad se dio cuenta.
Las entrañas de constructoras y empresas de autopartes comenzaron a gruñir. Después de cerrar y en días festivos, había movimiento en las maquiladoras y centros de telemarketing. Se escucharon rumores de que embotellamientos nocturnos, con automóviles vacíos, llenaban las calles y avenidas en ciertas noches. Decían que los centros comerciales ronroneaban cuando nadie estaba ahí, y sus tiendas abrían las puertas.
Los rumores circulaban, pero como eran rumores se cansaron y se fueron.
La ciudad jamás ser cansaría, la ciudad no tenía a donde huir.
Todo siguió con más obras. Pero éstas se anunciaban sin que nadie pareciera dar la orden. De pronto mensajes masivos por Whatsapp, llamadas con voces pregrabadas, publicaciones en Facebook. Cualquiera pensaría entonces que era una broma, pero cualquiera se equivocaba. Sin falta, rezago o error, las calles cerraban y abrían como fauces, zanjas parpadeando en todos lados. Vehículos de construcción moviéndose cuando nadie podía verlos. La ciudad se estaba reinventando.
Después fueron las casas. Vecindario tras vecindario recibió órdenes de desalojo. Y una por una las casas fueron vaciadas. Hubo quien lo hizo por cuenta propia, dejar su hogar, tal vez notando que ese no era su sitio, ya no. Los que se negaron fueron expulsados, a veces mientras dormían, a veces mientras estaban en su trabajo, de compras, en la escuela. De pronto las llaves ya no funcionaban, de pronto todas las cosas que alguna vez les pertenecieron estaban fuera, en la calle, bajo la lluvia. Otras veces, se decía, las casas tragaban a todos dentro, quedando completamente vacías, aunque muy llenas.
Fue entonces cuando escapé. Tomé un camino de tierra y caminé al oeste, buscando el mar. Al salir de la ciudad me encontré con una urbe que parecía no haber cambiado en lo absoluto, la única diferencia, importante para mí, era la ausencia de gente como yo. Me esperaba el desierto. Viví por tiempo de cactus, maleza y lagartijas. Perdí dos de mis dedos y el ojo derecho. Hice cosas de las que no me siento orgulloso.
Más gente salió de la ciudad después de eso. Cuentan que eran los últimos, que al final la ciudad ya no descansaba, que era como un corazón de hierro, latiendo sin cesar. Las luces eternamente encendidas, en todos lados, las fábricas y centros comerciales abiertos, soles de actividad. Las avenidas y sus autos vacíos fluyendo como agua. Y las obras, para siempre las obras.
Pero ya ha pasado el tiempo, después de que nos expulsara, la ciudad ha hecho las paces con nosotros. Nosotros hemos hecho las paces con ella. Es hermoso, verla a la distancia en noches así, como una galaxia caída a la tierra. Como un cielo que en realidad era infierno pero que nos perteneció, y eso lo hacía suficientemente cielo.
Aún hay gente que va a buscarla, aunque muy pocos. Cuentan historias de centros comerciales de cientos de pisos, de fábricas que se extienden kilómetros bajo la tierra. Dicen que las avenidas son ya cintas de Moebius que oscurecen el sol y los automóviles se mueven sobre ellas a miles de kilómetros por hora sin jamás detenerse.
Excepto algunas noches, cuando la ciudad está distraída, pensando en aquellos tiempos en que sólo era una ciudad. Entonces: grúas y trailers, misteriosos incluso para ella, cierran algunas calles y algunas avenidas. La ciudad no sospecha que esto no tiene fin. No se da cuenta, que ni siquiera ella se pertenece a sí misma. Algo anterior a ella, anterior a los humanos, anterior a las plantas, a las aves y a las lagartijas toma poco a poco el control que parece ostentar. Algo que deja letreros, por aquí, por allá:
En obras.















