I. Can we become we?
Nathaniel quiere tomar el apellido de su prometida.
Los primeros rayos de sol anunciaban el inicio de otra mañana en el hogar que compartía con su prometida. Al principio, Nathaniel no se sentía muy cómodo con tanta luz, el cambio de espacio fue abismal: demasiado espacio, demasiado sol, pero demasiada vida. Quizá porque venía de un lugar menos brillante que ese apartamento, más callado y vacío, pero viendo la manera tan pacífica en la que Blanca se paseaba a sus anchas, pensaba que ella tampoco extrañaba estar ahí y prefería el cálido refugio que Olivia les dio al volver a Amoris.
Dejó su chaqueta en el perchero junto a la entrada y arrastró los pies hacia la cocina abierta para beber un vaso de agua. El apartamento tenía espacio de sobra para lo que dos veinteañeros y sus sueños compartidos necesitaran. Un cuarto de lavado que apenas ocupaba un rincón junto a la cocina. La sala amplia con amplios ventanales que aprovechaban la luz natural al máximo, paredes color crema y el cómodo sillón azul donde se acurrucaban a leer; las plantas esparcidas por todos lados, cuadros —uno regalo de Violeta— y el rascador de Blanca, la gata, que aunque enorme, no estorbaba en lo absoluto. Al fondo del pasillo se encontraban las tres habitaciones; el dormitorio que compartían, su estudio personal y el de Olivia, el último con recubrimientos especiales en las paredes para hacerlo a prueba de ruido.
Sonrió al notar un plato con un panecillo y una taza de café frío, una nota garabateada le recibía con un «Bienvenido a casa, oficial. No olvide su cena antes de venir a mis brazos. Te amo». Hizo caso a las indicaciones y se encaminó a la sala, donde la mesa del comedor estaba invadida por papeles, pinceles y su chica, completamente absorta, dibujando. Llevaba sus gafas puestas y el cabello recogido en un moño mal hecho, su ceño se fruncía al estar concentrada y alcanzaba a ver como la punta de su lengua se asomaba de entre sus labios.
Se acercó sin hacer ruido. Su brazo rodeó la cintura de la pelirroja, su mano se escabulló buscando su piel tibia. Ella apenas se estremeció bajo su contacto, se le erizó el vello.
—Pensé que ya teníamos el borrador final —murmuró, besándole el hombro y luego la mejilla con dulzura.
Sus labios permanecieron ahí por unos segundos, como si buscara fundirse en la textura suave bajo ellos. Sintió su sonrisa.
—Bienvenido a casa. —respondió, dejando la pluma para buscar su boca.
Nathaniel correspondió a su beso, suspirando gustoso cuando sus dedos le acariciaron la nuca. La había extrañado tanto en ese día especialmente aburrido. Odiaba que lo retuvieran en la comisaría por cosas de las que otro podía encargarse, especialmente cuando se sentía tan necesitado de casa como hoy. Su mano acarició su cadera y subió a su cintura, el oxígeno le avisaba que debía separarse, pero él peleó contra la naturaleza por unos momentos más saboreando sus labios.
— ¿Día difícil? —preguntó apenas a unos milímetros de su rostro. Él negó y volvió a besarla con intensidad, ella se separó cuando sintió que buscaba apoyarla contra la mesa—. Amor, oye.
—Nada interesante —dijo él, como quitándole importancia al día—. Un par de chicos peleando, un arresto por narcóticos, y Armin pasó para avisarme de mi despedida de soltero.
Ella rió con lo último.
—Pensé que sería en LoL.
Nathaniel negó con la cabeza, casi divertido.
—Yo también pensé que bromeaba. Ha tenido mucho trabajo con todo esto de los hackers, incluso me estuvo ayudando… pero me dijo que apartara el viernes por la noche.
—Tessa siempre decía que no lo subestimaras en lo laboral —le recordó Olivia.
— ¡No lo hago! —respondió él con una sonrisa que se asomó como el sol entre nubes—. Solo no imaginé que le quedara energía para fiestas después de dormir tan poco.
Olivia soltó una risa bajita, de esas que resaltaban los pequeños hoyuelos en sus mejillas y volvió la vista a su papel, pero su mano ya no trazaba; solo lo miraba, pensativa. Se quitó las gafas y las dejó junto al pincel, luego se frotó los ojos con los nudillos, como si quisiera borrar la fatiga de golpe.
—Tú también estás durmiendo poco —dijo de pronto—. Hoy tienes ojeras.
—Mira quien lo dice. —comentó su rostro entre las manos, Nathaniel se levantó, le dio un beso en la frente—. Ya las últimas deberías solo dejarlas en lápiz y dejarme terminar a mí.
Nathaniel tomó uno de los papeles y lo observó con más detalle. Flores y figuras asimétricas adornaban los bordes. En el centro, con la caligrafía redonda y cuidadosa de Olivia, se leía la invitación a su boda. Había errores mínimos, casi invisibles, pero entendía por qué ella los veía.
Desde que le entregó el anillo, Olivia se lanzó de lleno a los preparativos. Él, fiel a su costumbre, se encargó de la logística: lugar, banquete, el oficiante, proveedores. Por su parte, ella decidió encargarse de todo lo que fuera papelería a mano: las invitaciones, el menú, las tarjetas. Llevaba semanas en ello, peleando contra el sueño, los errores y el tiempo. Las noches se estiraban con el susurro del pincel sobre el papel, Nathaniel la acompañaba. A veces, con sugerencias: “Esto se ve mejor”, “¿Y si le agregas esto?”, “Ese detalle me gustó”. Otras, simplemente tomaba la pluma y repasaba los trazos del lápiz con el azul que, según ella, se parecía a él.
Por suerte —y gracias al enorme esfuerzo de ambos— muchas invitaciones ya habían sido completadas y, posteriormente, enviadas. El menú, con el mejor truco de percepción de Nathaniel, fue fotocopiado y entregado a los del banquete. Dijeron que era hermoso, que Olivia debería dedicarse a eso. Ella se negó, por supuesto, las manualidades no eran lo suyo, según su modestia.
— ¿Sabes? A veces pienso que me estoy complicando de más. Pudimos mandarlas a imprimir, y ya —dijo Olivia—. Nadie se va a dar cuenta de si están a mano o no, la van a guardar hasta ese día y luego la van a tirar.
—No creo, es muy fácil darse cuenta de que las hiciste tú misma.
Ella suspiró pesadamente, sus dedos volvieron a juguetear con su cabello rubio.
—Por cierto, hoy tu madre me regresó la suya.
El asunto con su familia seguía siendo tenso. Cuando anunciaron el compromiso, la familia de Olivia se alegró. Adoraban a Nathaniel desde el instituto, lo recibieron en su casa incluso antes de que fuera su pareja. Incluso después de la pausa de años, los Wilde no dejaron de tratarlo con generosidad. El problema estaba con su propia sangre.
Por supuesto, su padre no estaba contemplado en la lista. Ni él ni Olivia querían verlo. Pero con su madre, Nathaniel intentó hacer un esfuerzo, pequeño, esperanzado. Amber seguía negada, pero Olivia —aunque sabía que la mujer la detestaba— pensó que debía quedarle algo decente por dentro. Algo que no le permitiera negarse a acompañar a su hijo en un momento tan importante, pero se equivocó. La señora Carello apenas la dejó hablar antes de romper la invitación en dos y arrojarla al suelo, frente a Olivia. Escupió su sentencia contra el futuro matrimonio, y Olivia tuvo que contenerse para no abofetearla. Aunque claro, no se fue sin devolverle algo de su veneno. Se fue con la dignidad intacta, pero con las manos temblando.
—Sí —asintió Nathaniel, restándole peso al episodio—. Pero si las hubiéramos mandado imprimir, no tendrían tu letra, ni tus flores torcidas, ni esa manía tuya de corregir lo que ya estaba bien.
— ¿Eso es un cumplido, señor Carello?
—No, señorita Wilde.
Olivia lo miró con fingida sorpresa.
— ¿Ya no soy Carello? ¿Me quitaste tu apellido antes de siquiera dármelo?
Nathaniel negó con la cabeza, luego se inclinó y la besó.
—Nada de eso. Solo que… he estado pensando.
— ¿Sí?
—Que te debo mi libertad en más de un sentido. Me la diste sin pedir nada a cambio y ahora que nos acercamos a un nuevo comienzo… quisiera darle otro significado a esa libertad. Me gustaría tomar tu apellido. —Olivia lo miró sin entender, pero se quedó en silencio para dejarlo continuar. Nathaniel le tomó ambas manos—. Sé que lo que hemos vivido me construyó, me convirtió en lo que soy ahora. Pero no quiero seguir arrastrando las sombras. Me gustaría guardar los momentos amargos en una caja, como los adornos de Navidad, y avanzar sin ellos sobre mi espalda.
El silencio se instaló en la sala, solo se escuchaban las patitas de Blanca y el sonido de su bebedero. Olivia, con un pequeño suspiro, se lanzó a sus brazos y escondió el rostro en el hueco de su cuello. Sintió su respiración, él estaba seguro de que ella percibía su pulso errático. La estrechó con cuidado, disfrutando de su cercanía.
— ¿Estás seguro? —preguntó—. Estarías cortando todo con ellos.
Nathaniel sonrió con suavidad.
—Claro que lo estoy. —él se separó lentamente para verla a los ojos, repasando cada detalle de su rostro como si fuese la primera vez—. Olivia, contigo me siento inmenso, especial, amado. Ya no repaso el pasado ni me como la cabeza pensando en qué la cagué o si realmente merezco estar contigo, solo quiero llegar a casa y escucharte cantar en calzones, besarte, que nos abracemos en el sillón y me cuentes de todo lo que hiciste en el día. Quiero seguir haciendo el súper juntos, decorar la casa para cada estación y bailar en la sala… solo quiero que lo quieras todo conmigo y sepas que lo quiero todo contigo, desde tu nombre hasta los huesos.
Ella lo miró por un segundo largo, buscando algo que solo ella podía ver. Quizás la misma vulnerabilidad que él había encontrado en ella sin querer o tal vez la única certeza que ya le había entregado desde el instituto. Olivia asintió y, por fin, una sonrisa se dibujó en sus labios.
—Ay, mi vida… como si no supieras que ya te asignaste sentencia desde que te atreviste a besarme en la biblioteca.
Sin dejar de sonreír, tomó su rostro entre sus manos, y con suavidad, pero de manera decidida, lo besó. Un beso que comenzó suave, pero que rápidamente se fue intensificando, como si las palabras sobraran y lo único que quedara fuera de lugar fuera la distancia que quedaba entre sus cuerpos. Nathaniel se dejó llevar por el beso, cerrando los ojos y riendo un poco en medio de él.
— ¿No que estábamos muy concentrados con el menú? —respondió, arqueando una ceja, con tono juguetón.
—Pues sí, justo voy a pasar al postre. —respondió mientras sus dedos jugueteaban con el borde de su camisa.
Y, con esa sonrisa de quien se sabe ganador, la levantó de un solo movimiento. Olivia soltó un grito de sorpresa, que rápidamente se convirtió en una carcajada cuando notó que los encaminaba al dormitorio.
Los dos cayeron en el colchón de manera desordenada, la luz que se filtraba por las cortinas se transformó en algo difuso, borroso, como si todo se desdibujara y solo quedaran ellos, sin tiempo, sin reglas. Los dedos de Olivia recorrieron su pecho como si estuviera descubriéndolo de nuevo cuando se deshizo de su camisa, demasiado ansioso y acalorado para seguir con uniforme. El aire parecía volverse espeso, denso, a medida que la atmósfera en la habitación se cargaba de algo más intenso entre suspiros y respiraciones pesadas.
Su mano bajó lentamente por su abdomen, dejando un rastro de calor en su piel y ella cerró los ojos cuando la acariciaron por encima de la ropa interior, sintiendo cómo la tensión se acumulaba. Nathaniel se acercó a su cuello y besó su piel, un gesto lento, sensual, como si cada parte de ella fuera un territorio nuevo que quería explorar. El beso que siguió fue feroz y necesitado, dejaron que sus lenguas se encontraran con la urgencia de quienes ya no pueden esperar y lo confirmaron las manos ansiosas del rubio al deshacerse de la camiseta que cubría a su chica.
La pelirroja se quejó cuando se alejó, pero antes de que pudiera decir o hacer algo, lo sintió de nuevo sobre ella, solo se había acomodado mejor sobre su cuerpo. Un camino de besos se abrió camino desde su cuello hasta su vientre, deteniéndose cuando estuvo tan cerca de su entrepierna que sintió un escalofrío.
—Nath…
—Tu fuiste la que dijo que debíamos pasar al postre. —murmuró rozando su nariz cerca de su ingle, mientras sus manos se encargaban de bajar la única prenda que le quedaba.
Esa simple caricia casi la hizo desfallecer ahí mismo. El rubio la miraba con pupilas dilatadas y una expresión a la que, pensó, jamás podría terminar de acostumbrarse. No pudo contener un gemido cuando la boca de su prometido comenzó a degustarla como si fuese un auténtico manjar. Claro que sabía lo que hacía cuando desliza su lengua por sus pliegues, para después dirigirse hacia su centro, repitiendo un par de veces la acción antes de acompañar sus movimientos con sus labios. Ella apretó las piernas contra su cabeza y se arqueó cuando sus atenciones se centraron en su clítoris, aprieta su cabello con una mano mientras la otra masajea uno de sus senos, Nathaniel pareció más motivado con sus reacciones. Los gemidos y jadeos salieron de su boca para el placer del rubio, sus grandes manos le acariciaban gentilmente los muslos, apretándolos mientras su habilidosa lengua hace maravillas en su zona más sensible. Pero Olivia no permitía que él se llevara toda la diversión, lo obligó a retirarse para terminar de desnudarlo.
—No me hagas traer las esposas. —advirtió ella cuando Nathaniel se tumbó en el colchón.
—Suena a que me estás premiando. —bromeó.
Olivia se acomodó sobre el cuerpo de Nathaniel, dándole la espalda. Él se dejó hacer, sus manos se deslizaban suavemente por sus muslos y su cintura, la pelirroja apoyó una mano sobre el abdomen de su prometido, sintiendo el vaivén de su respiración. Siempre había tenido buena figura, y aunque en sus días de instituto se ocultaba bajo camisas bien planchadas y pantalones impecables, ella conocía la verdad que escondía cada fibra de ropa: los años practicando boxeo habían dejado una base sólida, sí, pero fue el entrenamiento policial lo que le dio un matiz distinto, una nueva forma a sus músculos, un tono más denso, más definido. Nathaniel había ensanchado sus hombros, su pecho, sus brazos… y ya no lucía tan delgado como en sus veintitantos. Había ganado cuerpo y a ella le encantaba ese equilibrio perfecto entre fuerza y sensibilidad. Atlético, pero sin llegar al exceso. Un cuerpo que ahora le pertenecía por completo.
El rubio, sintiendo el peso suave de Olivia sobre él, deslizó una de sus manos por su espalda, siguiendo la línea de su columna con las yemas de los dedos, hasta detenerse en la curva de su trasero. Cada gesto, cada movimiento suyo, tenía la gracia exacta para volverlo loco.
—¿Muy contento con la vista? —murmuró ella al tiempo que se deshacía de sus boxers.
—Es un delito tenerte así encima y no decir nada.
La respuesta de la pelirroja no llegó, en cambio, rodeó con la lengua la punta de su erección para después bajar hasta la base. Una maldición ronca escapó de la boca del rubio por el movimiento de sus gruesos labios, también utilizaba sus manos, masajeando su duro miembro. Olivia se mantenía enfocada en su tarea, sintiendo los empujes de Nathaniel contra su boca, como si quisiera cobijarse en lo más hondo de su boca hasta llegar a su garganta. Ella solamente se detuvo cuando supo que él estaba cerca, aún era muy pronto para que la diversión terminara.
Se giró para mirarlo, tenía las mejillas encendidas y respiraba con dificultad. Luego, moviéndose con lentitud, estiró el brazo hacia atrás y enredó sus dedos en el cabello de Nathaniel, jalando apenas, lo suficiente para hacerle soltar un suspiro. Él le apretó los muslos.
—Me gusta cuando tomas el control —dijo él, con un susurro entrecortado.
Olivia bajó la cabeza hacia su cuello y le dejó un beso largo, húmedo, mientras se mecía suavemente sobre él. Los labios de Nathaniel encontraron su hombro desnudo, y lo besaron con devoción, como si ese lugar fuera sagrado. Ella gimió cuando el recorrido descendió por sus clavículas hasta sus pechos, encontrando sus pezones endurecidos de la excitación. Nathaniel sentía una fascinación por ellos que no se molestaba en ocultar; chupaba, besaba y mordía a su antojo mientras los dulces sonidos de su futura esposa le endulzaban los oídos. Sus manos masajeaban su trasero, sus gruesos dedos se hunden en la débil carne, dejando marcas en ella, buscando tomar más porque nada le es diciembre cuando se trata de Olivia. Y es que, cuando la mira, no puede evitar pensar que su rostro enrojecido es lo más bello que ha visto jamás, como si todas las cosas preciosas y costosas que su padre le daba a Amber y su madre no tuvieran valor alguno en comparación a ella.
Ese bello rostro con labios hinchados de tanto besarse y pupilas dilatadas era simplemente hermoso, el desastre más maravilloso que hubiese presenciado jamás y solo lo hace querer más de ella. Era arte. Era casa. Era cuerpo y alma entrelazándose con la suya. Era su todo.
Nathaniel se tomó su tiempo en preparar a su chica, expandió su interior con sus dedos mientras su labios se encargaban de complacer cada páramo de piel que tuvo a su alcance hasta que ella le indicó—o más bien, le suplicó entre jadeos— que era suficiente y estaba lista. Él la recorrió con la mirada mientras se deslizaba entre sus piernas, el calor y la fricción les robó un gemido bajo, compartido.
—Siempre te olvidas de lo hermoso que eres. —murmuró Olivia contra su oído—. Me gustaría que pudieras verte como yo te veo aquí y ahora.
—No digas eso. —susurró él, con voz ronca—. No ahora. No cuando tengo la vista más perfecta frente a mí.
Olivia comenzó a balancearse sobre él, sus movimientos más suaves, casi melódicos, como si estuviera bailando sobre su cuerpo. Nathaniel deslizaba sus dedos por su espalda, dibujando líneas invisibles, deteniéndose en las curvas que más adoraba. Él apoyó las manos en sus caderas, ayudándola a moverse con ritmo, sin forzarla. Ella echó la cabeza hacia atrás, sosteniéndose de sus hombros mientras lo montaba al ritmo que sus caderas le marcaban.
Continuaron en su vaivén por varios minutos, las caderas de Olivia se movían de una forma que lo volvía loco, marcando el ritmo con más intención de hacerlos llegar al cielo. La sentía estremecerse, escuchaba su nombre como un susurro que salía entre dientes. Y cuando ella empezó a temblar levemente, cuando el ritmo se volvió menos preciso, más instintivo, supo que estaban muy cerca. Nathaniel dejó que su esencia se vaciara en ella con un gruñido y un par de segundos después, sintió sus paredes tensarse y estrecharse deliciosamente a su alrededor.
Se dejaron caer juntos entre las sábanas, envueltos en calor, piel contra piel, sin decir nada durante unos segundos que se sintieron eternos. Nathaniel yacía boca arriba, el pecho subiendo y bajando lentamente, con esa expresión entre feliz y satisfecho que Olivia adoraba. Ella no se había apartado del todo. Seguía montada sobre él, disfrutando de su unión un poco más. Él acarició su espalda con los nudillos, en un gesto simple pero lleno de cariño.
Verla de esa forma lo enternecia, Nathaniel pensó en acariciarla y quedarse entre las sábanas para besarla hasta que amaneciera de nuevo, pero justo cuando Olivia alzaba la mirada hacia él… su estómago rugió con fuerza.
—Eso fue tuyo… ¿o un oso entró a la habitación?
Nathaniel se echó a reír contra su cuello.
—El hambriento soy yo, el oso fue quien me rasguñó la espalda
—Mira qué chistoso andas, a la próxima a ver si te da postre un payaso. —se quejó la pelirroja con tono sarcástico.
—Ni idea, pero si mi estómago pudiera votar, elegiría desayuno en este instante.
—Mmm, eso suena bien… pero no pienso moverme. Me siento como si hubiera hecho ejercicio toda la noche.
—Pero sí lo hiciste...
Ella lo fulminó con una sonrisa ladeada y un bostezo de fondo.
—¿Tú sabes lo sexy que es un hombre que cocina? —dijo con tono juguetón, dándole un golpecito con el pie—. Si vas a la cocina, hazlo sin ropa. Aumentas mis posibilidades de levantarme.
—Te haré unos hotcakes —le dijo Nathaniel, levantándose de la cama sin más que una sonrisa y una sábana enredada a la cintura—. Con forma de corazón, si te portas bien.
—¿Y si me porto mal?
—Con alguna forma tuya, aunque probablemente terminaría comiéndomelos en el pasillo.
—Eres terrible comediante. —rió, tirándole una almohada que él esquivó con destreza.
La escena tenía algo de una de esas comedias románticas que se veían los domingos: el chico atractivo y medio despeinado saliendo de la habitación con la sábana arrastrando, mientras ella se revolvía en la cama, oliendo aún a piel cálida, a sudor y a amor recién horneado. La intimidad entre ellos no estaba solo en los cuerpos: estaba en las bromas, en las miradas cómplices, en ese “después” que se sentía más que como una costumbre, como una cotidianidad a la que estaba más que acostumbrado.
Desde la cocina comenzaron a escucharse ruidos: la cafetera, el batir de algo líquido, un mal intento por silenciar una sartén que chilló con el primer contacto del aceite. Olivia se levantó poco después con la cara lavada y el cabello suelto hecho un desastre, usaba la camisa de Nathaniel como pijama improvisada. Le llegaba a medio muslo y aún conservaba su aroma.
Lo encontró intentando voltear un hotcake con la espátula del revés.
—No quiero interrumpir tu proceso creativo, pero eso que estás usando es una palita para cortar pizza y me vas a rayar mi sartén.
—No lo parece cuando le das vuelta rápido —replicó él, haciéndola girar como si estuviera en un programa de cocina—. ¿Ves? Técnica ancestral anti rayaduras.
—¿Y esto lo aprendiste en la academia también?
—No, esto lo aprendí solo.
Olivia se acercó por detrás y lo abrazó, recostando la frente contra su espalda desnuda, le dio un par de besitos a las marcas de sus uñas sobre su piel cálida.
—Bueno, si encuentro un nuevo sartén pronto voy a fingir sorpresa.
—Dudas mucho de mi talento, cariño.
Se quedaron así, abrazados junto a la estufa, oliendo a café y a mezcla de desayuno. Era un caos doméstico adorable que hacía revolotear el corazón del rubio: la harina sobre la encimera, la espátula equivocada, las tazas desiguales, el pan quemado que ninguno mencionó. Pero todo era perfecto en su imperfección y cuando se sentaron a la mesa con sus hotcakes deformes y el café a medio colar, Olivia lo miró sonriendo, con la luz suave de la mañana entrando por la ventana.
—Deberíamos repetir este proceso por cada invitación. — dijo Nathaniel guiñándole un ojo.
—Podemos ponernos más creativos.
—Si estás insinuando que tomemos las esposas...—Olivia agarró un trozo de hotcake con los dedos y se lo metió en la boca para interrumpir su oración.
Ambos estallaron en risa y ahí, entre migajas, piernas entrelazadas bajo la mesa y miradas que hablaban más que las palabras, Nathaniel pensó que quizá el cambio de apellido era lo menos si es que la vida sería así de bonita todos los días.













