I’ve been reading The cadence of part time poets from @motswolo lately and i think it’s my favorite fic so far!!
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Armin in Nightwing Cosplay
Ce perso lui va tellement bien he's so amazing 😍💙
text they send you after you break up
ft. castiel, armin, kentin
Kentin Redesign – na minha cabeça, ele continua a usar óculos e parece ter saído daquelas séries de adolescentes onde é o típico rapaz desportivo
Armin Redesign - na minha cabeça ele não dorme, é emo e usa camisolas com algum meme parvo estampado☝️ 🥸
La primera vez con Lysandro 🦷
★ TW %!?
— contenido +18/nsfw, descripción y mención de prácticas sexuales consensuadas.
Lysandro siempre demostró ser alguien que valora mucho la intimidad, desde la forma en que sostenía su mentón al besarla hasta la forma en la que acariciaba sus nudillos cuando la escucha hablar y sus manos se entrelazaban al caminar.
Todo detalle que naciera de su relación con Lyn era atesorado profundamente por él en su corazón.
Y claro estaba que su primera vez no sería la excepción.
Aquel día Lyn habia llegado temprano a su casa con un vestido blanco de botones y mangas acampanadas. Sus padres habían enviado una cesta llena de sus mejores granadas junto a una amorosa nota, ella se había encomendado a la tarea de desgranar una para disfrutarla juntos.
Lysandro desnudaba a la castaña con la mirada mientras descansaba en la sala de estar, junto a la ventana.
Ella trataba de hacerlo con cuidado para no hacer un desastre sobre la barra, pero la fruta estaba tan jugosa que era difícil no mancharse los dedos y más si sentía los ojos de su novio en ella.
A Lyn no le sorprendía la intensidad en su mirada, pero esta vez era distinto. Al inicio pensó que examinaba su manera de desgranar la granada. Él era cuidadoso y meticuloso al hacerlo, además de rápido, todo lo contrario a ella. Descartó rápido la idea al percatarse de que su mirada no se limitaba a sus manos, entonces quizá se había manchado el vestido con el jugo. Pero nuevamente se encontró sin rastro de suciedad en ella, ni siquiera a su alrededor. Le intrigaba que Lysandro estuviera tan inmerso en ella cuando no era la primera vez que la veía cocinando ni en su casa.
— ¿Pasa algo? Parece que estás en las nubes hoy.
Tomó el plato con una mano y lo llevó hacia la sala, donde Lysandro permanecía sentado.
— Solo disfrutaba de la vista. —respondió él.
Lyn le sonrío. Dejó el plato en la mesa, dispuesta a dar media vuelta para limpiarse, pero él la tomó por el brazo y tiró de ella hacia su regazo.
La castaña contuvo una expresión e intentó apartar la mano sucia lo más que pudo, no quería ensuciar su camisa blanca, pero él no se lo permitió. En cambio, tomó su muñeca para darle un beso y limpiar el camino de jugo rojo que corría en su antebrazo con los labios y lengua. Cuando el recorrido llegó a la muñeca, sintió el pulso acelerado bajo su boca y sonrió sin apartarse. El rostro de Lyn se había teñido de un carmesí tan intenso como el de la granada.
— ¿Sabías que en la poesía se utiliza mucho la granada como metáfora del amor? —preguntó besando su palma, un gesto muy propio de él.
— Supongo que por Hades y Perséfone. —respondió.
Lysandro negó con la cabeza, ahora sus labios acariciaban las yemas de sus dedos.
— Es por su anatomía. —un suspiro escapó de ella cuando chupó su índice con suavidad—. Para comerla se requiere de paciencia y constancia, debes desgranarla con cuidado y tratar los granos con delicadeza. De lo contrario, podrías destruirlos y hacer un desastre con su jugo.
El peliblanco siguió con su tarea, lamiendo cada uno de sus dedos con delicadeza. Su corazón empezó a latir deprisa, de repente tenía calor, mucho calor. De repente, se sentía abochornado, como cuando tomaba vino y de repente todo a su alrededor se suavizaba.
¿Cómo un acto tan simple resultaba tan poético y erótico al mismo tiempo?
Lysandro no lo sabía, pero ver como las mejillas de su novia se pintaban y sentir su pulso bajo los labios era suficiente para embriagarlo. La urgencia lo sedujo, nació una necesidad impetuosa en besar y tomar más de ella, devorarla como lo haría con el fruto prohibido. Masticar su carne, hacerle el amor, consumir hasta su último aliento.
Sus besos se deslizaron por su brazo y su hombro hasta que llegaron a su cuello. La piel de Lyn era suave, olía a rosas y algo más. Lysandro enterró la nariz ahí, en el cómodo hueco de su cuello, e inhaló antes de presionar otro beso húmedo. A la castaña se le escapó un gemido suave, su ritmo cardiaco se había disparado bajo su boca y cuando él sintió sus manos acariciar su cabello plateado supo que no era el único que quería y necesitaba saciar su hambre pronto.
— Mi amor debe ser un desastre, entonces. —suspiró ella.
Sus caderas se movieron instintivamente sobre él mientras continuaba con su camino húmedo, ahora dirigiéndose al valle de sus pechos. La fricción les robó el aliento y les erizó la piel con esa respuesta silenciosa.
— Es perfecto y delicado, como tú... y yo tengo la paciencia para devorarlo, si es que me lo permites.
Su afirmativa llegó en forma de un beso hambriento. El sol que se colaba por las cortinas no compitió con la intensidad de los labios de Lyn sobre los suyos, quedaba como un tonto a comparación. Lyn era su sol, la estrella de su universo, su calidez, su patria y embriagadez.
Sus manos acariciaron su pecho como tantas veces había hecho mientras su lengua exploraba la boca conocida, peleaban por la dominancia en territorio ajeno. Torpemente batalló con los primeros botones de su camiseta hasta que logró desabrocharlos y pudo tener su pecho a su disposición. Suave, lechoso y liso. Ella deseó mancharlo con sus besos, arruinar esa perfección con sus uñas, un arte suyo en todo sentido. Una marca de permanencia eterna.
Se separaron cuando el aire faltó, pero no frenaron.
Lysandro bajó su vestido y tomó uno de sus en su boca, los rosados pezones ya se encontraban endurecidos por la excitación. Mordió, besó y lamió, mientras su diestra se encargaba del otro, negado dejar algo de ese páramo inexplorado sin atención. Se sirvió de ambos como quien se entrega a la gula sin miedo al pecado porque está más cerca del paraíso que cualquiera.
Lyn se deshacía en gemidos y se balanceaba con urgencia sobre él, reclamando más contacto, piel contra piel porque la ropa ya estaba de más en ese festín. Sentía la dureza bajo ella, lo necesitado que él estaba y aunque existía ese tinte de nervios por la inexperiencia, los jadeos y el cómo su cuerpo reaccionaba a su toque era suficiente para decirle que estaba haciendo bien las cosas. Tan embriagada estaba en el tacto gentil de su novio que ni siquiera se dio cuenta de cómo terminaron sin ropa bajo el sol flojo de la tarde. El cuerpo de Lysandro se presionaba contra el suyo, se sentía pequeña bajo él. Sus dedos se perdían en la humedad de su intimidad mientras sus labios devoraban los suyos, hinchados y enrojecidos, sin piedad alguna. Se siente como un cristal a punto de estallar bajo su toque. Aún estando hambriento era delicado y gentil con ella. Lyn se deleitó con su lienzo pálido y lo recorrió con libertad, sintiendo a su novio temblar y gemir cuando sus uñas acariciaron sus omóplatos, justo sobre su precioso tatuaje. Su acción se repitió varias veces cuando lo sintió ingresar en ella.
Lysandro se perdió en los ojos verdes de su ángel en tierra, dilatados y brillantes, amorosos e ingenuos pese a estar lejos de ello ahora. Y fue cuidadoso al tomarla.
Le llenó el cuerpo de besos y la acarició de tal forma que Lyn sintió que genuinamente la veía como una granada al cuidar de cada roce y acción antes de probarla y llenarse de ella. Tanteando el terreno que allanaba antes de sembrarse en el. Se movió despacio y tranquilo al inicio, luego encontró su frecuencia, siempre cuidando de su placer hasta alcanzar el máximo punto de excitación entre los dos.
Lyn jamás se sintió tan fascinada por él hasta ese día en que decidió servirse y regocijarse en aquello que habían cosechado, cuando sintió que Lysandro literalmente la devoraba igual que al fruto.
Y que dulce fue le supo la granada esa tarde de verano.
I. Coming out? Not for me
summary: dónde Alexy decide salir del closet con Armin (o lo intenta)
Cuando el despertador sonó ese viernes, Alexy sintió que se preparaba para el fin del mundo.
Abrió los ojos sin mover ni un músculo, y durante varios segundos, se quedó mirando el techo, tratando de recordar por qué despertarse le pesaba tanto últimamente.
A su lado dormía Armin, su hermano gemelo, estaban compartiendo habitación mientras reparaban el techo de la suya e instalaban sus nuevas luces. La alarma no pareció perturbarlo en lo más mínimo; apenas frunció el ceño antes de girarse y abrazar el viejo oso de peluche que lo acompañaba desde hacía años. El oso había sido un regalo de la abuela Michelle. Armin lo recibió el día que debutó en el teatro escolar con Little Shop of Horrors, una comedia absurda sobre un empleado de floristería a punto de ser despedido, salvado por una planta carnívora que trae más clientes a la tienda y en secreto, se alimenta de sangre humana.
Su hermano realmente no estaba interesado en unirse al club de teatro. Él estaba más contento cantando y repitiendo diálogos en la libertad de su casa, sin la competencia por el foco. Pero cuando se anunció una producción que no era de Shakespeare, fue el primero en levantar la mano… Claro, también quería ver la famosa planta de utilería robótica de la que todos hablaban.
Para sorpresa de nadie —incluyéndose a él mismo— obtuvo el papel. Ante la falta de candidatos “decentes”, el profesor L’Aire aceptó un trato: si lograba un sold out y una buena función, se llevaría la planta a casa. Después de dos buenas semanas, la familia Keenan tuvo que acostumbrarse a que, por las noches, una planta falsa se moviera sola y emitiera ruidos extraños en el pasillo o tirara humo.
El oso, que alguna vez fue de un suave color lavanda, ahora estaba deslavado, remendado en varias partes y flácido por la pérdida de relleno, uno de los ojos era un botón de camisa mal cosido que no combinaba con el otro ni en color ni en tamaño. Ese peluche ya no tenía forma, pero vivía en la cama de su gemelo. Él se negaba a tirarlo, de hecho, podía percibir cómo su corazón se aceleraba y las manos le sudaban cada vez que su madre lo tomaba para lavarlo. Ella solía hacerlo mientras ellos estaban en la escuela, pero no siempre alcanzaba el tiempo, y entonces Alexy debía acompañar a su hermano en la tortura de ver girar su posesión más preciada girar dentro de la secadora.
En la escuela, nadie sabía del peluche. Era el secreto más grande de Armin, uno de los muchos que compartían entre ellos dos y nadie más. No porque su hermano fuese alguien que necesitaba cuidar de su reputación, al contrario. Aunque era considerado un niño físicamente lindo, su personalidad friki ya lo tenía etiquetado como un chico más raro que encantador, y para la mente colectiva, eso era suficiente para opacar lo demás. Pero él muchas veces había dejado en claro que no necesitaba ser entendido, le bastaba con tener su espacio y a Alex, o al menos eso decía cada vez que le preguntaba si no se aburría de sentarse con él en el recreo. Él solo le sonreía y soltaba alguna tontería con voz de Yoda, o repetía alguna frase, pero siempre era honesto.
Entonces, Alex pensó que no había nada, absolutamente nada, que no compartiera con Armin.
Desde aquella bóveda llamada útero hasta la sangre que los mantuvo latiendo al unísono durante nueve meses. Tenían los mismos ojos, el mismo cabello oscuro, la misma nariz ligeramente respingada, los mismos labios y la misma piel pálida. Sí, Armin tenía más lunares en el rostro y se dejaba crecer el cabello como un personaje cuyo nombre Alexy siempre olvidaba, pero si lo miraba fijamente, era como mirarse al espejo.
El hueco en su estómago se hizo más notorio y el nudo en la garganta volvió a dificultar tragar. Eran iguales, sí, pero también distintos. A diferencia de Armin, Alexy sí le había ocultado cosas, muy importantes, de hecho. Y eso lo hacía sentirse más ajeno de lo que ya se había sentido en las últimas semanas porque entonces sí había algo más que separaba sus caminos, algo más allá de que Armin fuera un friki con talento y ansiedad.
Durante los ensayos de la última obra, Alexy se encontró mirándolo demasiado. A él. Timothée. Un chico de un grado mayor que iba a protagonizar West Side Story en ese año, era el último antes de graduarse y el club quería concederle ese honor. Armin se apuntó en iluminación como una forma “sutil” de huir del escenario. Le gustaban las canciones, pero no lo suficiente como para audicionar y menos si el papel implicaba besar a la molesta Renée. Alexy, en cambio, se integró al equipo de vestuario y escenografía, su parte favorita. Le encantaba tener las manos metidas en cada rincón del proceso creativo. Según él, nadie tenía ese ojo que le permitía imaginar cómo debía verse una historia.
Lo de Timothee fue algo leve al principio, solo distracción y cosquilleo gracioso cuando lo miraba llegar con su sonrisa torcida y el pelo revuelto, pero el cosquilleo creció con la velocidad alarmante de una fiebre hasta convertirse en una cosa visceral, incómoda, hirviente. Timothée tenía esa forma de caminar como si no pisara el suelo. Era delgado, con ojos verdes y una chaqueta de mezclilla que usaba todos los días. La primera vez que lo vio, pensó que le gustaba su estilo. La segunda vez, pensó que quería imitarlo. La tercera, ya no podía pensar.
Ese día, él llegó tarde para que le tomaran las medidas. Alexy se había quedado solo en el aula con la cinta métrica colgando de su cuello y un cuaderno de notas en las manos. No supo si fue por la luz del sol o porque el tono de su chaqueta combinaba perfecto con sus ojos, pero internamente, sintió que se estaba desarmando. Como si su cuerpo se volviera de vidrio y alguien le hubiese dado un golpecito justo en la base del esternón para hacerlo estallar en pedazos.
Le temblaban las manos mientras lo medía. El cuello, los hombros, la cintura. El roce de la cinta en su piel le pareció obsceno. El silencio entre ambos era denso, como si el aire se hubiera solidificado. Y aunque Timothée no pareció notarlo, Alexy sintió que estaba gritando por dentro. Como si su mente, su corazón, su cuerpo entero dijeran «mírame, notame, ¿qué es esto que me pasa?».
No era la primera vez que se sentía así. Ya antes había tenido pequeñas corazonadas, miradas que duraban más de lo necesario, sueños extraños que despertaban en él un vértigo sin nombre. Su mente era buena para eso: para fingir, para redirigir, para inventar motivos. Pero esta vez no. Esta vez no cooperaba y lo odiaba. La ansiedad se le colaba por los dedos, por la lengua, por las axilas. Todo su cuerpo rebosaba de desesperación por no comprender por qué de repente un idiota celoso de Armin le provocaba tanto.
En su casa, se hablaba libremente de sentimientos, de sexualidad, cambios. Sus padres no eran tradicionales, eran geniales. Su madre solía decir que el mundo ya tenía suficientes idiotas que pensaban con el pene como para criar dos más. Pero incluso en un hogar donde genuinamente se sentía seguro, Alexy no se atrevía a preguntar exactamente con quién se suponía que uno debía sentir ciertas cosas.
Armin, por ejemplo, les decía en la cena del día anterior que le gustaba Cosette, una pelirroja robusta con la que hablaba a veces sobre la última película de Batman. Su padre le había hecho una broma sobre declararse, pero Armin se había negado con un fuerte sonrojo. Y aunque Alex se rió bastante en la conversación, al final, lo dejó pensando más de lo que habría querido y una vez que comenzó a pensar, no supo cómo detenerse.
Así fue como terminó con dolor de cabeza durante días. Con las tripas enredadas en un nudo apretado que le pesaba como una bola de hierro. No por algo que hubiera comido, no por una enfermedad. Era otra cosa, algo menos visible, más denso. Había noches en las que despertaba sin saber por qué, con el cuerpo sudado y el corazón al galope. Se quedaba mirando el techo, escuchando a Armin respirar a su lado, preguntándose si acaso su hermano podía sentir su ansiedad y si batallaba con ella pensando que era la suya.
¿Armin sentiría su envidia porque, a diferencia de Alex, desde siempre sabía quién era y qué quería? ¿Qué le gustaba?
Alexy, en cambio, no podía con la idea de no saber. Se le colaba en la espalda, en los hombros, en el cuello, lo mantenía tenso, alerta, como si en cualquier momento fuera a sonar una alarma que solo él podía oír. Pensaba mucho. Demasiado. Imaginaba conversaciones que nunca sucederían, escenarios donde confesaba lo que sentía y la gente cambiaba de expresión, se alejaba, lo miraba distinto. En su mente, todo terminaba mal. Un teatro mental de catástrofes emocionales.
Durante el día fingía que no le importaba cuando Timothée lo saludaba. Fingía que no le temblaban las manos cuando lo tenía cerca, cuando sus dedos se rozaban por accidente al pasarle el libreto o al ajustarle la chaqueta. Fingía que podía respirar con normalidad cuando cantaba One hand, One heart bajo una luz de luna artificial.
Pero no era solo Timothée. Era lo que él representaba ahora, la única maldita diferencia que se instaló en lo que siempre pareció igual y que debía ser. El nombre que Alexy todavía no se atrevía a darle a lo que sentía. El silencio incómodo en medio de una familia que decía ser abierta pero que jamás había nombrado eso. No con todas sus letras. No con la crudeza que necesitaba.
Lo que sentía era una jaula sin barrotes, una sospecha que crecía como moho en las esquinas de la conciencia. Una palabra que flotaba, sin forma, pero con filo. Una palabra que ni siquiera se atrevía a pensar por completo. Porque si la pensaba, si la pronunciaba en la intimidad de su cabeza, entonces tendría que admitir que sí, que algo en él era distinto, que lo que le pasaba con Timothée no era una fase, ni una emoción cualquiera, ni una exageración adolescente.
Era real.
Y eso lo asustaba. Más que cualquier otra cosa.
No porque estuviera mal y no porque lo creyera incorrecto sino porque no sabía qué significaba para él. Para su vida. Para Armin.
¿Cómo se lo iba a contar? ¿Cómo decirle a alguien que es tu otra mitad, que te mira y te entiende sin que tengas que explicar nada, que hay algo que no puede compartir con él? ¿Cómo enfrentar la idea de que esa diferencia, por mínima que fuera, podría separarles?
A veces, al mirarlo dormir, deseaba poder volverse él. Sentir esa ligereza y la certeza con la que él vivía tan tranquilo. Quería arrancarse la piel, cambiarse por la suya, dejar de ser este Alexy nervioso, contradictorio, confuso, que se le deshacía en las manos cada vez que intentaba definirse.
La ansiedad se le alojaba en el estómago como un animal dormido y cuando despertaba, lo hacía con garras. Se le subía al pecho, le comía el apetito, le arruinaba los recreos, le robaba el sueño. Le hablaba bajito, con la voz de todas las dudas que nunca había pronunciado en voz alta. ¿Y si no te entienden? ¿Y si te rechazan? ¿Y si no es lo que crees que es? ¿Y si sí lo es, y entonces qué?
Y entonces qué…
Eso era lo que más lo asustaba. Lo que venía después del reconocimiento, después de saber y del probable silencio.
Incapaz de seguir en la cama, Alexy se levantó y encendió la luz. Armin se estiró como un gato, soltando un gruñido mientras se desperezaba entre las sábanas revueltas, su oso cayó al suelo con un leve golpe seco, pero no pareció importarle. Se frotó los ojos con los nudillos, bostezó largo, y miró a su hermano con los ojos entrecerrados, había reproche.
— ¿Por qué tan temprano? —preguntó Armin, su voz unas octavas más grave por el sueño.
— La alarma ya sonó, bobo, y hoy tenemos que llegar antes para el ensayo final. —respondió recogiendo su oso del suelo.
—¿Ya es viernes?
Alexy asintió
—Sí… Viernes. —la voz le salió con trabajo.
Armin se incorporó con torpeza, se rascó la cabeza y fue directo al clóset, donde comenzó a rebuscar por una camiseta prestada. Tenía el cabello revuelto como un nido de cuervos.
—Hoy se supone que veremos el supuesto beso, ¿no? El señor L’Aire dijo que quería probar la iluminación romántica, pero no sé cómo el cálido o frío le podría ayudar a Timothee y su cara de...
Alexy lo escuchaba, pero no respondía. No era que no quisiera contestar, pero la punzada dolorosa le atacó por la mención de la escena y le hizo difícil pensar en una respuesta en la que su voz no sonara como un gato estrangulado, ¿por qué tenía que mencionar esa en específico?
— ¡Pido el baño primero!
Salió de su pequeño trance con esa declaración y corrió detrás del pelinegro antes de que se le ocurriera encerrarse.
— ¡Armin, no! —se quejó al chocar contra la puerta y golpearla un par de veces—. ¡Me tocaba primero hoy!
— Sí, pero tú estás flotando y me levantaste feo.
— No seas ridículo.
Escuchó la regadera abrirse y solo le dio un último golpe a la puerta—no tan fuerte porque a su madre le enfadaba y enloquecía— antes de volver a su habitación para arreglar sus cosas. Ni siquiera tenía ganas de ir a la escuela y tenía ganas de llorar porque ahora no sabía cómo comportarse.
La puerta de la habitación se abrió unos minutos después, Armin llegó envuelto en su toalla azul, con gotas resbalándole por el cuello. Tarareaba una canción de la obra y caminaba descalzo, dejando huellas húmedas sobre el piso de madera, y cuando lo vio, le sacó la lengua para recalcar quien se había salido con la suya.
Por un segundo, quiso decirle todo. Abrir la boca y soltar el enjambre. Que Armin se sentara a su lado como cuando eran niños y uno lloraba por pesadillas, y el otro lo abrazaba sin preguntar. Decirle que no sabía qué le pasaba, pero que no podía seguir ocultando algo que cada vez le resultaba evidente. Que tenía miedo de que no lo viera igual, que ahora él fuera el bicho esto en su propia casa y ahora sí se quedará solo.
Pero no dijo nada.
Solo fingió devolverle la mirada con molestia y fue a ducharse.
Cuando salieron de casa el cielo estaba nublado. Su padre les dejó frente a la entrada y solo tuvieron que echar carrera hasta el interior.
Alexy caminaba junto a su hermano, pero el cuerpo le pesaba como si lo arrastrara por dentro. Llevaba la mochila colgada de un solo hombro, sus manos estaban ocupadas con una caja. Armin hablaba de algo técnico con Bastien, otro de sus compañeros de club, pero no estaba haciéndoles mucho caso porque estaba más concentrado en prepararse mentalmente para la jornada.
Cuando llegaron Timothée estaba sentado en las escaleras de la escenografía, apoyado contra la baranda, con el libreto bajo el brazo. Llevaba la chaqueta color mostaza que utilizaba en la escena, y el cabello húmedo le caía sobre la frente de forma tan accidental que parecía estudiada. Estaba hablando con un grupo de amigos, riendo con esa media sonrisa que a Alexy le hacía sentir la tonta de María al encontrarse a Tony en el balcón.
—…y luego me dijo que podíamos probar con luces azules en vez de rojas, pero yo creo que le falta drama. O sea, si se están matando, ¿no debería parecer que se están matando? ¿tú qué piensas Alex?
Alexy asintió otra vez, con la mirada clavada en Timothée, que ahora se giraba ligeramente hacia ellos, sin verlos aún. Le sudaban las palmas. Tragó saliva. Quiso meterse la mano al pecho y calmar esa cosa que le martillaba desde adentro, esa voz que no sabía callar y que le decía que lo quería mirar, que lo quería escuchar, que quería estar más cerca.
— ¡Oye! Tierra llamando a Alex, aquí Armin Solo reportándose. —dijo Armin pasándole una mano por la cara.
Alexy parpadeó, como si lo sacaran de un sueño, desviando los ojos de inmediato.
—¿Eh?
—Estás raro desde el desayuno, como… ido.
Alexy se forzó a sonreír, la misma sonrisa torcida de siempre.
—Estoy bien, solo me duele un poco la panza desde el desayuno. Creo que fue demasiada crema batida hoy.
Armin lo miró con escepticismo, pero no insistió. Hizo una mueca, se encogió de hombros.
— Bueno, igual le diré a mamá que cambiemos los hot cakes por los waffles. No me gusta cuando estás en modo zombie.
Poco a poco el auditorio se fue llenando de gente y comenzó la acción. El señor L’Aire gritaba instrucciones, todos se movían a paso apresurado, pero Alexy no podía terminar de concentrarse. Demasiadas voces superpuestas, objetos que caían, pasos apresurados, risas nerviosas, los actores calentando. Una bocina chilló desde algún rincón. El foco principal parpadeaba con un zumbido agudo como de mosca atrapada. Los de su equipo se movían con prisa entre las cajas de utilería y las estructuras de escenografía aún a medio armar. Los cuerpos se cruzaban sin parar, como si todo el grupo estuviera atrapado en una coreografía descoordinada, pero nadie se detenía.
Alex se enloquecía tras bambalinas con los vestuarios, prácticamente corría detrás de Mona, la encargada principal, con el costurero y cinta en mano por si había un ajuste de último minuto antes del gran estreno. De vez en cuando, sentía una mirada en su espalda, y cada vez que se giraba, Armin lo observaba desde la consola con una expresión que parecía a medio camino entre la curiosidad y la preocupación, pero prefería ignorarlo.
—¡Alexy! —gritó Emilie, del equipo de peinados, desde el fondo—. ¡Las pelucas están enredadas otra vez! ¡Y no encuentro la bolsa de los pasadores!
Dio media vuelta, algo irritado por los gritos, y tropezó con una caja mal cerrada. El cartón cedió con un crujido, y decenas de retazos de tela salieron disparados en una lluvia de colores. Él se agachó, recogiendo torpemente lo que podía, sus mejillas ardían de vergüenza. Una carcajada se escapó de Timothée, quien lo miraba desde el centro del salón, con una botella de agua en una mano y un cuchillo falso en la otra.
—¿Se te movió el piso? —le preguntó, caminando un par de pasos hacia él.
Alexy se levantó tan rápido que casi se marea.
—Sí. Solo… ya sabes, Mona camina rápido. —respondió con una risa que no le salió del todo.
Timothée asintió, no preguntó más. Alexy se odió un poco por cómo no podía evitarle la mirada
—¡Alexis! —ahora era el profesor L’aire, agitando los brazos con furia, su voz retumbando como un trueno—. ¡Necesitamos el muro de la escena tres ya! ¡Y dile a Armin que revise esas luces ya! ¿Quién demonios cambió los colores? ¡No estamos haciendo Moulin Rouge!
Alex asintió en automático. Recogió a duras penas los retazos y los dejó sobre una de las mesas antes de echarse a correr para cumplir su siguiente tarea. Avanzó entre bastidores hasta la consola, Armin estaba sobre una escalera alta, tratando de ajustar uno de los focos mientras discutía con una chica de escenografía.
—¡Pero nos dijeron que era el azul frío, no rojo neón! —gritaba, frustrado.
— L’aire está como loco, me pidió que te dijera…
— Sí, ya me imagino que ha de querer ese pinche viejo. Pero te juro que no tuve la culpa, yo solamente puse los focos. —suspiró desde la escalera de aluminio. El sudor le caía por la frente, el calor era horrible ahí arriba—. ¿Tú como vas?
— Es horrendo, todos están como locos ahí abajo.
Armin resopló, pero una media sonrisa se le escapó. Bajó con cuidado un peldaño de la escalera y apoyó ambos pies en el entarimado. Se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano y se “limpió” en la camiseta de Alex para molestarlo.
— ¡Asqueroso!
— ¡Tu estás más asqueroso! Mira tu pantalón. —dijo señalándole las rodillas mugrientas por su caída.
Suspiró abatido y pateó una caja vacía.
— Ya estoy harto. Primero la tonta escenografía, luego Mona histérica y ahora…
No terminó la frase, se hizo bolita en cuclillas con los codos apoyados en las rodillas y las manos cubriéndole los ojos. Armin le miró por un segundo en silencio, meditando sus opciones.
—¿Quieres ir a las cabina de sonido? —preguntó al fin—. Theo va a tardar con el foco y ahí el tonto de L’aire esconde una mini nevera con Fanta.
Alexy asintió, apenas. Caminó detrás de su hermano sin decir palabra. Pasaron entre el desorden de cajas, instrumentos mal guardados, pelucas tiradas como animales vencidos y se escabulleron por la parte trasera hasta los asientos, de ahí llegaron a la cabina aislada.
Armin sacó del mini bar dos latas frías de refresco y se dejó caer sobre el sillon tapizado de cuero, palmeó el espacio a su lado. Alexy se sentó en silencio a su lado. No hablaron los primeros diez minutos, pero el silencio no era incómodo, solo se dedicaban a beber de su refresco y disfrutar de la calma.
—¿Entonces? —dijo Armin, sin mirarlo—. ¿Qué te pasa? A ti te gusta andar en el chisme y con los de vestuario.
— Yo no soy chismoso.
— Sí eres, pero ese no es el punto aquí. ¿Te peleaste con alguien? ¿Te spoilearon el final de temporada de Game of Thrones?
Alexy rió, pero fue una risa pequeña, atrapada en la garganta.
—No es eso.
—Lo sé, pero es la primera vez en dos semanas que más o menos te ríes. —contestó Armin, sin tono de reproche, estirando las piernas—. No me tienes que contar si no quieres. Pero si quieres, pues… aquí estoy.
Pasaron unos segundos largos en los que Alexy jugueteaba con el anillo de la lata. Respiró hondo, lavoz le salió casi inaudible cuando se atrevió a hablar.
—Creo que me gustan los chicos.
Armin no se sobresaltó. No hizo ninguna exclamación ni frunció el ceño. Simplemente soltó un leve resoplido por la nariz y lo escuchó reírse a su lado.
— Eso ya lo sabía.
Alexy lo miró con las cejas levantadas, confundido.
—¿Qué?
— Sí, y la verdad, pensé que me ibas a decir otra cosa y estaba preocupado, pero si solo era eso pues me puedo relajar.
— ¿Cómo es que lo sabes y te quedas tan tranquilo?
— Pues es normal, Alex. No es como que lo tuvieras tatuado en la frente, pero… no sé, es como de esas cosas que solo se sienten y ya. Quizá es nuestra conexión paranormal de gemelos o una madre así, pero ajá.
Alexy se quedó callado, con la boca entreabierta. De pronto, no sabía si reír, llorar o pegarle.
— ¿Y por qué nunca me dijiste nada?
—¿Y tú querías que lo hiciera? —preguntó Armin, encogiéndose de hombros—. ¿Que viniera y te dijera: “oye, Alex, creo que te gustan los chicos, ¿verdad que Anakin es más guapo que Obi Wan?”? Nah, me pareció mejor esperar a que tú quisieras hablarlo y te sintieras seguro, como dijo mamá con lo de las chicas.
Los ojos de Alex comenzaron a aguarse, un suspiro de alivio se le escapó de los pulmones. Armin se incorporó del asiento.
— ¡No llores, no era mi intención!
— No es eso, solo que… Dios, yo tenía tanto miedo y tú me sales con tus tonterías. —confesó..
— Bueno, no siempre puedo ser el gemelo listo. —bromeó ganándose una mirada—. ¿Que? Es que, no entiendo por qué tenías miedo, no es como que te fuera a salir otro ojo o descubrieras que eres un mutante como los X-Men. Ahí si me hubiera enojado contigo por no decirme.
— Es que, Armin siempre hemos sido iguales… —empezó a decir, pero la voz se le quebró—. Los mismos ojos, la cara, cumpleaños, resfriados. No es que me moleste ser diferente, pero esto es la primera cosa donde no compartimos.
— Más o menos, tú tienes los ojos más grises que azules y nos vestimos diferente, a ti no te gustan los videojuegos —apuntó—, pero los dos estamos de acuerdo en que Zuko era el más cachondo de Avatar, ¿no?
Alexy estalló en una risa que le dolió en el estómago. Tapó su rostro con las manos.
— ¡Qué horror!
— Tranquilo, creo que habla de que tienes buen gusto.
El silencio se llenó de algo cálido. Afuera, los gritos del profesor L’aire seguían rompiendo la escenografía como piedras contra un ventanal, pero ahí, en ese rincón desordenado del escenario, el mundo era otra cosa. Alexy se lanzó a abrazar a su hermano.
— Gracias, Armin.
— No hace falta, yo te quiero así… Aunque seas un desastre con las pelucas y los pasadores.
— Oye, ¡eso no es culpa mía! Emilie las dejó todas…
— Sí, sí. Vamos, ya lloraste, ya confesaste, ahora toca volver a ser útil. —dijo Armin, levantándose con una sonrisa burlona y dándole una palmadita en la cabeza—. Oh, vamos alguien tiene que decirle al cara de moco de tu enamorado que afine antes de seguir rompiendo los focos.
Alexy se limpió la cara con la manga y lo siguió, el pecho más liviano ahora que lo había soltado todo. Hasta se sintió tonto preocupándose tanto sabiendo que si en el mundo alguien siempre lo iba a entender ese era el bobo de Armin.
— Por cierto, ¿le haremos un power point a nuestros padres?
— Quizá luego.
— Podemos ponerlo como un gender reveal.
— Armin…
— Te teñimos el pelo de azul.
— Eso no suena tan mal, pero quizá un día.
I. Can we become we?
Nathaniel quiere tomar el apellido de su prometida.
Los primeros rayos de sol anunciaban el inicio de otra mañana en el hogar que compartía con su prometida. Al principio, Nathaniel no se sentía muy cómodo con tanta luz, el cambio de espacio fue abismal: demasiado espacio, demasiado sol, pero demasiada vida. Quizá porque venía de un lugar menos brillante que ese apartamento, más callado y vacío, pero viendo la manera tan pacífica en la que Blanca se paseaba a sus anchas, pensaba que ella tampoco extrañaba estar ahí y prefería el cálido refugio que Olivia les dio al volver a Amoris.
Dejó su chaqueta en el perchero junto a la entrada y arrastró los pies hacia la cocina abierta para beber un vaso de agua. El apartamento tenía espacio de sobra para lo que dos veinteañeros y sus sueños compartidos necesitaran. Un cuarto de lavado que apenas ocupaba un rincón junto a la cocina. La sala amplia con amplios ventanales que aprovechaban la luz natural al máximo, paredes color crema y el cómodo sillón azul donde se acurrucaban a leer; las plantas esparcidas por todos lados, cuadros —uno regalo de Violeta— y el rascador de Blanca, la gata, que aunque enorme, no estorbaba en lo absoluto. Al fondo del pasillo se encontraban las tres habitaciones; el dormitorio que compartían, su estudio personal y el de Olivia, el último con recubrimientos especiales en las paredes para hacerlo a prueba de ruido.
Sonrió al notar un plato con un panecillo y una taza de café frío, una nota garabateada le recibía con un «Bienvenido a casa, oficial. No olvide su cena antes de venir a mis brazos. Te amo». Hizo caso a las indicaciones y se encaminó a la sala, donde la mesa del comedor estaba invadida por papeles, pinceles y su chica, completamente absorta, dibujando. Llevaba sus gafas puestas y el cabello recogido en un moño mal hecho, su ceño se fruncía al estar concentrada y alcanzaba a ver como la punta de su lengua se asomaba de entre sus labios.
Se acercó sin hacer ruido. Su brazo rodeó la cintura de la pelirroja, su mano se escabulló buscando su piel tibia. Ella apenas se estremeció bajo su contacto, se le erizó el vello.
—Pensé que ya teníamos el borrador final —murmuró, besándole el hombro y luego la mejilla con dulzura.
Sus labios permanecieron ahí por unos segundos, como si buscara fundirse en la textura suave bajo ellos. Sintió su sonrisa.
—Bienvenido a casa. —respondió, dejando la pluma para buscar su boca.
Nathaniel correspondió a su beso, suspirando gustoso cuando sus dedos le acariciaron la nuca. La había extrañado tanto en ese día especialmente aburrido. Odiaba que lo retuvieran en la comisaría por cosas de las que otro podía encargarse, especialmente cuando se sentía tan necesitado de casa como hoy. Su mano acarició su cadera y subió a su cintura, el oxígeno le avisaba que debía separarse, pero él peleó contra la naturaleza por unos momentos más saboreando sus labios.
— ¿Día difícil? —preguntó apenas a unos milímetros de su rostro. Él negó y volvió a besarla con intensidad, ella se separó cuando sintió que buscaba apoyarla contra la mesa—. Amor, oye.
—Nada interesante —dijo él, como quitándole importancia al día—. Un par de chicos peleando, un arresto por narcóticos, y Armin pasó para avisarme de mi despedida de soltero.
Ella rió con lo último.
—Pensé que sería en LoL.
Nathaniel negó con la cabeza, casi divertido.
—Yo también pensé que bromeaba. Ha tenido mucho trabajo con todo esto de los hackers, incluso me estuvo ayudando… pero me dijo que apartara el viernes por la noche.
—Tessa siempre decía que no lo subestimaras en lo laboral —le recordó Olivia.
— ¡No lo hago! —respondió él con una sonrisa que se asomó como el sol entre nubes—. Solo no imaginé que le quedara energía para fiestas después de dormir tan poco.
Olivia soltó una risa bajita, de esas que resaltaban los pequeños hoyuelos en sus mejillas y volvió la vista a su papel, pero su mano ya no trazaba; solo lo miraba, pensativa. Se quitó las gafas y las dejó junto al pincel, luego se frotó los ojos con los nudillos, como si quisiera borrar la fatiga de golpe.
—Tú también estás durmiendo poco —dijo de pronto—. Hoy tienes ojeras.
—Mira quien lo dice. —comentó su rostro entre las manos, Nathaniel se levantó, le dio un beso en la frente—. Ya las últimas deberías solo dejarlas en lápiz y dejarme terminar a mí.
Nathaniel tomó uno de los papeles y lo observó con más detalle. Flores y figuras asimétricas adornaban los bordes. En el centro, con la caligrafía redonda y cuidadosa de Olivia, se leía la invitación a su boda. Había errores mínimos, casi invisibles, pero entendía por qué ella los veía.
Desde que le entregó el anillo, Olivia se lanzó de lleno a los preparativos. Él, fiel a su costumbre, se encargó de la logística: lugar, banquete, el oficiante, proveedores. Por su parte, ella decidió encargarse de todo lo que fuera papelería a mano: las invitaciones, el menú, las tarjetas. Llevaba semanas en ello, peleando contra el sueño, los errores y el tiempo. Las noches se estiraban con el susurro del pincel sobre el papel, Nathaniel la acompañaba. A veces, con sugerencias: “Esto se ve mejor”, “¿Y si le agregas esto?”, “Ese detalle me gustó”. Otras, simplemente tomaba la pluma y repasaba los trazos del lápiz con el azul que, según ella, se parecía a él.
Por suerte —y gracias al enorme esfuerzo de ambos— muchas invitaciones ya habían sido completadas y, posteriormente, enviadas. El menú, con el mejor truco de percepción de Nathaniel, fue fotocopiado y entregado a los del banquete. Dijeron que era hermoso, que Olivia debería dedicarse a eso. Ella se negó, por supuesto, las manualidades no eran lo suyo, según su modestia.
— ¿Sabes? A veces pienso que me estoy complicando de más. Pudimos mandarlas a imprimir, y ya —dijo Olivia—. Nadie se va a dar cuenta de si están a mano o no, la van a guardar hasta ese día y luego la van a tirar.
—No creo, es muy fácil darse cuenta de que las hiciste tú misma.
Ella suspiró pesadamente, sus dedos volvieron a juguetear con su cabello rubio.
—Por cierto, hoy tu madre me regresó la suya.
El asunto con su familia seguía siendo tenso. Cuando anunciaron el compromiso, la familia de Olivia se alegró. Adoraban a Nathaniel desde el instituto, lo recibieron en su casa incluso antes de que fuera su pareja. Incluso después de la pausa de años, los Wilde no dejaron de tratarlo con generosidad. El problema estaba con su propia sangre.
Por supuesto, su padre no estaba contemplado en la lista. Ni él ni Olivia querían verlo. Pero con su madre, Nathaniel intentó hacer un esfuerzo, pequeño, esperanzado. Amber seguía negada, pero Olivia —aunque sabía que la mujer la detestaba— pensó que debía quedarle algo decente por dentro. Algo que no le permitiera negarse a acompañar a su hijo en un momento tan importante, pero se equivocó. La señora Carello apenas la dejó hablar antes de romper la invitación en dos y arrojarla al suelo, frente a Olivia. Escupió su sentencia contra el futuro matrimonio, y Olivia tuvo que contenerse para no abofetearla. Aunque claro, no se fue sin devolverle algo de su veneno. Se fue con la dignidad intacta, pero con las manos temblando.
—Sí —asintió Nathaniel, restándole peso al episodio—. Pero si las hubiéramos mandado imprimir, no tendrían tu letra, ni tus flores torcidas, ni esa manía tuya de corregir lo que ya estaba bien.
— ¿Eso es un cumplido, señor Carello?
—No, señorita Wilde.
Olivia lo miró con fingida sorpresa.
— ¿Ya no soy Carello? ¿Me quitaste tu apellido antes de siquiera dármelo?
Nathaniel negó con la cabeza, luego se inclinó y la besó.
—Nada de eso. Solo que… he estado pensando.
— ¿Sí?
—Que te debo mi libertad en más de un sentido. Me la diste sin pedir nada a cambio y ahora que nos acercamos a un nuevo comienzo… quisiera darle otro significado a esa libertad. Me gustaría tomar tu apellido. —Olivia lo miró sin entender, pero se quedó en silencio para dejarlo continuar. Nathaniel le tomó ambas manos—. Sé que lo que hemos vivido me construyó, me convirtió en lo que soy ahora. Pero no quiero seguir arrastrando las sombras. Me gustaría guardar los momentos amargos en una caja, como los adornos de Navidad, y avanzar sin ellos sobre mi espalda.
El silencio se instaló en la sala, solo se escuchaban las patitas de Blanca y el sonido de su bebedero. Olivia, con un pequeño suspiro, se lanzó a sus brazos y escondió el rostro en el hueco de su cuello. Sintió su respiración, él estaba seguro de que ella percibía su pulso errático. La estrechó con cuidado, disfrutando de su cercanía.
— ¿Estás seguro? —preguntó—. Estarías cortando todo con ellos.
Nathaniel sonrió con suavidad.
—Claro que lo estoy. —él se separó lentamente para verla a los ojos, repasando cada detalle de su rostro como si fuese la primera vez—. Olivia, contigo me siento inmenso, especial, amado. Ya no repaso el pasado ni me como la cabeza pensando en qué la cagué o si realmente merezco estar contigo, solo quiero llegar a casa y escucharte cantar en calzones, besarte, que nos abracemos en el sillón y me cuentes de todo lo que hiciste en el día. Quiero seguir haciendo el súper juntos, decorar la casa para cada estación y bailar en la sala… solo quiero que lo quieras todo conmigo y sepas que lo quiero todo contigo, desde tu nombre hasta los huesos.
Ella lo miró por un segundo largo, buscando algo que solo ella podía ver. Quizás la misma vulnerabilidad que él había encontrado en ella sin querer o tal vez la única certeza que ya le había entregado desde el instituto. Olivia asintió y, por fin, una sonrisa se dibujó en sus labios.
—Ay, mi vida… como si no supieras que ya te asignaste sentencia desde que te atreviste a besarme en la biblioteca.
Sin dejar de sonreír, tomó su rostro entre sus manos, y con suavidad, pero de manera decidida, lo besó. Un beso que comenzó suave, pero que rápidamente se fue intensificando, como si las palabras sobraran y lo único que quedara fuera de lugar fuera la distancia que quedaba entre sus cuerpos. Nathaniel se dejó llevar por el beso, cerrando los ojos y riendo un poco en medio de él.
— ¿No que estábamos muy concentrados con el menú? —respondió, arqueando una ceja, con tono juguetón.
—Pues sí, justo voy a pasar al postre. —respondió mientras sus dedos jugueteaban con el borde de su camisa.
Y, con esa sonrisa de quien se sabe ganador, la levantó de un solo movimiento. Olivia soltó un grito de sorpresa, que rápidamente se convirtió en una carcajada cuando notó que los encaminaba al dormitorio.
Los dos cayeron en el colchón de manera desordenada, la luz que se filtraba por las cortinas se transformó en algo difuso, borroso, como si todo se desdibujara y solo quedaran ellos, sin tiempo, sin reglas. Los dedos de Olivia recorrieron su pecho como si estuviera descubriéndolo de nuevo cuando se deshizo de su camisa, demasiado ansioso y acalorado para seguir con uniforme. El aire parecía volverse espeso, denso, a medida que la atmósfera en la habitación se cargaba de algo más intenso entre suspiros y respiraciones pesadas.
Su mano bajó lentamente por su abdomen, dejando un rastro de calor en su piel y ella cerró los ojos cuando la acariciaron por encima de la ropa interior, sintiendo cómo la tensión se acumulaba. Nathaniel se acercó a su cuello y besó su piel, un gesto lento, sensual, como si cada parte de ella fuera un territorio nuevo que quería explorar. El beso que siguió fue feroz y necesitado, dejaron que sus lenguas se encontraran con la urgencia de quienes ya no pueden esperar y lo confirmaron las manos ansiosas del rubio al deshacerse de la camiseta que cubría a su chica.
La pelirroja se quejó cuando se alejó, pero antes de que pudiera decir o hacer algo, lo sintió de nuevo sobre ella, solo se había acomodado mejor sobre su cuerpo. Un camino de besos se abrió camino desde su cuello hasta su vientre, deteniéndose cuando estuvo tan cerca de su entrepierna que sintió un escalofrío.
—Nath…
—Tu fuiste la que dijo que debíamos pasar al postre. —murmuró rozando su nariz cerca de su ingle, mientras sus manos se encargaban de bajar la única prenda que le quedaba.
Esa simple caricia casi la hizo desfallecer ahí mismo. El rubio la miraba con pupilas dilatadas y una expresión a la que, pensó, jamás podría terminar de acostumbrarse. No pudo contener un gemido cuando la boca de su prometido comenzó a degustarla como si fuese un auténtico manjar. Claro que sabía lo que hacía cuando desliza su lengua por sus pliegues, para después dirigirse hacia su centro, repitiendo un par de veces la acción antes de acompañar sus movimientos con sus labios. Ella apretó las piernas contra su cabeza y se arqueó cuando sus atenciones se centraron en su clítoris, aprieta su cabello con una mano mientras la otra masajea uno de sus senos, Nathaniel pareció más motivado con sus reacciones. Los gemidos y jadeos salieron de su boca para el placer del rubio, sus grandes manos le acariciaban gentilmente los muslos, apretándolos mientras su habilidosa lengua hace maravillas en su zona más sensible. Pero Olivia no permitía que él se llevara toda la diversión, lo obligó a retirarse para terminar de desnudarlo.
—No me hagas traer las esposas. —advirtió ella cuando Nathaniel se tumbó en el colchón.
—Suena a que me estás premiando. —bromeó.
Olivia se acomodó sobre el cuerpo de Nathaniel, dándole la espalda. Él se dejó hacer, sus manos se deslizaban suavemente por sus muslos y su cintura, la pelirroja apoyó una mano sobre el abdomen de su prometido, sintiendo el vaivén de su respiración. Siempre había tenido buena figura, y aunque en sus días de instituto se ocultaba bajo camisas bien planchadas y pantalones impecables, ella conocía la verdad que escondía cada fibra de ropa: los años practicando boxeo habían dejado una base sólida, sí, pero fue el entrenamiento policial lo que le dio un matiz distinto, una nueva forma a sus músculos, un tono más denso, más definido. Nathaniel había ensanchado sus hombros, su pecho, sus brazos… y ya no lucía tan delgado como en sus veintitantos. Había ganado cuerpo y a ella le encantaba ese equilibrio perfecto entre fuerza y sensibilidad. Atlético, pero sin llegar al exceso. Un cuerpo que ahora le pertenecía por completo.
El rubio, sintiendo el peso suave de Olivia sobre él, deslizó una de sus manos por su espalda, siguiendo la línea de su columna con las yemas de los dedos, hasta detenerse en la curva de su trasero. Cada gesto, cada movimiento suyo, tenía la gracia exacta para volverlo loco.
—¿Muy contento con la vista? —murmuró ella al tiempo que se deshacía de sus boxers.
—Es un delito tenerte así encima y no decir nada.
La respuesta de la pelirroja no llegó, en cambio, rodeó con la lengua la punta de su erección para después bajar hasta la base. Una maldición ronca escapó de la boca del rubio por el movimiento de sus gruesos labios, también utilizaba sus manos, masajeando su duro miembro. Olivia se mantenía enfocada en su tarea, sintiendo los empujes de Nathaniel contra su boca, como si quisiera cobijarse en lo más hondo de su boca hasta llegar a su garganta. Ella solamente se detuvo cuando supo que él estaba cerca, aún era muy pronto para que la diversión terminara.
Se giró para mirarlo, tenía las mejillas encendidas y respiraba con dificultad. Luego, moviéndose con lentitud, estiró el brazo hacia atrás y enredó sus dedos en el cabello de Nathaniel, jalando apenas, lo suficiente para hacerle soltar un suspiro. Él le apretó los muslos.
—Me gusta cuando tomas el control —dijo él, con un susurro entrecortado.
Olivia bajó la cabeza hacia su cuello y le dejó un beso largo, húmedo, mientras se mecía suavemente sobre él. Los labios de Nathaniel encontraron su hombro desnudo, y lo besaron con devoción, como si ese lugar fuera sagrado. Ella gimió cuando el recorrido descendió por sus clavículas hasta sus pechos, encontrando sus pezones endurecidos de la excitación. Nathaniel sentía una fascinación por ellos que no se molestaba en ocultar; chupaba, besaba y mordía a su antojo mientras los dulces sonidos de su futura esposa le endulzaban los oídos. Sus manos masajeaban su trasero, sus gruesos dedos se hunden en la débil carne, dejando marcas en ella, buscando tomar más porque nada le es diciembre cuando se trata de Olivia. Y es que, cuando la mira, no puede evitar pensar que su rostro enrojecido es lo más bello que ha visto jamás, como si todas las cosas preciosas y costosas que su padre le daba a Amber y su madre no tuvieran valor alguno en comparación a ella.
Ese bello rostro con labios hinchados de tanto besarse y pupilas dilatadas era simplemente hermoso, el desastre más maravilloso que hubiese presenciado jamás y solo lo hace querer más de ella. Era arte. Era casa. Era cuerpo y alma entrelazándose con la suya. Era su todo.
Nathaniel se tomó su tiempo en preparar a su chica, expandió su interior con sus dedos mientras su labios se encargaban de complacer cada páramo de piel que tuvo a su alcance hasta que ella le indicó—o más bien, le suplicó entre jadeos— que era suficiente y estaba lista. Él la recorrió con la mirada mientras se deslizaba entre sus piernas, el calor y la fricción les robó un gemido bajo, compartido.
—Siempre te olvidas de lo hermoso que eres. —murmuró Olivia contra su oído—. Me gustaría que pudieras verte como yo te veo aquí y ahora.
—No digas eso. —susurró él, con voz ronca—. No ahora. No cuando tengo la vista más perfecta frente a mí.
Olivia comenzó a balancearse sobre él, sus movimientos más suaves, casi melódicos, como si estuviera bailando sobre su cuerpo. Nathaniel deslizaba sus dedos por su espalda, dibujando líneas invisibles, deteniéndose en las curvas que más adoraba. Él apoyó las manos en sus caderas, ayudándola a moverse con ritmo, sin forzarla. Ella echó la cabeza hacia atrás, sosteniéndose de sus hombros mientras lo montaba al ritmo que sus caderas le marcaban.
Continuaron en su vaivén por varios minutos, las caderas de Olivia se movían de una forma que lo volvía loco, marcando el ritmo con más intención de hacerlos llegar al cielo. La sentía estremecerse, escuchaba su nombre como un susurro que salía entre dientes. Y cuando ella empezó a temblar levemente, cuando el ritmo se volvió menos preciso, más instintivo, supo que estaban muy cerca. Nathaniel dejó que su esencia se vaciara en ella con un gruñido y un par de segundos después, sintió sus paredes tensarse y estrecharse deliciosamente a su alrededor.
Se dejaron caer juntos entre las sábanas, envueltos en calor, piel contra piel, sin decir nada durante unos segundos que se sintieron eternos. Nathaniel yacía boca arriba, el pecho subiendo y bajando lentamente, con esa expresión entre feliz y satisfecho que Olivia adoraba. Ella no se había apartado del todo. Seguía montada sobre él, disfrutando de su unión un poco más. Él acarició su espalda con los nudillos, en un gesto simple pero lleno de cariño.
Verla de esa forma lo enternecia, Nathaniel pensó en acariciarla y quedarse entre las sábanas para besarla hasta que amaneciera de nuevo, pero justo cuando Olivia alzaba la mirada hacia él… su estómago rugió con fuerza.
—Eso fue tuyo… ¿o un oso entró a la habitación?
Nathaniel se echó a reír contra su cuello.
—El hambriento soy yo, el oso fue quien me rasguñó la espalda
—Mira qué chistoso andas, a la próxima a ver si te da postre un payaso. —se quejó la pelirroja con tono sarcástico.
—Ni idea, pero si mi estómago pudiera votar, elegiría desayuno en este instante.
—Mmm, eso suena bien… pero no pienso moverme. Me siento como si hubiera hecho ejercicio toda la noche.
—Pero sí lo hiciste...
Ella lo fulminó con una sonrisa ladeada y un bostezo de fondo.
—¿Tú sabes lo sexy que es un hombre que cocina? —dijo con tono juguetón, dándole un golpecito con el pie—. Si vas a la cocina, hazlo sin ropa. Aumentas mis posibilidades de levantarme.
—Te haré unos hotcakes —le dijo Nathaniel, levantándose de la cama sin más que una sonrisa y una sábana enredada a la cintura—. Con forma de corazón, si te portas bien.
—¿Y si me porto mal?
—Con alguna forma tuya, aunque probablemente terminaría comiéndomelos en el pasillo.
—Eres terrible comediante. —rió, tirándole una almohada que él esquivó con destreza.
La escena tenía algo de una de esas comedias románticas que se veían los domingos: el chico atractivo y medio despeinado saliendo de la habitación con la sábana arrastrando, mientras ella se revolvía en la cama, oliendo aún a piel cálida, a sudor y a amor recién horneado. La intimidad entre ellos no estaba solo en los cuerpos: estaba en las bromas, en las miradas cómplices, en ese “después” que se sentía más que como una costumbre, como una cotidianidad a la que estaba más que acostumbrado.
Desde la cocina comenzaron a escucharse ruidos: la cafetera, el batir de algo líquido, un mal intento por silenciar una sartén que chilló con el primer contacto del aceite. Olivia se levantó poco después con la cara lavada y el cabello suelto hecho un desastre, usaba la camisa de Nathaniel como pijama improvisada. Le llegaba a medio muslo y aún conservaba su aroma.
Lo encontró intentando voltear un hotcake con la espátula del revés.
—No quiero interrumpir tu proceso creativo, pero eso que estás usando es una palita para cortar pizza y me vas a rayar mi sartén.
—No lo parece cuando le das vuelta rápido —replicó él, haciéndola girar como si estuviera en un programa de cocina—. ¿Ves? Técnica ancestral anti rayaduras.
—¿Y esto lo aprendiste en la academia también?
—No, esto lo aprendí solo.
Olivia se acercó por detrás y lo abrazó, recostando la frente contra su espalda desnuda, le dio un par de besitos a las marcas de sus uñas sobre su piel cálida.
—Bueno, si encuentro un nuevo sartén pronto voy a fingir sorpresa.
—Dudas mucho de mi talento, cariño.
Se quedaron así, abrazados junto a la estufa, oliendo a café y a mezcla de desayuno. Era un caos doméstico adorable que hacía revolotear el corazón del rubio: la harina sobre la encimera, la espátula equivocada, las tazas desiguales, el pan quemado que ninguno mencionó. Pero todo era perfecto en su imperfección y cuando se sentaron a la mesa con sus hotcakes deformes y el café a medio colar, Olivia lo miró sonriendo, con la luz suave de la mañana entrando por la ventana.
—Deberíamos repetir este proceso por cada invitación. — dijo Nathaniel guiñándole un ojo.
—Podemos ponernos más creativos.
—Si estás insinuando que tomemos las esposas...—Olivia agarró un trozo de hotcake con los dedos y se lo metió en la boca para interrumpir su oración.
Ambos estallaron en risa y ahí, entre migajas, piernas entrelazadas bajo la mesa y miradas que hablaban más que las palabras, Nathaniel pensó que quizá el cambio de apellido era lo menos si es que la vida sería así de bonita todos los días.