Ares y Afrodita
Odio tomarme las cosas tan a pecho. Odio ser tan sensible, emocionarme tanto, ser tan apasionada.
Odio permitir que todo me acelere el corazón. Desarmarme en sueños y amarrarme a esperanzas. Odio, con todas mis fuerzas, desvivirme por lo más mínimo.
Odio esta intensidad que me consume por dentro y me enciende el alma. Odio esta curiosidad insaciable que toma control de mis pensamientos y me esconde lo realmente importante. Lo que vos me dijiste que es importante.
Me da bronca la felicidad que me produce dejarla libre, verla experimentar cada partícula de aire, cada segundo del día. Me repulsa su ilusión.
Me genera un rechazo increíble lo que la emociona que alguien la mire, que le permitan entrar, y le den un lugar en su mesa. Es ridículo.
¿Pero sabés qué me lleva al límite? ¿Querés saber qué me hace explotar y me incita a incendiar todo a mi paso? ¿Lo que me acerca un poco más a perder la cabeza? ¿A perderlo todo?
Cuando me escucha ¡Cómo odio que me escuche! Cuando me cree como la ilusa que es. Cuando piensa que tengo razón.
Y me enoja porque cree que todo el mundo es como yo. Como vos. Cree que ocupa mucho espacio, que la van a dejar afuera, que la van a volver invisible (de nuevo).
Odio que se tome tan a pecho lo que le digo, que sea tan sensible, tan emocional y apasionada.
Porque se desilusiona y se esconde y se quiebra y se olvida que cada vez que ella se rompe yo me fortalezco.
Y aunque ella no lo sepa con sus trozos voy construyendo una muralla que la aísla, pero la protege.













