Hoy me siento desnuda, como si por fin alguien hubiera penetrado por todas las capas de mi piel y hubiese llegado al centro mismo de mi ser. Como si realmente fuese yo después de tantos meses de vacío, de tristeza y de sin sentido.
No importa cuántas veces no sea lo que los demás creían que era o esperan que sea. No importa cuántas veces te sientas una puñetera hamartía. Porque no importa como quieras ser, ni como aparentas ser frente a los demás. Al final del día solo vas a estar tú, abrazada a ti misma en tu cama, tragándote las lágrimas que te ahogan.
Y nada me gustaría más que ser como tú Fernando, con tu estilo de vida zen y totalmente profundo. O como tú León, con tu odio que en realidad no es más que miedo contra todo el mundo. O como tú Rodrigo, que aunque no te des cuenta has crecido más como persona de lo que jamás podrás llegar a imaginar.
Pero hoy, tumbada entre las sábanas de un completo desconocido y abrazada a su espalda, me he dado cuenta de que eso es todo lo que quiero. Un abrazo. Sentir el calor de una persona que te quiera de verdad por cómo eres. Que te cuente qué tal le ha ido el día entre susurros. O que deje que nos devore el silencio y nos alimentemos sólo de nuestras respiraciones.
Y lo más triste no es que lo haya averiguado después de meses de insensibilidad, ni que no exista persona en el mundo a la que le importe lo suficiente como para saber cuándo necesito estar sola. Lo más triste es que la única persona capaz de hacerme sentir completa debería ser yo misma. Al desnudo.