Si la mar se seca
Bitácora 21
Los lugares que habito
Y yo reposo aquí, en un lugar protegido, donde elijo las horas que pasaré
entre el letargo y el sueño profundo
Kafka
¿Qué sería la vida sin el misterio de las algas que ondulan en el fondo del mar?
¿Sin la gota de belleza que habita el vacío silencioso, sin la materia ausente e ingrávida que dialoga con el alma y el tiempo inexistente que se disuelve en un continuo futuro?
Debería ser poeta para descender a recuperar las memorias incubadas en el vientre materno, cuando no sabes si vas hacia la vida o vienes de la vida, piscina grande como una península al principio, todo lo que existe, laguna ajustada, el mundo finito más tarde, solo las aguas rotas fracturan el misterio de aquella transparencia ahí afuera. Tras la incubación arquetípica, puedes sentir el mundo placenteramente protegido por la placenta que has fraguado como casa.
Y sigo haciéndome un ovillo cuando hago la siesta.
He calzado zapatos ajenos para imaginar cómo es la vida dentro de otras botas, habitado un laberinto llamado Latinoamérica, mi propio laberinto, fundido con las arrugas del lugar, del desasosiego, de la metáfora. Cada laberinto es distinto, de piedra, de túneles, de arcos, de jardines con pájaros, de aguas estancadas (el mio clásico, de boj que no crece muy alto), somos habitantes del laberinto que construimos a nuestra medida para perdernos en él, cuestionarnos y encontrarnos. Postergarnos. Me pierdo en mi misma porque yo soy el laberinto. Quien no encuentra la única salida sigue los destellos que el engaño duplica en el agua, en los espejos, en las nubes.
Misterios inabarcables.
Como el olor a posibilidad que asombra Marco (Polo) al entrar en una ciudad y notar que alguien vive en una plaza una vida o un instante que podrían haber sido suyos. En el lugar de aquel hombre ahora hubiera podido estar él si se hubiese detenido en el tiempo, mucho antes, o si talvez, en lugar de tomar una calle de una encrucijada hubiese tomado la opuesta y después de una larga vuelta hubiese ido a encontrarse en el lugar de aquel hombre que está en aquella plaza. En adelante, de aquel pasado suyo verdadero e hipotético, él está excluido, por lo que no puede detenerse, debe continuar hasta otra ciudad donde lo espera otro pasado suyo, o algo que quizá ha sido un posible futuro y ahora es el presente de alguien más. Los futuros no realizados son sólo ramas del pasado, solo ramas secas (I. Calvino).
Me dicen que gotas de poesía se encuentran en las ondulaciones del amor, aquello que nadie sabe de qué está hecho, que naufraga en labios donde siempre es verano, que pone una caricia sobre la piel y ondea como las algas del mar.
Habitar los árboles que crecen dentro de mí, chorreantes de lluvia, atormentados por su soledad ventosa y desnuda, mientras sus frutos seducen en los mercados. Habitar las montañas, el mar, para bailar la canción de la lluvia y de la luz que llueve a través de los cipreses y las escamas del agua, habitar el sol, que tiñe de oro el cabello y calienta las cúpulas de las iglesias, sin quemarse y la penumbra sin temerle.
Habitar las calles que se tantean con torpeza como recién nacidas, anegadas de otoño, bañadas de primavera. Y dentro de ellas, habitar una casa que no es tu casa, algo te lo dice. Algún día encuentras la casa, la que te esperaba, la que te abraza con su polvo, su silencio, su sombra, sus maderas. Esta es la casa que te habita, la que has pintado del color del cielo para que se funda con el azul universal, se vuelva invisible y solo tú sepas como encontrarla.
Y la ciudad, me han hablado mal de ella ¿laberinto de Escher, un no lugar?
Es solo el sueño de un hombre taciturno de pie en el metro, la entraña de acero que recorre el alma de la ciudad. Arriba, en la superficie, una liturgia de pequeñas costumbres llena una plaza con jubilados, con voces atrevidas de niños y pájaros que, al no tener futuro, son huéspedes del mismo instante que precipita las tardes, desobedece al tiempo, entra y sale de su niebla antigua.
La efervescencia de la ciudad, sus formas asimétricas, expuestas a la intemperie, se vuelven sonidos, escandalo azul de guacamayas, ojos llenos de anuncios, muchos desdentados, con letras caídas.
Si la identidad humana se relaciona con los lugares y sus arquitecturas secretas, cuanta extrañeza, me pregunto, habrá causado habitar el paraíso terrenal a los primeros y únicos habitantes. Adán haría notar que no está acostumbrado a tener compañía, preferiría que Eva se quedase con el resto de animales, se asombraría de que derramase agua por los orificios por los que mira y la enjugase con el dorso de las patas, llamaría a su vástago nueva criatura con cola, habitaría los árboles y buscaría algún placentario cobijo recién inventado, mientras Eva se alegraría de que, tras varias noches de ausencia, devolvieran la luna.
Habitar la voz milenaria del inmenso rio circulando dentro de mi memoria por aquellas tierras anchas que atraviesa el padre de las aguas, el Mississippi. El rio más extenso del mundo, de pecho ancho, infinito y oscuro hermano del Amazonas y, como el Orinoco, rio de aguas mulatas. Toneladas de fango insultan el golfo de México, descargadas por él. Tanta basura venerable y antigua ha construido un delta donde los gigantes cipreses de los pantanos crecen de los despojos de un continente en perpetua disolución. Más arriba, se alargan tierras bajas también. Las habita una estirpe amarillenta de hombres… (J.L. Borges)
Por la tierra que habito con su cielo, siempre han pasado de largo los tornados, pero hoy viene uno de frente a toda prisa. No da tiempo a escapar. ¿Hacia dónde? Pertenezco a este lugar de extensiones infinitas que aun guardan el eco de canciones canturreadas por hombres con miedos africanos mientras trabajan en hileras. Aquí está mi casa. Es la única sin sótano. El tornado podría levantarla, desparramar mis frágiles rincones, volar el techo, que es mi mayor temor.
Pero una vez dentro del ojo (o eso creo), los miedos desaparecen, la casa da vueltas vertiginosas, el cielo y la tierra se invierten. Lo sé porque siento la sangre fluir hacia la cabeza. Busco el horizonte que aparta su mirada. Hay una luz de limbo en este mundo borrado.
Escucho una canción, se repite una y otra vez.
Si saliera vivo de aquí (y no veo razón por la que no), sería ésta la mejor de las aventuras que podría contar a mis nietos.
El aire zarandea la casa, dibuja remolinos y garabatos, como dándole la bienvenida, un juguete dentro del ojo del tornado, aunque aquí se está como en un ovillo, es como viajar en globo, la música debe ser el espíritu de aquellos hombres amarillentos que bailan y susurran.
Y de pronto la casa deja de mecerse, la música calla. Una leve sacudida, creo que he vuelto. El cielo está en su lugar.
La gente ha venido a verme, aunque esta no es la tierra que solía habitar antes. Parece que el tornado me ha depositado unas pocas millas más lejos para estar más cerca del pueblo. Mejor así, antes estaba atormentado por mi soledad ventosa.
Les he contado que he escuchado la música del tornado. ¿Por qué no la he grabado? ¿Cómo es? preguntan con el estupor en la garganta. La he tarareado pero no le han pillado el ritmo. He notado que ahora me miran con ojos grandes de respeto.
https://www.facebook.com/silamarseseca/













