Oysterhead The Grand Pecking Order Elektra, 2001 320 kbps. | 127 MB aprox.
¿Qué pasa cuando, a lo largo de una dilatada y destacada carrera, uno ya ha agotado su propio perfil de tan definido? ¿Cuál es el antídoto para el aburrimiento con uno mismo? ¿Qué se pone en juego al salir de la piscina llena de dólares y tomar riesgos? Bueno, todas estas son preguntas que han tenido más de una respuesta en la extensa historia de la música popular, y a nosotros nos gustaría poder responderlas también; sobre todo a la última, pues supondría que tenemos una piscina llena de dólares (?). Hoy iremos a por ese camino, mostrándoles un álbum que expresa a las claras todo lo mejor de los horriblemente llamados supergrupos (repetimos nuestro enfático puaj a dicho concepto), sobre todo porque se le nota a las claras que no tiene ningún objetivo económico ni pretensiones de éxito comercial sino más bien todo lo contrario: se trata del esfuerzo consciente de tres tipos que ya han delineado un perfil muy personal a lo largo de una discografía tan extensa como su propio recorrido por el mundillo de la música y que siguen, empero, buscando maneras de desafiarse a sí mismos, de no aburrirse. Es en esa misión (nada desdeñable, por cierto) que en ocasiones recurren a la ayuda de amigos, que a veces son igual o más ilustres que ellos y buscan, justamente, idéntica redención. Para el lector ocasional esto puede resultar chocante, está claro: ¿cómo puede ser que tipos con una carrera hecha piensen en dejarla de lado por mera inquietud? Aquel que se haga esta pregunta no estará equivocado de ningún modo, pero sí omitirá uno de los deseos más íntimos del ser humano: el de superarse, el de ir más allá en la búsqueda de lo que nos hace felices aún cuando eso implique apartarse por un momento de un camino supuestamente bien establecido y trazado con delicadeza. Hay que tener en cuenta, además, que este teórico abandono no es definitivo, en la vasta mayoría de las veces se transforma apenas en una pausa. Como si de aflojar para tomarse un respiro se tratara, suele ser necesario apagar el motor y pensar bien por qué lado se va a retomar la autopista del vivir en lugar de ir sin un rumbo fijo por más que se avance. Esto es lo que hacen aquellos tipos que tienen el ansia de armar su kiosquito proyecto paralelo; simplemente se nutren de nuevas maneras de crear para poder llevar este aprendizaje a su propio molino con el tiempo, ya pasada la parte donde lo que cunde es la incertidumbre y, muchas veces, el hartazgo. Como ya hemos dicho por aquí, pasado está ya el tiempo en que la creatividad dependía de seres sobrenaturales: al alma hay que cultivarla, y mantenerse inquieto es quizás la mejor manera de hacerlo. El cambio es el mejor fusible para la novedad, con su cuota de incertidumbre y de enseñanzas. Muchas veces la seguridad nos engaña a través de la comodidad; en el caso de los músicos (y más de los consagrados) puede ser muy tentador sentarse a ver la cuenta bancaria crecer sin preocuparse demasiado por hacer nada que irrumpa en este ciclo natural. Por eso nos gustan, justamente, los que sí se tiran al agua de traje, los que arriesgan con el solo objetivo de ver qué pasa: porque son los que vale la pena escuchar, persiguiendo la huella indeleble de su ansia creativa a través de los múltiples caminos en los que se expresa. Hoy iremos, entonces, a la caza de un par de ellos, a través de un álbum fantástico en su sencillez y frescura, que expresa a las claras toda la energía que se generó cuando a estos tipos -ya grandes, ya reputados, pero aún deseosos- se les ocurrió juntarse a tocar un rato a ver qué pasaba. Injustamente dejado atrás por la vorágine del tiempo, este disco se antoja como un válido manifiesto en favor del riesgo creativo y del valor de juntarse con amigos para darse a la incertidumbre del próximo, desconocido, paso.
Resulta cuando menos paradójico que el álbum en cuestión hoy sea recordado por tan pocas personas, o que al menos de esa sensación. Después de todo, allá cuando hace ya quince años (no me hagan hablar del paso del tiempo) sus tres hacedores decidieron reunirse su alianza creativa levantó más de una ceja poniéndoles cierto hálito de expectativa. Por supuesto, cuando el río suena, agua trae; no estamos hablando de tres desconocidos armando una nueva banda sino más bien de veteranos del ambiente y, lo que lo hace aún mejor, cada uno con una carrera bien diferenciada y particular por derecho propio. Pero dejemos nosotros también de azuzarlos con tanta expectación, pues es probable que desconozcan quienes son los responsables del álbum que hoy les presentamos y resulta cuando menos cruel haber llegado hasta aquí sin contarles, como mínimo, sus nombres. Como decíamos, todo comenzó allá por el hoy lejano año 2000, ya pasada la histeria colectiva por el Y2K y firmemente instalada la idea de que el mundo no se terminaría, al menos por el momento. En ese entonces, más precisamente en mayo de ese año -apenitas pasado el célebre festín del Mardi Gras que tiñe a sus calles de todos los colores del arco iris- la sudesteña y bella New Orleans celebraba una nueva edición de su tradicional festival de jazz y música urbana llamado Jazz & Heritage Festival, que en ese año curaría un viejo conocido de este espacio, el inefable bajista y compositor (responsable de esa deformidad que es Primus) Les Claypool. En ocasión de esta participación tan especial, un mes antes de las celebraciones la organización del festival le sugirió a Les armar una banda ad hoc, a sabiendas de su inclinación prolífica a la hora de conformar proyectos diversos con sonoridades propias para cada uno de ellos. Uno de los primeros nombres que surgió en la cabeza de Claypool -lo que debe ser estar adentro de esa licuadora, hermano- fue el de un espíritu afín con el que había compartido más de un escenario pero por cosas de la vida nunca había tenido la dicha de colaborar, el fenomenal guitarrista de Phish y notable c*l*r*d* Trey Anastasio. ¿Por qué lo eligió? Bueno, además de su amistad, es menester mencionar el gusto particular de Anastasio por diversificar su producción por canales diversos: además de Phish, para el 2000 ya había formado su propio grupo (Trey Anastasio Band), tocado en la Phil Lesh & Phrends del bajista de los Grateful Dead y ampliado su ya descontracturado acercamiento a la música en vivo con varios conjuntos de trashumante formación que integró a la par de su proyecto principal. Quedaba por resolver el asunto no menor de la tercera pata, el percusionista que redondeara la arquetípica formación de rock and roll que conocemos todos. El elegido, al parecer, fue unánime: ambos pensaron en el brillante baterista Stewart Copeland, que hubo alcanzado la fama con The Police pero cuyo currículum en años posteriores muestra experimentos con bandas sonoras y rítmicas africanas (ojo con The Rhythmatist de 1985). Pese a que no lo conocían, lo llamaron y Copeland se copó con la idea. Así que hacia allí fueron, pensando en tocar una sola vez en aquel día de mayo de 2000. Tal fue el suceso de esta teórica presentación única, compuesta casi exclusivamente de material que el trío compuso durante el mes de ensayos que tuvieron, que poco más de un año después y ya bajo el nombre oficial de Oysterhead volvieron a reunirse en las montañas de Vermont para grabar -a pedido de Elektra y en el estudio que Anastasio tiene allí, The Barn- su primer y hasta hoy único larga duración, llamado (como pueden ver en la imagen que acompaña este post) The Grand Pecking Order. Divertido, descontracturado y volátil, el álbum se apoya en la ubicua presencia de un Copeland brillante para vadear entre canciones más pesadas y de rítmicas funkeras (la apertura ”Little Faces”, “Rubberneck Lions”) y momentos de calma acústica que recuerdan a las composiciones más folk de Phish (”Radon Balloon”, “Birthday Boys”), todo como plataforma a un mundo oblicuo de improvisaciones extensas como el que se dio cita en el breve tour que acompañó la salida del disco y que sería lo único que se supo de Oysterhead hasta 2006, cuando volvieron a juntarse para tocar apenas dos veces, una en Bonnaroo y la última en el Allgood Festival de Virginia, tierra natal de Copeland.
No habiendo mayores novedades en el horizonte de esta efímera banda quedemos con la genialidad que produjeron, si les parece.










