Pescado Rabioso Artaud Microfón, 1973 320 kbps. | 71 MB aprox.
Cuando en 1973 Luis Alberto Spinetta cantó, durante un momento álgido de la que podría considerarse su obra cumbre, que “mañana es mejor” lo suyo, más que un mantra o una pontificación, fue una declaración de principios. Después de todo, Pescado Rabioso (la banda que estaba destruyendo en ese momento, de manera consciente y calculada) había coincidido con un tiempo muy turbulento de su vida. Es típico: aquel que es considerado a la vista de otros como complaciente y santurrón busca rebelarse, soltar las ataduras y volar como Ícaro, tan cerca del sol que puede sentirse la carne chamuscada. Eso le pasaba al buen Flaco cuando Almendra se dividió para reinar, con los ramalazos del blues pastoso y volátil de Color Humano y la abstrusa y bella complejidad de Aquelarre pesando sobre él con la dimensión mítica de la espada de Damocles. Luis era considerado como el alma sensible de la perfecta alquimia de Almendra, el chico bueno de clase media que no podía escaparle a su destino colmado de poesía espléndida pero intrincada y una música adorable, dulce, reflexiva. Encontrarse entonces en el seno de La Pesada de Billy Bond, rodeado de tipos que en teoría habían tenido una existencia más dura -y por ende curtían una onda más áspera- que él debió haberle sabido, en aquel momento, como una iluminación. Por supuesto que aunque era visto con estos ojos nadie podía resistirse al inmenso, inacabable talento del Flaco, y fue por eso seguramente que el gordo Billy le abrió deseoso las puertas giratorias de su extraño y convocante colectivo a los albores mismos de este, que fueron también los comienzos de la década del ‘70. Allí, Spinetta se cruzó no sólo con un par de los ex Manal, que mucha onda no tenían con él, sino también con figuras inefables como Pappo, Pinchevsky y, por supuesto, el propio Bond. La utilidad de esta alianza probaría, para él, poseer los providenciales lados contradictorios de la daga mortífera, pues lo expondría a las endurecidas y callejeras estructuras del blues y el rock (que él sólo había paladeado circunstancialmente a través de la avispa de Edelmiro) pero también a la vida caótica y oscura de quienes eran sus intérpretes. Es conocida la anécdota del Carpo pintándole esvásticas al cuarto de Spinetta en un intento mediocre y estúpido por congraciarse con él a través de la única manera que Pappo sabía, la intimidación, pero ese es sólo uno de los aspectos que hicieron a la intrusión del Flaco en La Pesada un momento extraño para él. De la improbable unión queda registrado de forma indeleble en la historia de la música argentina uno de los temas menos conocidos y tal vez más fascinantes del amplísimo corpus spinetteano, la pantanosa y enigmática “El Parque” que adorna el final del lado A del primer álbum del grupo y lo tiene a Luis haciendo la cuenta inicial y manipulando con maestría las cuatro espesas cuerdas del bajo. Por supuesto, las tendencias mostradas en “El Parque” serían las que demarcarían el próximo camino que Spinetta emprendería, partiendo de las bases de esta aventura, y que tan solo un año y pico después destruiría conscientemente con la realización última de que hace falta quemar algunos puentes para ir para adelante. Ese sendero se llamaría, fiel a lo que quería expresar por entonces el Flaco, Pescado Rabioso, y lo mostraría munido de la dureza guitarrera del blues y su esencia voladora y extendida, la que decoraría de manera impecable el primer álbum del grupo Desatormentándonos pero que sería, para él, portadora de un costo humano altísimo, el de su propia salud mental y psíquica que se vio derruida en poco tiempo por el consumo de alucinógenos y una vida dilettante e irregular. Quiso el destino, y su providencial intelecto, que Spinetta se diera cuenta de que no hace falta escaparse de uno mismo y lo escribiera casi a continuación de Desatormentándonos, en aquel biográfico “¡Hola, Pequeño Ser!” que forma parte del segundo disco de la banda, Pescado 2, y en el que clama por retornar al camino de la imaginación y “aprender a vivir de lo que vos pensás”.
Esa es sólo una de las muchas enseñanzas que Spinetta ha diseminado en sus tantos álbumes, listas para que las procesemos y empleemos en nuestras vidas cotidianas, pero es una muy significativa; sobre todo porque lo fue para él. Difícil sería explicar si no que el furibundo y rabioso “Blues De Cris” (”sus ojos al final olvidaré”, clama allí con la acuciante contradicción del alma herida de amor) haya mutado en poco tiempo a la pastoral y conmovedora “Todas Las Hojas Son Del Viento” en la que, enternecido por la novedad de que la Cristina que hacia el ‘69 tuviera ojos de papel, voz de gorrión y pechos de miel fuera ella misma a dar vida le escribe a ella y a su futuro retoño una hermosa canción de cuna en la que, cándido y tierno, le aconseja las mejores maneras de criar un ser sensible y bien amado. Pero también, la sola existencia de este Artaud inimitable y -pese a este intento de ponerlo en palabras- indescriptible es un hecho de ruptura notoria y manifiesta contra ese estilo de vida que amenazaba con dejar marcas imposibles de remover en su prodigiosa mente. Después de todo, en el propio libro del disco admite la que era su visión privada, personal: Pescado Rabioso era, siempre había sido, él mismo. Aunque ataviada falsamente con una máscara de abrasividad y rebeldía sin demasiado sentido, detrás de toda esa idea tan estética como ética yacía el alma providencial del Flaco, esa que con su sensibilidad sin parangón había sabido canalizar el espíritu que nos preexiste en canciones que, sin importar lo poco convencional de su poética y construcción, lograban conectar con el zeitgeist de la época como pocas composiciones podían hacerlo. Esto no era demasiado comprendido por quienes lo rodeaban en ese momento, que en forma bastante literal han admitido no entender las ideas con las que Luis quería continuar su recorrido por la música popular argentina, más enfrascados en una visión entonces contemporánea pero creativamente reducida como era la del rock más pesado, casi blusero. Por eso es que el Flaco se terminó encontrando de cara con la problemática más interesante de las muchas que le tocaron en esos años: quedarse solo. Para un tipo cuya sola presencia, magnética y convocante, era la excusa para que cualquiera deseara compartir y departir con él, esa soledad debe haber sido a la vez un placer y un gran desafío. De aquella encrucijada, tan creativa como existencial, ha visto la luz este, quizás el álbum quintaesencial de lo que se conoce como rock argentino. Se trata, por supuesto, de algo más que un simple conjunto de (hermosas) canciones. Es la mismísima disyuntiva que un Spinetta de apenas veintitrés años tenía con su propia existencia, la que de a poco se le había ido oscureciendo, tomando un cariz opaco allí donde en un momento sólo había luz. Pero como él mismo se encargaría de recordarnos en aquella frase que se nos ha tatuado en la memoria, siempre existe la esperanza de un mañana, y para el Flaco ese mañana tuvo dos expresiones fundamentales. La primera fue conocer al gran amor de su vida, Patricia, que vendrá a llenar ese vacío que todos tenemos en un pedazo del corazón, donde siempre se espera a la pieza que complete el rompecabezas. La otra fue eminentemente social, pues en aquel 1973 se prometía, con el retorno del peronismo, el fin de la violencia por razones políticas en un país que se había visto sacudido con dureza por sucesiones de militares que tomaban el poder sólo para reprimir el pensamiento juvenil y proscribir al movimiento que encabezaba Perón, cuya figura casi deificada y pontificatoria se cernía como la gran ilusión que salvaría al tejido social argentino. Inspirado de manera decisiva por estas circunstancias confluyentes, utilizando las canciones que había venido escribiendo en los albores de este cambio y que sus antiguos compañeros no habían sabido entender, Luis fue convocando a viejos amigos suyos (Rodolfo García, Emilio Del Guercio) y canalizó en su obra la visión rupturista y surreal del poeta francés al que el álbum debe su nombre mediante una brutal combinación de líricas errantes y fantásticas e instrumentaciones tan bucólicas e intimistas como expresivas y enrevesadas. Muchas veces el avenimiento de lo nuevo, en lugar de sumirnos en el abismo de la incertidumbre, respira el vital aire que necesitamos para salir adelante, y eso fue lo que pareció suceder con la vida del Flaco y también con su música. Iluminado por la inminencia de la novedad, Spinetta destrozó de un solo y preciso sablazo todo su sombrío ayer y construyó sobre sus infames cenizas la más hermosa declaración de anhelo y amor que se le recuerde al rock de acá.
Porque sí, sin dudas: mañana es mejor.















