En el tiempo que recuerdo, desde que tengo memoria, al momento de dormir he tenido la oportunidad de recargar la cabeza en muchos objetos, de muy diferentes materiales, tamaños, proporciones y texturas: desde duros y fríos suelos hasta suaves y esponjosos cojines especiales.
De entre todos esos artículos siempre preferí reposar sobre grandes y frescas almohadas que permitieran moverme libremente sin perder soporte ni comodidad. Y de entre todas ellas, mi favorita es aquella, esa blanca que está en la esquina.
Si te soy absolutamente honesto, no recuerdo de dónde salió. Sé que no la compré y también estoy seguro de que no fue un obsequio. Solo sé que una noche al recostarme, como siempre, entre los muchos cojines y mantas que tenía ya dispuestos para ello, caí profundamente dormido; a pesar de no estar realmente exhausto.
Claro que esto no me molestó en lo absoluto. Por el contrario, al sentir la pesadez en mis párpados me dispuse a descansar hasta el día siguiente. Sin embargo, esto no me fue posible.
La más variada y bizarra colección de sandeces visuales y sonoras invadió mis sueños, haciéndome girar de un lado a otro de la cama: sudé, temblé de dolor, ardí en frío, todo tipo de incomodidades me asediaban continuamente de forma incesante. Pero aún con todo eso me era imposible despertar.
Busqué consuelo en los muchos cojines que tenía alrededor, pero resulté completamente privado del privilegio de la calma o algo parecido. Los unos aparentaban estar rellenos de cardos, los otros como cubiertos por glacial hielo y los que no, ardían como los rojos carbones de una hoguera.
Realmente fue una noche terrible, hasta que al fin llegó a mí, como un excepcional hallazgo que vino a otorgarme el don del reposo. Parecía que realmente no tenía ni la menor idea de cómo verdaderamente se siente descansar.
Lo juro, fue simplemente indescriptible. Alguien como tú jamás podría imaginar algo así, ¡ni en cien años! Pero todo tiene un costo según dicen y esta no iba a ser la excepción. Mi primer pago, fue el desplazamiento.
Poco a poco fue apoderándose de mi espacio. Primero no necesité ninguna otra almohada o cojín. Después podía dormir sin un cobertor, cobija o manta.
Las sábanas no tardaron en irse y, junto a ellas, el colchón, sin el cual la base de madera ya no tuvo razón de ser. Creo que es la primera vez que lo analizo y me resulta verdaderamente curioso que lo haga para contarte.
Pero realmente no alcanzo a entender cómo pasé de dormir sin cama a estar sin una casa, incluso sin alimentos o más abrigo que el de mi almohada. Y si te soy sincero, tampoco es como que realmente me cause intriga alguna.
Digo, no es como que “me quite el sueño” este asunto. Es una frase curiosa para usar en esta situación, ¿sabes qué es lo que realmente me quita el sueño?
Irónico, lo sé, pero aún así nunca debí insultarla o expresarme así de ella. Para ser justos, es por culpa mía el no haber podido descansar en estos días.
De hecho, ella ha sido siempre muy amable conmigo. Incluso me explicó cómo evitar que pierda su suavidad, eso sin mencionar que me permite descansar sobre ella.
Lo único que tengo que hacer es mantenerla satisfecha. Si hago eso, no volveré a tener problemas nunca. Es realmente sencillo.
Si se le considera fríamente, es incluso obvio, ¿no? Todos tenemos necesidad de algo para poder funcionar, incluso para existir. Mi necesidad es descansar y ella lo suple. Lo más justo es que yo supla su necesidad.
Tampoco tienes por qué mirarme así, aunque no concuerdes con lo que te digo.
Realmente no me siento muy cómodo contándote todo esto, pero supongo que ya tenemos cierta familiaridad. Es decir, yo estoy aquí lidiando con el desastre que hicimos y tú estás, pues así.
Además, ya te conté mucho ciertamente. Meh, supongo que te comentaré lo que recuerdo. No es mucho en realidad y tampoco es algo que quiera evocar en mi memoria, además se nota que no estás escuchando nada de lo que te digo, es la segunda vez que casi te desmayas.
En fin, hubo un punto, después de alejarme de la pestilente colonia a la que había estado atado hasta el gran descanso, me encontraba justo al centro de mi renovador trance cuando vino un nuevo despertar a mí.
Un agudo y punzante dolor en el abdomen. Era tan intenso que me ardía como una voraz llama de infinito apetito.
Por primera vez en un buen tiempo, tuve hambre, allá aislado, desnudo y totalmente expuesto, pasó. El punzante dolor me levantó, tomé mi almohada, la única posesión valiosa que tengo en esta existencia, y caminé, caminé sin detenerme, avanzando sin rumbo ni guía
No estoy seguro de cómo o en qué momento ocurrió, pero terminé por llegar a la casa de un familiar. Lo juro, aún no sé si por casualidad o ella me llevó allí, solo sé que llegué, era perfectamente consciente de que me iban a recibir, no tenía duda. Me saludaron con muy afectuoso asombro, me hicieron entrar e intentaron averiguar qué había ocurrido conmigo, naturalmente llegué sin anuncio previo y en una de las más deplorables condiciones: semidesnudo, sucio, con raspones, moretones, desnutrido y cargando un pedazo de tela percudidas y pestilente a la que apenas se le notaba su característica forma rectangular. De entre todas las cosas que trataron de inquirir no escuché nada, solo recuerdo el inaudito cansancio que invadió todo mi ser mientras oía su voz, al notarlo amable y prontamente me hicieron entrar en la habitación principal, me recosté sobre la inmensa cama y quedé profundamente dormido sobre aquel inmundamente sucio pedazo de tela, en realidad no tengo idea de cuánto tiempo dormí, solo recuerdo lo que me obligó a despertar.
¿Recuerdas la última vez que pasaste más de una semana sin ducharte? Bueno, es obvio que no, es claro que te bañas cada día, y cepillas frecuentemente tu cabello, eso se nota. En fin, me despertó la incomodidad, la comezón, incluso el olor que despedía mi cuerpo me pareció repulsivo después de un tiempo. Me levanté de la cama, sin vacilar entré en la ducha de la recámara, vaya que disfruté asearme después de tanto, por un momento parecía haber olvidado por completo la almohada, sin embargo , de alguna forma, la sentía cerca. Me vestí con las prendas y perfumes que hallé en los cajones de la habitación, como si no hubiese nada que pudiera quitarme el regocijo, descendí a toda prisa por las escaleras, me dirigía directamente a la puerta principal, dispuesto a disfrutar de la vida, tomar el sol, respirar aire fresco, sentir la lluvia… pero todo eso se esfumó, en un instante, toda la existencia se redujo a ese pintoresco cuadro, ahora la sala tenía mi total atención. Si hay algo que nunca olvidas, es la primera vista
Jamás he sentido o sentiré algo similar, simplemente no existen palabras que expresen cómo es estar en su presencia: tenía que encorvarse, pues su altura siempre es superior a la de lo que lo rodea, enormes músculos perfectamente contorneados brillando aún bajo techo, su piel tan tersa y estirada artísticamente sobre su precioso y exquisitamente definido cuerpo lucía como la más fina porcelana recién pulida por un maestro, escurría sangre por delante de su cuerpo hasta formar un enorme charco a sus pies, podría decir que me estaba dando la espalda, por eso no me notó, por eso siguió. El único sonido que pude percibir en ese momento era parecido al que hacen los chiquillos al devorar una jugosa rebanada de sandía, ese jugoso crunch de cuando el líquido se escurre de sus bocas mientras arrancan un trozo, ¿Lo recuerdas?
Provenía del final de su titánica espalda, entre sus maravillosos y enormes hombros descansaba la almohada, nunca tan blanca y esponjosa como en ese momento, podía apreciar el reflejo de la luz en sus perfectos bordes sin costuras, como un glorioso pedestal sosteniendo la más majestuosa de las reliquias de un antiguo y prominente rey. Quedé absorto en contemplación
Pasé lo que parecieron cientos de millones de siglos observando la majestuosidad de la gloriosa y descomunal figura frente a mí, perdido entre brillos, bordes y fuerza sublimemente remarcada en esa preciosísima y reluciente piel tersa, hasta que mi vista llegó al límite de aquel hermoso paisaje de piel cobriza dando paso a la resplandeciente tela blanca, como los más puros algodones en el campo, esponjosa como las celestiales almohadas con las que uno solo puede fantasear teniendo los pies clavados aquí, al insufrible suelo.Era tan hermoso, hasta esa abrupta interrupción
Pude seguir allí, contemplando la perfecta geometría que se presentaba ante mis ojos durante otros cien mil años, pero un contrastante y mundano líquido rojo irrumpió en mi escrutinio visual, tal fue mi desagrado que fui expulsado de aquella hermosa dimensión de músculos trabajados, poros uniformes y total suavidad visual para hallarme en la más cruel, fétida, desagradable y despreciable dimensión en la que he tenido el disgusto de estar, en esta. Y para colmo, tuve que lidiar con aquella escena
Y… a pesar de que tú y yo, como dije antes, ya somos casi íntimos, jamás creerías lo que te voy a describir: era un comedor como el de cualquier otra buena casa familiar heredada; una enorme mesa de madera perfectamente barnizada y pintada de blanco, 8 sillas con respaldos acojinados y forros de satín, suelo adoquinado, una enorme vitrina con hartos, coloridos y variados juegos para tomar el té, al fondo, la impecable pared color hueso cercaba la vista, todo, absolutamente todo estaba tan inmaculadamente ordenado y limpio como siempre, todo excepto aquella zona llena de restos y manchas, tantas manchas carmesíes que al final, parecían una sola.
Al centro de aquello estaba ella, él, ellos: eso.
Gobernando tiránicamente aquel sangriento cuadro estaba ella (la almohada), él (el majestuoso pedestal de magníficos músculos), ellos, todos ellos, formando eso, como si todos los pensamientos retorcidos de un millón de conciencias turbias se reunieran en un solo ardor, como si todo el apetito de los seres que respiran se hubiese reunido y fuera sostenido por el odio y el remordimiento de los lastimados. Así se sentía estar frente a la criatura
En total, tenía seis extremidades, en la superior izquierda alcancé a ver el brilloso rosado de un pequeño tutú desde el que colgaba una piernita delgada que no terminaba en un pie, más arriba, entre lo que podríamos suponer eran grotescos y abominables dedos colgaba un aún más delgado hilo de carne, quizá alguna vez fue un bracito, un sonido tenue, apenas perceptible salía de esa suerte de monstruoso puño, como el sonido de un pequeño roedor moribundo atrapado en una ratonera de la que no saldrá, millones de veces más angustiante y torturante al imaginar al emisor. No pude prestar atención al resto de puños apretados, de todos ellos se emitían desgarradores sonidos, de los que hieren el corazón en lo más profundo y acrecientan la angustia del alma, al tiempo sangre viva escurría a distintos ritmos, con distinta fluidez, podía notarse que imprimía más fuerza para causar algo de dolor y volvía a soltar, solo a tiempo para no terminar con la agonía de sus víctimas, no es de asombrar el absoluto control que tenía sobre sus majestuosos músculos que trabajaban tan perfectamente sincronizados por separado que parecía tratarse aquello de un enorme y palpitante corazón que absorbía vida y bombeaba crueldad, con el estómago hecho un vuelco, el corazón podrido y la conciencia destrozada, alejé la vista, lo que amplió el panorama.
Aún no alcanzo a comprender lo que acontecía frente a mis ojos, el maravilloso comedor familiar limpio y ordenado que existía en mi memoria quedó permanentemente sustituida por la más terrible visión, tan desgarradora que aún acongoja mi ser cada momento que transcurre. Las variadas salpicaduras carmesí aumentaban en tamaño y presencia hasta que se unían en un inmenso abismo escarlata sobre el cual la increíble criatura aproximaba sus magníficos brazos uno a la vez, hacia la almohada, desde donde se producía ese particular cruncheo del que te hablé hace un momento, al tiempo, los agónicos alaridos incrementaban momentáneamente para después apagarse dolorosamente entre resoplidos y quejidos que se debilitaban cada vez más, pero que aún no se extinguían. Un brazo adulto colgaba del candelabro con un brillante reloj plateado, quizás de un hombre, en contraste una femenina y delgada pierna se encontraba sobre la mesa doblada en forma de “v”, pero evidentemente dislocada hacia afuera, una infantil manita ensangrentada se encontraba con la palma hacia arriba sobre la alfombra, junto a una de las sillas, esparcidas por la habitación se encontraban hediondas vísceras masticadas que moteaban el colorado fondo, de pronto, un pequeño trozo de cráneo con largos y finos cabellos rubios cayó sobre la alfombra alterando por completo el armonioso desgarrar de carne y crujir de huesos, un golpe seco rompió el trance en el que estaba y un mínimo suspiro escapó desde mi espíritu anonadado, eso fue suficiente para que llamara su atención, volteó solo la almohada y clavó sus ojos directamente en mí.
Desde el momento en que mi vista se encontró con su mirada, mi vida terminó, perdí el alma, estoy seguro, algo dentro de mí murió. Jamás podré olvidar ese rostro
La majestuosamente deslumbrante y esponjosa almohada tenía durante ese momento en lo que a partir de ahora llamaré “su cara” un rostro, el más abominable, atemorizante y atroz rostro que un ser vivo podría ver, lo que tú y yo llamamos boca era una abertura en zigzag justo arriba de los hombros, una hilera dentada, no de suave y esponjosa tela, en realidad parecía el más afilado acero blanco, brilloso como delgadas láminas de diamante desde los que se escurría sin vacilar sangre, trozos de delgada carne se encontraban atorados en las comisuras de aquella fatídica cavidad, sin nariz, orejas o cualquier otra cosa visible lo siguiente que encontré fue la imagen que desde ese día está en todo lo que hago, en todo lo que veo, incluso en lo que pienso, como un tatuaje que permanentemente quedó grabado en mi ser. En todo, siempre está su mirada
Líneas curvas, profundas y negras se sobreponían unas en otras hasta formar dos caóticos círculos, desde los que pequeños relámpagos rojizos parecían desprenderse violentamente hacia adentro, para desaparecer en la nada antes de llegar al centro, donde un halo invisible parecía encerrar un incandescente círculo que se agitaba errático tan rápido que parecía no moverse realmente, sentí como observaba todo mi ser, como esos ardientes movimientos recorrían cada átomo de mi existir, al mismo tiempo que exponían los más oscuros y depravados deseos desde el consciente más profundo, pensamientos tan degenerados y despreciables que nunca los habría concebido antes de ese encuentro y que al mismo tiempo, se sentían tan nostálgicos, tan primitivos y familiares que me acongojé, quise escapar de todo aquello, aparté bruscamente la mirada para encontrar, justo a mi lado, un pequeñito e infantil piecito sin dedos, sobre un charco de sangre, no toleré más, me desmayé, vomité, lloré, sudaba a mares, en fin, todos mis orificios excretaron a la vez, nunca me sentí tan inmundo, y lo peor, caí sobre aquel resto.
Antes de desmayarme pensé, por favor no ¿Otra vez?