En el reflejo de tus ojos
Me vi, con mucho dolor, en el reflejo de tus ojos.
En cada mirada, en cada sonrisa, en cada evasión, estuve buscándome.
Buscando dónde había quedado yo después de haberte querido tanto, después de haberte dado lo más limpio de mí como quien entrega agua sin pensar que también puede morirse de sed.
Y fue ahí —mirándome desde tus ojos— que entendí que habías sido mi mejor espejo.
Porque al querer encontrarte terminé encontrándome yo.
Y dolió.
Dolió como duelen las verdades que llegan tarde, como duele descubrir que una no estaba persiguiendo a otra persona, sino las partes de sí misma que todavía no sabía sostener.
En ti vi mis carencias como se ve una herida cuando por fin se le quita la venda.
Vi mi hambre de ser elegida. Mi necesidad de explicación. Mi costumbre de convertir lo mínimo en milagro cuando viene de la persona equivocada.
Vi también mi incapacidad de recibir amor.
No porque no quisiera. No porque no lo deseara. Sino porque nunca he sabido del todo cómo dejar que me quieran sin sentir que tengo que ganármelo primero.
Por eso lo poco que me diste me pareció la octava maravilla del mundo.
Por eso un gesto, una caricia, una noche, un abrazo largo, tu voz diciéndome algo en plural, tu mano buscándome a ratos, me parecían promesas cuando en realidad eran apenas destellos.
Y yo, que siempre he amado con las manos abiertas, me quedé debajo de esa luz como si fuera sol lo que apenas era relámpago.
Cuántas madrugadas salí a hablar con la luna.
Cuántas veces, entre lágrimas y risas, le pregunté qué hice, qué dejé de hacer, por qué no fui suficiente, por qué alguien puede mirarte con ternura y aun así no elegirte.
Y ahora me doy cuenta de la pregunta mal hecha.
Porque no era yo la que no era suficiente.
Eras tú quien no era suficiente para mí.
No para el amor que yo sé dar. No para la forma en que yo me entrego. No para la mujer que necesita presencia, claridad, cuidado, y no migajas envueltas en intimidad.
Pero me tomó meses entenderlo.
Meses de despertarme pensando en ti. Semanas de llorarte en silencio. Días enteros sintiendo que el mundo seguía girando mientras yo me quedaba atrapada en el mismo instante: ese en el que me soltaste la mano.
Porque así fue.
Sentí que me llevabas hasta la estrella más hermosa del universo, como si de verdad fueras a mostrarme un cielo donde quedarme.
Y de pronto me soltaste.
Y mientras yo caía no pensaba en el golpe, ni en la sangre, ni en cómo iba a reconstruirme.
Solo pensaba: ¿por qué? ¿qué pasó? ¿en qué momento cambió tu forma de mirarme? ¿por qué al principio parecía sí y después se volvió no?
Y cuando por fin toqué fondo, tuve que levantarme hecha mil pedazos.
Lo más duro no fue la caída.
Fue descubrir que bajaste como si nada y no volviste la vista hacia atrás.
No te importó el cuerpo roto que habías dejado en el camino. No te importaron las cicatrices que me dejó tu mano al soltarse de la mía. No te importó que yo siguiera treinta pasos detrás de ti, todavía buscando respuestas, todavía creyendo que tal vez el dolor no había sido suficiente para enseñarme que no ibas a sostenerme.
Y aun así, cuando a veces te detenías, yo lograba alcanzarte.
Y cada vez que lo hacía volvía a querer cuidar tu corazón.
Porque había algo en tu dolor que yo podía sentir como propio. Y yo, ingenua, quería curarlo. Quería pensar que con el calor de mi cuerpo, con mi ternura, con mi paciencia, con mi forma de quedarme, podía tocar esa parte tuya que todavía parecía humana, todavía parecía buena, todavía parecía capaz de amar.
Siempre quise creer que no todo estaba roto dentro de ti. Que había una pizca de genuinidad. Un grano mínimo de verdad. Algo lo bastante limpio como para justificar mi permanencia.
Pero era tan poco. Tan poco.
Y a veces una se destruye la vida por quedarse a cuidar una chispa en medio de un incendio.
Hoy lo sé: mil veces me dijiste que no aunque no siempre usaras esas palabras.
Me lo dijiste con tu distancia. Con tu falta de interés. Con tu manera de no buscarme. Con tu silencio después de haberme tenido cerca. Con esa incapacidad tuya de preguntarte quién era yo más allá de lo que podía darte.
Porque esa es otra herida: nunca quisiste conocerme de verdad.
No mi historia. No mis miedos. No la mujer completa. No el mundo que había detrás de mis ojos.
Y yo no quería ser una moda en tu corazón. No quería ser un lugar de paso. No quería ser ese refugio temporal al que uno vuelve cuando le pesa la noche, pero abandona cuando vuelve a amanecer.
Yo quería algo vivo. Algo entero. Algo que no tuviera miedo de nombrarme.
Y sin embargo me quedé.
Porque también sé que soy una persona fácil de querer. Sé que viste en mí algo puro. Sé que supiste, de alguna forma, que yo no iba a lastimarte. Que mi amor era limpio. Que mi presencia era segura. Que mis manos no venían a destruir nada.
Y si en algún momento me quisiste, sé que fue por eso: porque lo que viste en mí no tenía trampa.
Pero también sé que jamás iba a haber un futuro.
Y esa es la verdad que más me costó aceptar.
No porque no hubiera deseo. No porque no hubiera momentos. No porque no hubiera algo entre nosotros.
Sino porque lo que había nunca iba a convertirse en el tipo de amor que sabe quedarse.
Ya pasaron muchos meses y sigo recuperándome de aquella caída libre.
A veces siento que volví a volar y volví a caer.
Pero esta vez fue distinto.
Esta vez ya sabía que podía caer parada y no de cara.
Y quizá eso sea crecer: seguir doliéndose, sí, pero ya no del mismo modo; seguir sintiendo, pero con los ojos abiertos; seguir amando, pero sin volver a abandonarse en el intento.
Hoy entendí que no todos los amores merecen ser vividos.
Que por mucho que yo haya querido amarte, cuidarte, estar ahí, hacerme pequeña para que cupieras, o grande para salvarte, nada de eso iba a cambiar el lugar al que nunca quisiste invitarme.
Quizá vuelva a salir a hablar con la luna de vez en cuando. Quizá vuelva a escuchar esa canción que cuenta tan bien cómo alguien puede cambiar de la noche a la mañana. Quizá tu nombre me siga doliendo en ciertos días del año, en ciertos cafés, en ciertas madrugadas.
Supongo que hay amores que una no olvida.
Y tal vez los más difíciles de olvidar son los que nunca llegaron a nada, los que no tuvieron cierre, los que se quedaron suspendidos como una pregunta sin respuesta o una puerta que nunca se cerró del todo.
Pero hoy, por primera vez, ya no estoy parada frente a ti esperando que me devuelvas algo.
Hoy estoy parada frente a mí, mirándome desde el reflejo de tus ojos, comprendiendo todo lo que hay, todo lo que me falta, todo lo que tengo que aprender y todo lo que ya no estoy dispuesta a negociar.
Por amor a mí.
Eso significa ponerme en primera línea. Saber decir que no. Saber irme a tiempo. Saber discernir entre lo que me enciende y lo que me destruye. Saber que no necesito seguir mendigando claridad donde solo hay ambigüedad. Saber que soy una mujer increíble que merece también a alguien increíble.
Yo no merezco nada a medias.
No merezco una mano que me lleve al cielo si después va a soltarme en el vacío.
No merezco un amor que me haga dudar de mi valor.
No merezco una historia donde tengo que conformarme con lo poco solo porque viene envuelto en alguien que me gusta demasiado.
Merezco lo más bonito.
Porque yo sé amar bonito.
Y esta vez, más que seguir buscándome en tus ojos, quiero aprender a no volver a perderme en ellos.

















