Para mi podrida prometida 2
—Hoy fui a la playa... Te traje esto.
Abrió su mano y mostró las pequeñas conchillas y caracoles. Los dejó en un frasco junto al resto.
—Sé que te gustan, por eso las traje. E..., me parece injusto como me tratas. Todos estos meses... No he hecho más que amarte, que cuidarte, traerte cartas y regalos ¿Que sucedió? ¿A dónde se fue tu amor? Porque tu siempre te quedad callada y estoy cansandome de esto. Quiero que me ames, que me quieras.
El lúgubre silencio del mausoleo fue su respuesta.
—Todos piensan que estoy loco. YO pienso que estoy loco a veces ¿sabes? Los niños me ven y empiezan a correr gritando "¡Ahí va el casi viudo!" Y dime si no es injusto lo que sufro, solo. Completamente solo —seguía sin haber una respuesta—. Dormiré aquí esta noche si no te molesta...
Se quitó el saco y lo acomodó sobre el frío suelo de mármol. Apagó la vela y se acostó en el suelo, junto al ataúd.
Estaba oscuro y la húmeda y helada muerte invadía la habitación de su prometida. No durmió para nada bien. La putrefacción se había infiltrado en su cerebro. Soñó con la muerte misma, con una tumba abierta, con un frío y viscoso beso, que aunque fuese asqueroso, no dejaba de profesar amor.
Sintió una suave y lúgubre caricia que le despertó y un susurro dulce como la miel se perdía entre el rumor del follaje de los árboles.
Supo entonces, que su amada le había escuchado. Se había apiadado de él como siempre hacía. Su corazón se llenó de una felicidad inmensa y volvió a dormir, susurrandole al fantasma cuánto le amaba.
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𝑮.𝑷 𝑴𝒊𝒍𝒐










