Para llegar recorrimos un mar de montañas verdes, neblina, mucha neblina.
En algún momento ya no había nada más alrededor. Vamos llegando a Analco, nos dijeron. Fue como entrar a otro mundo o dejar el mundo atrás.
El fin de las montañas no se ve, la tierra y el cielo se funden.
Una corte de caras sonrientes, muchas de ellas arrugadas vienen a saludarnos.
Cohetes, colores, música.
Ni en mi casa me tratan tan bien, dijo alguien.
Es volver a entrar en contacto con la esencia, la naturaleza, conmigo, con otros, con muchos otros. Un lugar que funciona distinto.
Es vivir y ver el cielo azul de este momento.
Convivencia, comunalidad, coexistencia, compartencia.
El tiempo corre distinto. Todo lo que te rodea se siente cerca aunque no lo veas.
Se escuchan grillos, otros insectos que no reconozco. Un hombre saluda a otro varios metros abajo.
Se escucha la lejanía y al mismo tiempo lo interno resuena fuertemente.
Un perro ladra a lo lejos, machetes golpean troncos, niños juegan, un gallo, un radio con banda, voces lejanas.
Es estar fuera del mundo y estar con lo más elemental y básico de él.
Cordialidad, alguien te deja bañarse en su casa, confianza, sólo hay que jalar la puerta al salir.
Sonreír y saludar a cada persona que encuentras en el camino.
Mujeres y hombres fuertes que conocen su tierra, que la cuidan, que trabajan por ella y la viven. Que te aceptan aunque no seas de ella.
San Juan Evangelista Analco, Oaxaca