Archipiélagos y voluntad de vida / Gladys Tzul Tzul
El COVID-19 ha puesto a la vista dos asuntos fundamentales: a) Que la vida sólo se puede reproducir comunalmente, con trabajo y con formas autorreguladas del uso y propiedad comunal; b) Los horizontes políticos no centrados únicamente en el mercado son más urgentes que nunca. Ambos puntos han sido pensados históricamente, discutidos, actualizados y llevados hasta las últimas consecuencias por mujeres y hombres de las comunidades indígenas.
Importante: lo comunal indígena no únicamente se presenta en torno a discusión de ideas, sino sobre todo en el hacer concreto de mujeres y hombres que viven en estas motivaciones concretas, animadas por experiencias cotidianamente sentidas. La existencia de éstas comunidades indígenas podemos pensarla como un inmenso archipiélago político que vive y se antepone a la totalización del capital y el Estado-Nación en todo el continente. En tanto archipiélago, esas comunidades existen expandidas, en escalas pequeñas e interrumpidas, a lo largo de toda Latinoamérica.
Cuando en las comunidades indígenas se empezó a conocer que “ya venía esta pandemia”, cientos de éstas se enfrentaban abiertamente contra el avance de la ocupación capitalista en los territorios indígenas que buscaba instalar agronegocios o proyectos extractivos; algunas otras comunidades enfrentaban procesos de recuperación de sus tierras que habían sido robadas en dictaduras y guerras; varias organizaban brigadas para apagar el fuego de sus bosques y selvas; también cientos de mujeres luchaban por salvar y recuperar sus ojos de agua; en varios pueblos los comités/cofradías/pasantes organizaban patronales que representan movilizaciones enormes de la economía comunitaria-popular.
Miles y miles de comunidades sembraban —en Mesoamérica y en los Andes, marzo es un mes de siembra del campo. En su pluralidad, las luchas indígenas también lograron poner de cabeza al mundo capitalista. Ahora bien, estas luchas fueron perseguidas, criminalizadas, las han intentado aplacar: Berta Cáceres, Alberta “Bety” Cariño, Tomás Cruz y cientos de miles de mujeres y hombres han sido perseguidas por cuidar los bienes comunes. Antes de la pandemia, se daba pues una existencia vital, tensa, antagónica, entre las comunidades indígenas y el capital. También había un proyecto político que por varios años garantizaría la seguridad alimentaria y la perdurabilidad de vida a ellas mismas y a las ciudades.
Al tiempo que los Estados-Nación comenzaron con sus políticas para controlar la epidemia y emitieron regulaciones de prevención (como el Estado de Prevención, Toques de queda u otras formas jurídicas), también las comunidades se organizaron mediante sus autoridades indígenas para cuidar la vida de sus habitantes. Pero las medidas jurídicas también afectaron la movilidad y la potencia de varios de los procesos de comunidades indígenas y colocó un panorama adverso en lo que se refiere a uno de los mecanismos políticos más fundamentales: la reunión deliberativa en asambleas. Así pues, desde la masiva deportación de comunitarios que trabajaban en Estados Unidos, pasando por el cierre de mercados populares de cuya economía dependen varias comunidades, hasta los ajustes estatales para adquirir nuevos créditos para evitar y prevenir el colapso económico empresarial —descuidando las afectaciones económicas de las personas que viven de su propio trabajo.
Pero dado su alto grado de fluidez social, varias comunidades indígenas lograron actualizarse ante la emergencia. Fueron las mismas comunidades, a través de las autoridades indígenas, quienes crearon sus campañas de comunicación para prevenir la transmisión de COVID-19. La campaña fue realizada en sus propios idiomas. También se inició la activación de mercados comunales donde asignaron la distancia de dos meses por puesto de granos, frutas y verduras. La reactivación de mercados comunales garantizó no romper las cadenas de de abasto alimenticio y, al mismo tiempo, controlar de alguna manera los precios de los productos —esto ha ocurrido en las comunidades de Totonicapán, Guatemala. En Cotopaxi, en el Ecuador, durante el encierro, varias comunidades comenzaron a preparar la tierra para garantizar la soberanía alimentaria y dieron inicio a sus ciclos de cultivo. En Chila de las Flores, Oaxaca, México, varias familias están cosechando tamarindo, verdolagas, elotes, etc.
La pandemia ha mostrado de manera generalizada y en todo el mundo la muerte, la angustia y la ansiedad. La vida comunal también se manifiesta frágil, pero al mismo tiempo sus acciones proyectan energía para reponerse. Las comunidades indígenas tienen voluntad de vivir: los cuidados, las medidas de prevención, las siembras, los mercados comunales, hacen parte también de las tan potentes consignas de que las comunidades luchan por la vida. Tienen una voluntad de vida que existe también en archipiélago.
Gladys Tzul Tzul es socióloga maya k’iche’
Fuente: http://teoretica.org/wp-content/uploads/Archipielagos_GTzulTzul.pdf