Quien se enamora queda presa de una despótica esclavitud y teme que cualquier cosa menoscabe el amor, y su ánimo se siente del todo postrado por la menor sospecha, y el corazón sufre tremendamente en su interior. Los celos de amor le hacen sobresaltarse cada vez que la amada habla con otro, o va de paseo con alguno, o tarda más de lo acostumbrado, porque: "El amor es algo rebosante de ansioso temor". No se atreve a hacer o a pensar nada si va en lo más mínimo contra la voluntad de la amada, porque el amante está siempre temeroso de que ella cambie el gusto o la lealtad hacia él, y ni el sueño ni la vigilia pueden ahuyentar este pensamiento. Quien ha sido verdaderamente herido por la espada de Amor anda constantemente desasosegado por el continuo pensar en la amada, y ya no le hacen feliz ni las riquezas ni honra ninguna o dignidad de este mundo, tanto como el verdadero goce del amor tal cual su alma lo desea. Pues aunque el amante gane el mundo entero, si sufre algún contratiempo o menoscabo en el amor, tendrá todo lo demás por suma indigencia; y pensará no haber pobreza que le pueda agraviar si su amor sigue como él quiere; el amante teme también hacer o decir algo que por cualquier modo enoje a la amada o la inquiete de algún modo. ¿Quién hay, pues, tan necio y loco que anhele conseguir lo que fuerza al hombre a someterse en cruel servidumbre a la voluntad de otro y a obligarse completamente en todo su arbitrio?
Andrés el capellán, Tratado del amor cortés, pp. 167-168.










