White Sands
Autor: Andrew Lakes
Cuando abrió los ojos, estaba en medio de un desierto de arena blanca. Arena que le arañaba el rostro y cada centímetro de su cuerpo que no estaba cubierto por ropa. Ropa que no llevaba la última que recordaba estar despierto, porque eso debía ser un sueño. ¿Cuándo había llevado esa ropa? Se puso en pie, tapándoselo los ojos y mirándose. De su cuello colgaba la acreditación que lo identificaba como estudiante de Comunicación Audiovisual y que había usado por primera y última vez en el Pokéathlon de Velocidad en el que había visto a Misha. Giró sobre sí mismo, buscando un sitio donde resguardarse de la arena sin encontrarlo. Todo lo que se extendía ante él era una inmensidad de arena blanca que no parecía tener fin nunca, y cuanto más tiempo permanecía en el mismo sitio, más se hundían sus pies. Levantó uno y luego otro, despacio, sintiendo que desplazaba kilos de arena con cada uno hasta que los pudo poner sobre la superficie, donde empezaron de nuevo a hundirse por la fuerza de la tormenta de arena. Supo que tenía que andar si no quería terminar sepultado, por lo que eligió una dirección al azar y empezó a caminar, tapándose el rostro con una mano. De nada servía para evitar la sensación de miles de pequeños cristales golpeándole la piel y rascando cada vez más hasta hacer herida. Por más que andaba, en lo que daba la vista no aparecía una montaña, una casa, nada que le permitiese resguardarse. Tras lo que le parecieron horas las piernas comenzaron a fallarle y terminó cayendo de rodillas. Sentía la piel en carne viva y cuando las heridas tocaron la arena fue como si le estuviesen marcando con un hierro ardiendo. La arena lo empezó a cubrir, poco a poco, hasta que lo sepultó por completo. Durante unos minutos, todo lo que escuchó fue el aullido del viento arrastrando la arena por encima de su cabeza. El dolor desapareció, el calor también, y sólo quedó paz. Hasta que una mano lo agarró del pie y tiró hacia abajo. Y luego otra, de su mano, y de repente estaban estirando para todos los lados de él en medio de un vacío oscuro lleno de risas burlescas y sonidos de papel arrugándose. La ropa se le hizo jirones en los extremos, y cuando el último sonido de tela rasgada se apagó, todo volvió a la calma. El negro a su alrededor poco a poco fue adquirieron color y forma. Bajo sus pies se extendía un suelo de madera clara. Estaba en una habitación grande de paredes claras y grandes ventanales con vistas a una extensa pradera verde. En el centro de la sala una chimenea que no hacía ruido ninguno. Todo estaba en el más absoluto de los silencios, sin el crepitar del fuego ni el sonido de sus pasos cuando empezó a moverse perturbando el aire que olía a limón, dama de medianoche y papel antiguo. Se acercó a la chimenea y se sentó delante. Hay una calma impresa en ese espacio que hacía que su corazón se relajase y su pecho se abriese absorbiendo más aire, ayudándole a olvidar lo mal que lo había pasado apenas unos minutos atrás. Las llamas tenían un efecto hipnotizante, danzando ante sus ojos. En ellas podía ver su reflejo y, a veces, sombras oscuras. Sombras que parecían emergidas del pasado y lo empujaban de nuevo a un lugar tan oscuro como aquel del que acababa de salir, y por mucho que Drew quería alejarse de ellas, una fuerza superior a él le tiraba hacia delante hasta que estuvo completamente dentro del fuego. No quemaba, pero toda la calma que había sentido hacía unos instantes se había esfumado. Ahora el aire olía a nieve y avanzar entre las llamas parecía ser como avanzar en un paisaje nevado: difícil, cansado y poco productivo. Las sombras que lo había arrastrado al fuego se evaporaron dejando tras de sí sólo humo y el sonido de unos pasos más pesados y rápidos. Drew se giró. Hordas de personas imposibles de reconocer lo perseguían, primero despacio pero cada vez más rápido. Se puso a correr sin darse cuenta, sintiendo de nuevo la arena del desierto levantándole la piel del rostro. Estaba solo, corriendo contracorriente sin un fin claro. Sabía que existía uno, pero no conseguía alcanzarlo, por más que corría y corría. Los pulmones empezaban a dolerle, las plantas de los pies le ardían. Quería rendirse pero había algo tirando de él. La visión, lejana, de una casa. Un sitio donde resguardarse de todo, al fin. —¿Misha? —jadeó. Aparecido de la nada, a escasos metros de aquella casa —¿Cuándo había pasado a estar tan cerca?— estaba su mejor amigo. No lo miraba, ni siquiera parecía mirar a algún sitio en particular. Su mirada estaba perdida y su cuerpo, muerto. Drew buscó mirarlo a los ojos, sin éxito. Intentó empujarlo, pero era como una roca. Las sombras habían cesado en su persecución y estaban tan cerca, tan cerca de aquella casa que parecía su salvación, que el haberse detenido le estaba quemando la garganta. Quería llegar allí y, sin embargo, la sensación de que no lo iba a conseguir le estaba drenando todas las fuerzas. Vio a Misha abrir la boca, y sólo por eso supuso que las palabras que llegaron distorsionadas a sus oídos las pronunció él. T̶͔̞̭̥̦̽̐̇̾ë̸̜̟͍̋͂́̃͂̿̍͘͝ ̶̳͓͠͝l̵̬̯̠̫̼̖̬̺͖̠̦͎̊̓͑̽́̇͂̂̉͘͜ͅò̵̤̥̩̠̝̙̯̥ ̴̨̛̯̹̹̠͍͓̤̗̩̝͈̗̄͆̌̅̈́̀̇̑͋́̍͌͠͝h̸̹͚͛̓͑̌ą̸̡̛̗̳̺͙͕͆̆͊̎́̿͑̿̀̑̇͌̚͘ş̵̙͚̰̻̦̱̺̮̔͗̑̓̑̏̏͒̈̓̚ ̴̗͓͉̄̈͆͐͛́̓̑͊̂͐͌̀̑̃b̵̡̨̛̛̖͔̳̩̮̤͖̘͂̎̂͆̐̐̑̽̇̽̽͝͠ͅṳ̷̧̡̡̦̬̝̟̳̗͛͜s̸̨̨̨͎̘͔͇̘̹̤̘̦̰̬͗c̶̝͓̙̰̠͉̫̲̾̓̔͒̚a̵̩͓͉͍̣̱̠͊d̵̨̧̘̙̺̥̰̘̜͍̟̟̭͙͆̄̈͒͛̃͑̍̃͗͒̕͝ơ̷̧̞̙͇̲̥̘͐̀͌̔̉̊͗̈́͒͋͐
Como a cámara lenta, vio a Misha alzar una mano en la que sujetaba un arma y cómo la apuntaba directamente hacia él. Dio un paso atrás y alzó las manos. La voz no le salía y la respiración amenazaba mandarlo al suelo de una taquicardia. —Misha-Misha —consiguió pronunciar, con la boca seca—, ¿qué haces? El sonido del disparo lo acompañó incluso después de despertarse. El techo de su habitación, salpicado de pintura que brillaba en la oscuridad, lo recibió oscuro. El reloj sobre la mesita de noche marcaba las cuatro y cuarenta y tres de la mañana. Dejó caer la cabeza sobre la almohada y suspiró, buscando a Cam con la mirada. La mimikyu lo observaba desde los pies de la cama con el disfraz de cottonee que le había hecho hacía dos días y del que no se despegaba. Suspiró de nuevo y se llevó las manos al rostro. Sintió contra los dedos algo viscoso y cálido se levantó de un salto, asustando a Cam sin querer. A tientas, corrió al baño y encendió la luz, dejando sin saberlo una mancha escarlata en el interruptor y parte de la pared. Un reguero de sangre escarlata le caía desde el medio de la frente, rodeándole la nariz y atravesando los labios hasta perderse en el cuello y la camiseta que usaba para dormir cuando el frío comenzaba a colarse en los dormitorios de la universidad a pesar de la calefacción. El borde ya estaba granate de la sangre seca, y Drew se la quitó, prácticamente se la arrancó, usándola para limpiarse la cara, aunque consiguió poco más que esparcir la sangre por todo su rostro. El sabor del hierro le inundó la boca y le dio ganas de vomitar. —Es sólo un sueño —se repitió para convencerse a sí mismo, echándose agua a la cara y frotando la pastilla de jabón entre sus manos para lavarse. Se secó con la camiseta, sólo para no manchar la toalla también si no se había lavado bien. Cuando volvió a mirar su reflejo ya no había rojo en él—. Sólo un sueño, Drew. Es sólo un sueño. Con pasos temblorosos, volvió a la cama y se sentó en el borde. Miró la pokédex, que descansaba con la pantalla en negro sobre el escritorio, esperando un mensaje de Misha que sabía que iba a llegar. Un poco tarde, recordó que Misha, a todos los efectos, ya no estaba en su vida.












