Si viviéramos más vidas aparte de la nuestra, seríamos capaces de tener perspectivas más justas del mundo que nos rodea. Es decir, nuestras opiniones y visiones, es necesario decirlo, son miserables y carentes, y sé que esto suena tajante y prepotente, sin embargo, es totalmente verdadero, y me atrevo a decirlo pues así de miserable y carente es la dinámica de sociedad en la que nos hemos inmerecido.
La realidad aquí en este cuarto en el que crecí hasta mis 23, no es la misma si quiera a la que vive aquí mi padre en el cuarto de a lado. Y este ejemplo es tan frágil, tan estúpido quizá, pero bueno, tenemos que empezar desde lógicas muy básicas para acercarnos a los temas gordos.
Qué coño nos hace sentirnos capaces de creer en un concepto y dar lecciones a los otros, cuando nuestra realidad es tan reducida como el campo de visión del par de ojos que cargamos todos.
El mundo que asumimos no existe. No existe mi mundo ni el de nadie. Existen todos. A la vez el de nadie. Ese es el tema.
Esta sociedad no existe. Menos, diría, lo menos de menos, la red social que sostenemos en la virtualidad. Y bueno, en ellas estamos sostenidos hoy. Todos. Toda la humanidad.
De acuerdo, los imaginarios sociales, los constructos colectivos, son propios de la humanidad, son necesarios y adaptables por nosotros mismos. Pero ahora estamos sobre imaginarios creados en redes imaginarias dentro de un mundo virtual imaginario. Vaya, estamos sobre nada.
Apunto a eso este declive. Las personas no observamos, scrolleamos, somos una imagen que amontona reacciones, y las reacciones del otro lado, son otras, y vemos y creemos mentiras al por mayor como nunca antes, como en ninguna otra dictadura estamos bajo la imposición autoritaria de un mundo, y en realidad, ni siquiera es el mundo. Es el mundo de la nada.
Caemos en la ilusoria falsedad de que estamos viviendo, cuando solo estamos siguiendo un hilo de consumo y estímulos, y por eso muy pronto caemos en el sin sentido, y todos lloramos y nos deprimimos, y continuamos el camino, trazado sobre la nada, andando como si supieramos algo, como si el de un lado nos debe algo, cómo que algo de lo que juzgamos debe ser juzgado, cómo que algo de lo que nos ponemos felices, hace más feliz el mundo.
No.
Lo real está del otro lado de lo que podemos alcanzar. Yo diría que nos acercamos cuando convergemos con lugares y personas fuera de nuestro límite imaginario. Justo ahí quizá dónde más te incómoda estar, con la gente que no entiendes y te molesta, cuando no entiendes por qué estuviste en ese momento. Quizá donde nadie te entiende y nadie te escucha y decidiste a la primera irte, quizá era sólo tú momento de callarte y escuchar.
Cierto es que no hay manera de comprar un boleto con destino a otra vida, pero siempre que viene lo otro, nuestro supuesto yo se activa, y tenemos que defendernos y redefinirnos, mostrar nuestra razón de ser, de imponernos una y cuántas veces, porque nosotros somos nosotros y no podemos dejarnos ser otros.
Entonces, ¿Cómo?
¿Cómo vamos a lograr esa macro empatía escencial para salvarnos todos de este destino de la humanidad en declive? El fin de lo humano en los humanos ha llegado, y nosotros seguimos buscando quién tiene la razón.
Lo real es que yo estoy aquí en esta cama con un abanico en el techo gastando electricidad todo el día que eventualmente con el salario pagaremos; y al mismo tiempo en una casa de cartón y basura montada a la orilla de la presa en Ensenada, duerme oliendo moho y humedad mi alumno de 14 años que ha quedado huérfano el año pasado.
Lo real es, pues, que la realidad real no existe, lo que tenemos es un par de ojos que no sirven para palpar, respirar, sentir lo que vive el otro, y entre más nos sujetamos a esos dos ojos, más disminuye nuestra capacidad de ver en realidad.












