El sonido de su celular se escuchaba lejano y se mezclaba en sus sueños. ¿Estaba realmente sonando o era parte de estos? La clásica música sonaba y volvía a sonar hasta que Anton cayó en cuenta que era real y no parte de sus sueños. Abrió sus ojos, los que enseguida se posaron en el reloj de su velador. ¿Quién se atrevería a llamar a las cinco de la mañana? Prendió la luz de la mesita y torpemente tomó el celular, haciendo que por fin el molestoso ruido dejara de sonar.
— ¿Si? —preguntó aún algo dormido.
— Anton, perdóname. No te llamaría si no creyera que es importante —escuchó un notorio acento británico y pudo identificar que era su tía Jazzie.
— ¿Qué pasó? —preguntó, esta vez ya más despierto.
Se apoyó por completo en el respaldo de su cama y tiró los mechones de cabello hacia atrás, despejando su frente.
— Tu madre. No sabemos dónde está —con esas palabras del otro lado de la línea Anton sintió que su corazón dejaba de latir. ¿Qué acababa de escuchar? — Fui a comprar el desayuno y al volver no estaba.
— ¿Qué? ¿Qué me estás diciendo? —preguntó Anton con impotencia, sin saber qué hacer a tantos kilómetros de distancia. — ¿Y su celular? ¿La llamaron?
— Sí. Lo dejó acá. Ya llamamos a la policía pero ya sabes cómo es. No pueden hacer nada si no han pasado más de 24 horas. De todas formas nos dijeron que estarían atentos a si la ven.
Anton dio un fuerte golpe contra el colchón, maldiciendo para sí mismo. ¿Qué podía hacer desde Nueva York? Nada, absolutamente nada.
— ¿Hace cuánto rato que no la has visto? —preguntó, sintiendo que aquella pregunta no era para nada crucial pero queriendo entender un poco más todo lo que había sucedido, queriendo unir las piezas del rompecabezas.
— Salí de casa a eso de las ocho de la mañana. Fui a comprar al mercado cerca de tu casa ya que tu madre quería comer una tarta que solíamos comer cuando éramos pequeñas. Últimamente ha estado hablándome mucho de eso una y otra vez, así que quería sorprenderla y cuando volví hace como una hora, no estaba —contó Jazzie con la voz temblorosa. — Cariño, todo va a estar bien. De seguro salió por algo y olvidó llevar su celular —agregó, una forma para mantener más calmado a Anton.
— Jazzie, bien sabes que le pedí que siempre llevara su celular. ¿Ves que está extraña? Por eso fui a verla. Me insistió que todo estaba bien y que yo estaba exagerando pero esto no es normal.
— No, Anton. Tienes razón. Está diferente, se está comportando de una forma muy extraña —su tía, del otro lado de la línea finalmente había entrado en razón.
Anton había viajado a Inglaterra hace una semana y media tras sospechar que su madre andaba diferente. Sí, podía verse como un gesto exagerado pero él siempre había sido demasiado aprensivo con su madre. Durante su estadía en Essex todo parecía tranquilo y normal, su madre había tenido alguna que otra actitud que llamaba la atención de Anton pero nada de lo que debía temer. Pero, tras ese llamado el británico estaba nuevamente dudando y toda esa tranquilidad que había vuelto en él desapareció rápidamente. Algo no estaba bien con su madre y esa era la prueba.
— Jazzie, por favor. Mantenme al tanto. Yo voy a hablar con mis amigos de allá para que estén alerta por si ven a mi madre en las calles —le pidió. — Cualquier cosa me llamas, ¿si?
Lo primero que hizo al colgar la llamada fue escribirle a todos sus conocidos de Essex, pidiendo que en caso que vieran a su madre por favor la buscaran y la llevaran de vuelta a su casa. En Colchester todos se conocían, así que con un par de mensajes enviados podía asegurarse que la gente estaría al tanto.
“La encontramos”, fue el mensaje que pudo ver cuando su pantalla del celular se encendió. Con ese simple mensaje sintió cómo su respiración se normalizaba y su corazón volvía a latir a un ritmo decente.
“Jazzie, por favor lleva a mi madre al neurólogo, esto no es normal”, tecleó Anton y acto seguido buscó en internet un pasaje para volver a Inglaterra. Esta vez seguro con que no estaba exagerando.