|| Miércoles 14 de julio, 12:25hs | Estación 19 de Bomberos, Brooklyn ||
Desde las nueve de la mañana que la brigada B había relevado al anterior turno, comenzando con su guardia de 24hs. El único integrante que no se había presentado fue Ian Anderson, llamando la atención de todo el equipo sobre todo porque el lunes tampoco había aparecido ni mucho menos avisado que no iría. Aquel detalle nada mínimo comenzaba a inquietar al grupo; el capitán y todo el resto conocía su condición, y hasta el momento había tenido el reporte positivo tanto del psiquiatra del bipolar como de la terapeuta de la fuerza, que lo consideraban apto para trabajar. Sabían que eso podía cambiar en cualquier momento pero no supieron advertir las micro señales para ver venir el desequilibrio de Ian y darle una mano antes de tiempo. Más que nada porque Ian era conocido allí por ser reservado y silencioso la mayor parte del tiempo, a excepción de algunos compañeros con quienes tenía más confianza e intimidad compartida; ni así ellos pudieron identificar que no estaba pasando un buen momento, hasta que comenzó a faltar a las guardias.
El mediodía llegaba y junto a él, Ian a la estación. Tres horas después, con el rostro alborotado de quien despierta muy tarde para presentarse a tiempo al trabajo pero con la desesperación suficiente como para presentarse, ante el miedo de que lo echasen por ser la segunda vez.
Salió tan rápido de su departamento que ni siquiera había planchado el uniforme, a sabiendas de que en la Estación eran muy exigentes ante la más mínima arruga en la ropa. Un señal nada menor de cómo estaba, era que vestía el uniforme de invierno, con tal de hacer caso omiso a las grandes marcas que la anterior noche se había infringido. Además, debajo de sus ojos tenía dos lamparones grises que indicaban que no estaba en su mejor forma.
Al entrar al edificio, supo que no todos estaban allí. Aparentemente sólo había salido el camión, sin el capitán, entonces estaba él en la estación y otros dos compañeros que aquel día estaban dedicándose a la ambulancia; entre ellos, su amiga Vic.
—Hey, mira quién se decidió por aparecer —dijo jocosamente la morena, quien enseguida reparó de su torpeza.
Ella estaba cargando con una caja repleta de packs de higiene para llevar a personas en situación de calle. Como estaban en la recepción -ya que Ian no se animó a ir más lejos-, dejó sobre la caja sobre un escritorio antes de acercarse a él. La expresión femenina fue mutando a medida que se le acercó y lo observó en más detalle: la sonrisa fue desapareciendo en cuanto vio la mirada de Ian -que normalmente era apacible- algo desencajada; también notó las ojeras y luego el uniforme de invierno al cual señaló y recorrió con la mirada.
—Anderson… Tienes todos los números para...
—Ya sé —se limitó a decir él tajante, encuadrando la espalda, procurando engrandecerse a pesar de que Victoria había dicho todo sin decir nada —. ¿Dónde está el capitán?
—Cargando otra caja, ahora baja. Dime, ¿no tenías limpia al menos la camiseta de verano? Estás sudando.
Él eligió no responder a eso. De hecho la ignoró enteramente, negándole la mirada que ancló sobre la escalera donde pronto vería bajar al capitán. Al igual que Vic, la expresión del hombre fue endureciéndose pero no dijo nada. Tan sólo dejó la caja en el suelo en cuanto llegó a la planta baja y se metió en su oficina, indicándole con un dedo que lo llamaba dentro para hablar.
—¿Me quieres explicar qué demonios ha pasado estos días? Ni siquiera avisaste que no venías —comenzó diciendo el mayor una vez cerrada la puerta, aunque vería a Vic merodeando cerca con intenciones de escuchar qué hablaban. Ambos se dirigieron al escritorio, sentándose uno en frente del otro.
Ante la pregunta, Ian sólo se encogió de hombros, lo cual podía leerse como un desacato.
—¿Qué significa eso? —el capitán se encogió de hombros exageradamente, para demostrar a qué se refería.
Todos allí tenían una relación prácticamente de familia. El vínculo iba más allá de estar al servicio de la gente en situaciones críticas o hacer trabajo comunitario; era prioridad máxima cuidar la espalda de los suyos. Sin embargo, cuando las circunstancias ameritaban la muestra y el respeto por la autoridad, no había tonos grises. Lo que estaba haciendo Ian -en lo absoluto a conciencia- era alarmante.
—No me sentía bien, capitán.
—Entonces llamas y dices que no te sientes bien. Traes un certificado médico, como mínimo. Hay gente que depende de este equipo mientras tanto y tenerlo desarmado no es tan sencillo como crees. ¿Podemos reemplazarte? Claro, en los papeles. Pero en verdad no, no podemos reemplazarte, porque eso significa confiar en quien tampoco confía en nosotros. Este lunes Richardson fue un desastre.
La mirada celeste de Ian bajó al escritorio pero no por eso dejó de mostrarse rígido frente a esa especie de sermón. Lo último lo llevó a querer reír pero hizo esfuerzo por contenerse en hacerlo. La historia le demostraba una y otra vez que era fácilmente reemplazable pero ahí lo romantizaban. No le parecía para tanto.
—Ian, ¿estás bien? ¿Puedes trabajar?
La inesperada dulzura del capitán estuvo a punto de inspirarlo a ser lastimosamente honesto; en cambio, alzó sus ojos celestes para atravesar los del capitán con una necesidad desesperante cuando notó a lo que iría con esa pregunta.
—Yo pregunté si puedes, no si necesitas. Te ves… hecho un desastre. No puedo tener en medio del fuego a alguien que puede ponernos en peligro a todos.
La última frase impactó en Ian como un dardo venenoso al corazón. Toda esa dureza pretenciosa que sostuvo durante aquellos minutos mutó a una expresión de enojo que sólo era la máscara para una profunda angustia.
—Puedo trabajar, claro que no pondré en peligro a nadie.
—¿No? ¿Y cómo es que desde aquí huelo que estuviste bebiendo?
Esa pregunta fue en puntapie para que la desesperación empezara a picarle el pecho a Ian, tanto que no se puso límites cuando llevó una mano cerca de la boca para poder oler su aliento.
—Bebí anoche, n-no… —comenzó a titubear, sintiendo la ansiedad de tener el foco en él ir subiendo vertiginosamente.
—No puedes trabajar, aunque lo necesites. No así. Llamaré a la terapeuta para que te evalúe pronto pero al menos esta semana ni te aparezcas.
Que el capitán le alzase una mano en señal de que no admitía caprichos, reproches y ni siquiera una respuesta, fue suficiente para que Ian fuera la perfecta combinación de la ira y la tristeza encontradas. Su rostro entero se crispó con una desesperanza indisimulable cuando el hombre levantó el auricular del teléfono y se dispuso a marcar para contactar a la terapeuta que tenían en la fuerza, esa que lo evaluaba todos los meses para hacer informes que dieran cuenta que Ian estaba en condiciones para trabajar. No alcanzó a hacerlo porque el impulso del bipolar fue más veloz y se estiró a través del escritorio para cortar el llamado.
—Puedo estar en la recepción, no iré a ningún llamado pero por favor no me quites esto —la dignidad, Ian la perdió en el camino. Lo observó a los ojos helados con los suyos inyectados del ruego que pronto se transformaría en lágrimas acumuladas —. Por favor, necesito esto para estar bien —luchó y falló en el intento porque su voz no temblequeara.
—Pues no lo estás cuidando —replicó fríamente su capitán, que adoptó una actitud defensiva porque veía que Ian estaba intransigente e impredecible.
—Juro, juro que podré con la recepción, por el tiempo que consideres —rogó Anderson, quien aún tenía su dedo apretando el botón que cortaba con la llamada.
Ese sencillo y fuerte límite terminó por desbandar al bipolar que pasó, de inmediato, del ruego y la angustia a patear con fuerza el escritorio. A través de ese golpe que acabó moviendo un poco el mueble, se puso de pie y en marcha, sin atreverse a mirar atrás a pesar de que Victoria lo llamase a lo que él abandonaba la estación.