El “principio platónico de la unidad de los sexos”, que establece que hombres y mujeres somos iguales, saca de escena el “principio aristotélico de la polaridad de los sexos”, que dice que las mujeres somos inferiores a los hombres, y que se instala en las universidades del siglo XIII en reacción a pensadoras del siglo XII que sostenían la diferencia, no la desigualdad, entre mujeres y hombres. Algunas místicas y beguinas del siglo XIV retoman el principio de las pensadoras del siglo XII y la represalia masculina las transforma en las primeras mujeres quemadas como brujas. Este fenómeno de reemplazar el principio aristotélico por el platónico, comienza antes de la modernidad, también en el siglo XIV, a propósito del movimiento cultural que se conoce como “humanismo”.
Lo importante es que, paulatinamente, con el paso de los siglos, el principio platónico, considerado progresista respecto del aristotélico, se confundirá con las luchas modernas por la igualdad entre los sexos, y esta confusión, al día de hoy, es promovida por todo Estado moderno de derecho y por el “feminismo de estado”. En consecuencia, (…) [se] afirma que mujeres y hombres somos iguales, lo que se ha traducido en la homologación de las mujeres respecto de los hombres. También reposan este principio y la homologación en palabras como “persona”. El costo para nosotras es grave, porque este principio, propuesto por Platón en la Grecia clásica del siglo IV antes de la era cristiana, implica claudicar de nuestro origen materno y de nuestras genealogías femeninas, quedando inseridas en la tradición de pensamiento masculina. Esta claudicación nos resta independencia simbólica y autonomía psíquica respecto de los varones, sus instituciones, ideologías, creencias, sistema de valores, etc., en consecuencia, nos deja proclives a sus interpretaciones de la realidad, en especial a sus interpretaciones, proyecciones y fantasías sobre nuestras vidas. Nos deja sin suelo firme donde echar raíces y florecer con colores propios y vivos, más bien quedamos flotando en un desorden simbólico que nunca llega a puerto. Y uniendo esto a lo que plantea Mercedes Bengoechea, contribuye a nuestra reificación.
Franulic, Andrea. “Sobre El Uso De La a Como Género Gramatical Femenino.” Feministas Lúcidas, feministaslucidas.org/index.php/2026/05/22/sobre-el-uso-de-la-a-como-genero-gramatical-femenino/?fbclid=PAdGRleAR-0BFleHRuA2FlbQIxMQBzcnRjBmFwcF9pZA8xMjQwMjQ1NzQyODc0MTQAAaerMSfoX97hKZl9K_kydgVLUiZhMcxBO88vAiVGnKpjbeGMTta8ullldXeH3g_aem_bp6MWImN7BvZrZi-UEjoVg#sdfootnote4sym.