Elementos (2023)
Elementos. Dirigida por Peter Sohn, Pixar Animation Studios / Walt Disney Pictures, 2023.
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Elementos (2023)
Elementos. Dirigida por Peter Sohn, Pixar Animation Studios / Walt Disney Pictures, 2023.
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Elementos. Dirigida por Peter Sohn, Pixar Animation Studios / Walt Disney Pictures, 2023.
El “principio platónico de la unidad de los sexos”, que establece que hombres y mujeres somos iguales, saca de escena el “principio aristotélico de la polaridad de los sexos”, que dice que las mujeres somos inferiores a los hombres, y que se instala en las universidades del siglo XIII en reacción a pensadoras del siglo XII que sostenían la diferencia, no la desigualdad, entre mujeres y hombres. Algunas místicas y beguinas del siglo XIV retoman el principio de las pensadoras del siglo XII y la represalia masculina las transforma en las primeras mujeres quemadas como brujas. Este fenómeno de reemplazar el principio aristotélico por el platónico, comienza antes de la modernidad, también en el siglo XIV, a propósito del movimiento cultural que se conoce como “humanismo”.
Lo importante es que, paulatinamente, con el paso de los siglos, el principio platónico, considerado progresista respecto del aristotélico, se confundirá con las luchas modernas por la igualdad entre los sexos, y esta confusión, al día de hoy, es promovida por todo Estado moderno de derecho y por el “feminismo de estado”. En consecuencia, (…) [se] afirma que mujeres y hombres somos iguales, lo que se ha traducido en la homologación de las mujeres respecto de los hombres. También reposan este principio y la homologación en palabras como “persona”. El costo para nosotras es grave, porque este principio, propuesto por Platón en la Grecia clásica del siglo IV antes de la era cristiana, implica claudicar de nuestro origen materno y de nuestras genealogías femeninas, quedando inseridas en la tradición de pensamiento masculina. Esta claudicación nos resta independencia simbólica y autonomía psíquica respecto de los varones, sus instituciones, ideologías, creencias, sistema de valores, etc., en consecuencia, nos deja proclives a sus interpretaciones de la realidad, en especial a sus interpretaciones, proyecciones y fantasías sobre nuestras vidas. Nos deja sin suelo firme donde echar raíces y florecer con colores propios y vivos, más bien quedamos flotando en un desorden simbólico que nunca llega a puerto. Y uniendo esto a lo que plantea Mercedes Bengoechea, contribuye a nuestra reificación.
ANDREA FRANULIC
Franulic, Andrea. “Sobre El Uso De La a Como Género Gramatical Femenino.” Feministas Lúcidas, feministaslucidas.org/index.php/2026/05/22/sobre-el-uso-de-la-a-como-genero-gramatical-femenino/?fbclid=PAdGRleAR-0BFleHRuA2FlbQIxMQBzcnRjBmFwcF9pZA8xMjQwMjQ1NzQyODc0MTQAAaerMSfoX97hKZl9K_kydgVLUiZhMcxBO88vAiVGnKpjbeGMTta8ullldXeH3g_aem_bp6MWImN7BvZrZi-UEjoVg#sdfootnote4sym.
La continua presencia de los sexos y la de los esclavos y los amos provienen de la misma creencia. Como no existen esclavos sin amos, no existen mujeres sin hombres. La ideología de la diferencia sexual opera en nuestra cultura como una censura, en la medida en que oculta la oposición que existe en el plano social entre los hombres y las mujeres poniendo a la naturaleza como su causa. Masculino/femenino, macho/hembra son categorías que sirven para disimular el hecho de que las diferencias sociales implican siempre un orden económico, político e ideológico. Todo sistema de dominación crea divisiones en el plano material y en el económico. Por otra parte, las divisiones se hacen abstractas y son conceptualizadas por los amos y más tarde por los esclavos cuando éstos se rebelan y comienzan a luchar. Los amos explican y justifican las divisiones que han creado como el resultado de diferencias naturales. Los esclavos, cuando se rebelan y comienzan a luchar, interpretan como oposiciones sociales esas presuntas diferencias naturales.
Porque no hay ningún sexo. Solo hay un sexo que es oprimido y otro que oprime. Es la opresión la que crea el sexo, y no al revés. Lo contrario vendría a decir que es el sexo lo que crea la opresión, o decir que la causa (el origen) de la opresión debe encontrarse en el sexo mismo, en una división natural de los sexos que preexistiría a (o que existiría fuera de) la sociedad.
MONIQUE WITTIG
Wittig, Monique. “La categoría de sexo”. El pensamiento heterosexual y otros ensayos, traducido por Javier Sáez y Paco Vidarte, Editorial EGALES, 2006, p. 22.
¿Por qué su país seria así, tan largo y angosto? Claro, ahora recordaba: estaba apretado entre el mar y la montaña.
ALICIA MOREL Y MARCELA PAZ
Morel, Alicia y Marcela Paz. Perico Trepa Por Chile. 1978. 9ª ed., 2010, p. 19.
Björk expresa que cuanto más creemos a partir de nuestros deseos, sin pensar en lo que opinará el resto, más auténticos y del gusto de los demás seremos.
"Björk." Planet Rock Profiles, temporada 3, episodio 6, Noise Network / Castle Music Pictures, 2001.
Decir que los hombres heterosexuales son heterosexuales es solo decir que tienen relaciones sexuales (follando exclusivamente con el otro sexo, es decir, con mujeres). Todo o casi todo lo que pertenece al amor, la mayoría de los hombres heterosexuales se reservan exclusivamente para otros hombres. Las personas a las que admiran, respetan, adoran, veneran, honran, a las que imitan, idolatran y forman apegos profundos, a quienes están dispuestos a enseñar y de las que están dispuestos a aprender, y cuyo respeto, admiración, reconocimiento, honor, reverencia y amor desean... son esos, abrumadoramente, otros hombres. En sus relaciones con las mujeres, lo que pasa por respeto es la amabilidad, la generosidad o el paternalismo; lo que pasa por honor es la expulsión al pedestal. De las mujeres quieren devoción, servicio y sexo.
La cultura masculina heterosexual es homoerótica; es amante de los hombres.
MARILYN FRYE
Frye, Marilyn. “Preface”. The Politics of Reality: Essays in Feminist Theory, Crossing Press, 1983, pp. 134–135.
La filósofa lesbiana norteamericana Marilyn Frye es una de las pocas lesbianas que han emprendido la tarea de criticar la política gay masculina. Afirma que las diferencias entre lesbianas y gays «resultan ser tan profundas que cabe dudar del supuesto de una afinidad básica, cultural o política “sobre la cual construir las alianzas”». Sugiere que la cultura masculina gay y la heterosexual comparten los mismos principios generales de la falocracia, que Frye identifica como: la presunción de la ciudadanía masculina; el culto al pene; el homoerotismo masculino o la androfilia; el desprecio hacia las mujeres o la misoginia; la heterosexualidad masculina obligatoria; así como la presunción de acceso fálico generalizado. En opinión de Frye, el potencial revolucionario del lesbianismo reside en el rechazo de estos principios.
SHEILA JEFFREYS
Jeffreys, Sheila. “Una mala copia del varón: Cultura lesbiana y gay”. La herejía lesbiana: Una perspectiva feminista de la revolución sexual lesbiana, 1993, p. 126.
¿Cuál es la diferencia entre el movimiento de mujeres que teníamos y el que tenemos ahora, si puede ser llamado movimiento? Creo que la diferencia es el liberalismo. Donde el feminismo es colectivo, el liberalismo es individualista. Hemos sido reducidas a eso. Donde el feminismo tiene bases sociales y críticas, el liberalismo es naturalista, atribuyendo la opresión de las mujeres a la condición de la sexualidad natural de las mujeres, haciendo “nuestra” la opresión. Donde el feminismo critica las maneras en las que las mujeres somos socialmente determinadas en un intento por cambiar esa determinación, el liberalismo es voluntarista, lo que significa que actúa como si tuviésemos opciones que no tenemos. Donde el feminismo está basado en la realidad material, el liberalismo está basado en algún ideal instalado en la cabeza. Y donde el feminismo es implacablemente político, acerca del poder y del no-poder, lo mejor que puede reunir este nuevo movimiento es una diluida forma de moralismo: esto está bien, esto está mal, no hay análisis de poder ni el no-poder en absoluto. En otras palabras, los miembros de grupos, como las mujeres, que no tienen más remedio que vivir la vida como miembros de grupos se toman como si fueran individuos únicos. Sus características sociales son reducidas a características naturales. La exclusión de oportunidades se convierte en expresión de libre albedrío. La realidad material se convierte en ideas sobre la realidad. Y las posiciones concretas de poder y de no-poder se transforman en simples juicios de valor relativo sobre los cuales las personas razonables pueden formar preferencias diferentes pero igualmente válidas. Las experiencias de las mujeres sobre los abusos se transforman en un “punto de vista”.
CATHARINE MACKINNON
MacKinnon, Catharine. “Liberalism and the Death of Feminism”. The Sexual Liberals and the Attack on Feminism, editado por Dorchen Leidholdt y Janice G. Raymond, Pergamon Press, 1990, p. 12.
Extracto del discurso de Greta Thunberg pronunciado en la conferencia Brilliant Minds en Estocolmo el 23 de junio de 2019. En este fragmento en particular, insta a que los ricos tengan mayor deber moral en lo que respecta a sus emisiones de gases de efecto invernadero que prevalecen el cambio climático.
Thunberg, Greta. “Speech at Brilliant Minds Conference in Stockholm 13/6 19”. YouTube, 2019, www.youtube.com/watch?v=DQWMDWWYVz4.
La feminista comunitaria aimara Adriana Guzmán identifica una cualidad fundamental del patriarcado como eje central de todas las violencias, discriminaciones y opresiones.
Guzmán, Adriana. “Feminismo comunitario”. YouTube, 2015, www.youtube.com/watch?v=C6l2BnFCsyk.
Flor silvestre II (2026) ilustrado a lápiz en papel por Jiayue Li
Desde la perspectiva de la neurodiversidad, el autismo no es un trastorno ni una desviación de la norma, sino una forma válida de ser, con sus propias fortalezas y desafíos.
Este enfoque pone énfasis en que las dificultades de las personas autistas no provienen de una deficiencia en sí mismas, sino de un entorno diseñado para un solo tipo de cerebro. Así, las barreras del mundo neurotípico dificultan la participación plena en la sociedad y convierten el autismo en una discapacidad en gran medida debido a la falta de accesibilidad y adaptaciones.
Sin embargo, aunque esta visión ha sido clave para promover la aceptación y los ajustes razonables, el debate sobre si el autismo es una discapacidad no termina ahí. Muchas personas dentro del movimiento de la neurodiversidad —incluyéndome— consideramos que el modelo social de la discapacidad (es decir, la idea de que la discapacidad surge principalmente por las barreras del entorno y no por las características individuales) no explica por completo la realidad de todas las personas autistas.
Si bien es cierto que el entorno impone dificultades, el autismo también conlleva características innatas que pueden ser discapacitantes en sí mismas. Incluso en un mundo ideal y adaptado, muchas personas autistas seguirían enfrentando desafíos en la comunicación, la regulación emocional, el procesamiento sensorial y la flexibilidad cognitiva. Estas dificultades no desaparecen solo con ajustes externos, porque forman parte de nuestra manera de ser y experimentar el mundo.
Para evitar el estigma, es común que la palabra discapacidad sea reemplazada por eufemismos. Sin embargo, es fundamental reivindicarla sin miedo ni verguenza. La discapacidad no es una mala palabra, sino una forma legítima de describir la realidad de muchas personas. Negar que el autismo puede ser una discapacidad es ignorar la realidad de quienes enfrentan mayores necesidades de apoyo y barreras tanto externas como internas.
Aceptar que el autismo es una discapacidad no significa verlo como algo negativo. Más bien, implica reconocer la diversidad dentro del espectro y la importancia de adaptar el entorno sin ignorar las dificultades inherentes que muchas personas enfrentan en su día a día. Reconocer esto es fundamental para proporcionar un apoyo completo y adaptado a las necesidades de cada persona.
CAROLINA OLIVARES MUÑOZ
Muñoz Olivares, Carolina. Soy neurodivergente: Una guía para comprender, Plaza & Janés, 2025, pp. 41–42.
Ninguna mujer es verdaderamente una privilegiada en las instituciones apadrinadas por la conciencia masculina. Cuando nos permitimos creer que lo somos, perdemos el contacto con esa parte de nosotras que aquella conciencia define como inaceptable; con la resistencia vital y la fuerza visionaria de las iracundas abuelas, las chamanas, las fieras mercaderes en la Guerra de las Mujeres Ibo, las trabajadoras de la seda que se resistían al matrimonio en la China pre-revolucionaria, los millones de viudas, comadronas y sanadoras torturadas y quemadas como brujas en Europa durante tres siglos, las beguinas del siglo XII, que formaron órdenes independientes de mujeres fuera del dominio eclesiástico, las mujeres de la Comuna de París que marcharon sobre Versalles, las amas de casa sin instrucción del Gremio Cooperativo de Mujeres en Inglaterra que memorizaban poemas sobre las tinas de los lavaderos y se organizaron contra la opresión que sufrían como madres, las pensadoras despreciadas como «estridentes», «chillonas», «locas» o «desviadas» cuyo coraje herético para proclamar sus verdades nos es tan desesperadamente necesario como apoyo en nuestras propias vidas. Creo que el alma de las mujeres está habitada por el espíritu de otras que, con anterioridad, lucharon por sus necesidades insatisfechas y las de sus hijos e hijas, sus tribus y sus pueblos, que se negaron a aceptar las prescripciones de una iglesia y un estado masculinos, que se arriesgaron y resistieron, como hoy otras mujeres —Inez García, Yvonne Wanrow, Joan Little, Cassandra Peten— luchan contra los que las violan y maltratan. Esos espíritus nos habitan, intentan hablarnos. Pero podemos elegir no oír, y las cuotas, el mito de la mujer «especial», la Atenea sin madre que surge de la cabeza del padre, pueden hacernos sordas a sus voces.
ANDREA DWORKIN
Rich, Adrienne. “¿Qué necesita saber una mujer?” Sangre, pan y poesía. Prosa escogida: 1979–1985, Editorial Icaria, 1986, p. 28.
Los hombres nos dicen que ellos también están oprimidos. Nos dicen que usualmente en sus vidas individuales son victimizados por mujeres -por sus madres, esposas, y novias. Nos dicen que las mujeres provocamos actos de violencia mediante nuestra carnalidad, o malicia, o avaricia, o vanidad, o estupidez. Nos dicen que su violencia se origina en nosotras y que somos nosotras las responsables. Nos dicen que sus vidas están llenas de dolor, y que nosotras somos la fuente de ese dolor. Nos dicen que como madres los lastimamos irreparablemente, como esposas los castramos, y como amantes les robamos su semen, juventud y hombría -y nunca, nunca, como madres, esposas o amantes, jamás les damos lo suficiente.
¿Y qué debemos pensar? Porque si comenzamos a unir todas las instancias de violencia -las violaciones, abusos sexuales, las mutilaciones, los asesinatos, las masacres; si leemos sus novelas, poemas, posturas políticas y filosóficas y vemos lo que ellos piensan hoy de nosotras y lo que los inquisidores pensaban ayer de nosotras; si nos damos cuenta de que históricamente el ginocidio no es producto de un error, algún exceso accidental, algún terrible desliz, sino que es la consecuencia lógica de lo que ellos creen es nuestra naturaleza, sea divina o biológica; entonces debemos comprender, finalmente, que bajo el patriarcado, el ginocidio es la realidad continua de las vidas de las mujeres. Y entonces debemos acudir las unas a las otras -para encontrar el valor para soportarlo y para encontrar el valor para cambiarlo. La lucha de las mujeres, la lucha feminista, no es una lucha por más dinero por hora, o por igualdad de derechos bajo la ley de los hombres, o para que haya más mujeres legisladoras que operen dentro de los confines de la ley de los hombres. Todas esas son medidas de emergencia, creadas para salvar las vidas de las mujeres, tantas como sea posible, ahora, hoy. Pero estas reformas no harán desparecer la ola de ginocidio; estas reformas no pondrán fin a la violencia incansable perpetrada por la clase de género hombres en contra a de la clase de género mujeres. Estas reformas no detendrán la epidemia de violaciones en este país, que va en aumento, o la epidemia de mujeres golpeadas por sus maridos. No detendrán la esterilización de mujeres negras y de mujeres blancas pobres que son víctimas de médicos hombres que odian la carnalidad de las mujeres. Estas reformas no vaciarán las instituciones mentales repletas de mujeres que han sido puestas ahí por sus parientes hombres, que las odian por rebelarse en contra de los límites del rol femenino, ni tampoco vaciará las cárceles llenas de mujeres quienes, para sobrevivir, recurrieron a la prostitución; o quiénes, luego de ser violadas, mataron al violador; o quiénes, mientras eran golpeadas, mataron al hombre que las estaba matando. Estas reformas no harán que los hombres dejen de aprovecharse de la explotación de la labor doméstica de las mujeres, ni tampoco evitarán que los hombres refuercen la identidad masculina victimizando psicológicamente a las mujeres en sus llamadas relaciones "amorosas".
Y ninguna acomodación personal dentro del sistema patriarcal va a detener este ginocidio incesante. Bajo el patriarcado, ninguna mujer está a salvo de vivir su vida, de amar, de ser madre. Bajo el patriarcado, cada mujer es una víctima, del pasado, presente y futuro. Bajo el patriarcado, la hija de cada mujer es una víctima, del pasado, presente y futuro. Bajo el patriarcado, el hijo de cada mujer es su potencial traidor y también, el inevitable violador y explotador de otra mujer.
Antes de que podamos vivir y amar, debemos reunirnos en revolucionaria sororidad. Eso significa que debemos dejar de apoyar a los hombres que nos oprimen; debemos rehusarnos a alimentarlos y vestirlos y limpiar por ellos; debemos rehusarnos a que tomen su sustento de nuestras vidas. Eso significa que tendremos que separarnos de la identidad que, como mujeres, hemos sido entrenadas a tener -que deberemos separarnos de todos los vestigios del masoquismo que nos han dicho es sinónimo con ser mujer. Eso significa que deberemos atacar y destruir cada institución, ley, filosofía, religión, costumbre y hábito de este patriarcado -este patriarcado que se alimenta de nuestra "sucia" sangre, que se erige sobre nuestra "trivial" labor.
ANDREA DWORKIN
Dworkin, Andrea. “Recordando a las brujas”. Nuestra sangre: Discursos (1974–1976), traducido por Maldita Feminista Radical, 2021, pp. 26–27.
El feminismo rechaza la posibilidad de realizar pequeños ajustes de horarios y de roles al orden actual, pues eso no sería otra cosa que la inserción en un ámbito-mundo ya definido por la masculinidad (el otro término en la relación de opresión). La incorporación de las mujeres al mundo será para el movimiento feminista un proceso transformador del mundo. Se trata, entonces, de un mundo que está por hacerse y que no se construye sin destruir el antiguo.
JULIETA KIRKWOOD
Kirkwood, Julieta. “La mujer en el hacer político chileno”. Ser política en Chile: Las feministas y los partidos, FLACSO, 1986, p. 65.
Feminismo contiene la palabra «fémina» («mujer»), y significa: alguien que lucha por las mujeres. Para muchas de nosotras, significa alguien que lucha por las mujeres como clase y por la desaparición de esta clase.
Es nuestra tarea histórica, y sólo nuestra, definir en términos materialistas lo que llamamos opresión, analizar a las mujeres como clase, lo que equivale a decir que la categoría «mujer» y la categoría «hombre», son categorías políticas y económicas y que, por tanto, no son eternas. Nuestra lucha intenta hacer desaparecer a los hombres como clase, no con un genocidio, sino con una lucha política. Cuando la clase de los «hombres» haya desaparecido, las mujeres como clase desaparecerán también, porque no habrá esclavos sin amos.
MONIQUE WITTIG
Wittig, Monique. “No se nace mujer”. El pensamiento heterosexual y otros ensayos, traducido por Javier Sáez y Paco Vidarte, Editorial EGALES, 2006, pp. 37–38.