El Cíclico
... El día que bajé las llanuras del Esquirón, los seres que me contemplaron quedaron azorados y entre murmullos profanos la noche calló. Si me mojé los pies en el lago de Hermes pocos lo saben y el anonimato me deleita. El desierto cargó mi hastío durante infinitas noches. Las arenas del Kubal se disponían a sepultar mis restos el día que decidí morir; pero les negué ese placer. Soy hijo de los Adameses perdidos, dueño y señor de las siete vidas de Antón. Si no vie el principio, temo que veré el final. Me fascina la incógnita. Los soles y las estrellas (dioses para los hombres), envidian mi albedrío; yo no. Intento una cosmogonía sencilla de las cosas, invento excusas para no diseminarla. Como gacela en celo, espero el verano en el Líbano y la primavera en el Éufrates, que caudalosa su agua pruebo, no dulce, amarga. Conozco la mayoría de los idiomas; sólo tres entiendo, dos son inútiles, sólo yo los hablo; el útil es el koiné que aprendí fundido en el areópago. Sé que un día dejaré de ser “Cíclico” y la inercia que me mueve morirá, yo con ella, el universo conmigo. Lo único que temo, es que mi recuerdo vague perdido en la oscuridad universal, en la noche perpetua de unos ojos cerrados para siempre. Mi nombre no importa, sólo yo entiendo. Conozco el lugar en que me encuentro, hoy seré petrificado por el volcán que riega tiempo en forma de lava. He visto el rostro del que me descubrirá y se enterará que sólo he dormido. Me despertará para consumar la circunferencia final del mundo. El último día de ese rostro y el primero de mi sexto ciclo. ...







