Peces adolescentes
... Era tu cara de luna-mujer un buen pretexto para tenerte cerca, para mirarte como a la mamá giganta que nunca tuve, para aspirar en la orilla del mar, en la orilla de tu cuerpo, ese olor generoso que despedían tus abismos. Había que palparte toda, mujer desconocida que me encontraste en un rincón de la oscuridad. ¿Con quién me confundiste que sin importarte mis reclamos me besaste con esa desesperación de mujer ardiendo? No te importo después reconocer que no era yo la razón de tu fiebre; perturbada, me miraste por un momento con ternura felina. No te importó tampoco que yo pudiera reconocer en ti a la mujer que me daba catecismo los viernes por la tarde. Aún así hurgaste mi alma encendida como una luz fantasma, que se movía al ritmo de las crestas del mar; siempre adelante. Tus manos de arena se deslizaban por mis púberes partes intentando despertarlas antes de tiempo. Luego me tomaste del brazo: temeroso, seguí tras de ti y me detuve al pie de la playa, al pie de la noche, al pie de tus deseos. Me tiraste en la arena y operaste en mí la furia de la luna. Yo intenté cerrar los ojos, pero la intensidad de tu tacto me obligaba a abrirlos. Luego intercambiamos posiciones, nuestros órganos no coincidían; por eso fuiste tú la que buscó mi boca; yo por un momento creí que tu intención era devorarme. Después, en el vaivén de tus movimientos, me obligaste a bajar al origen de tu pasión, a ese receptáculo donde se funde el deseo, donde perdí la inocencia, donde mis trece años se fundieron y confundieron con tus dieciocho. Navegamos juntos al ritmo de tambores lujuriosos que inventaban un instante en el centro de la confusión. Yo me aferraba con fuerza a tus senos como a rocas de salvación; era tan intensa la pleamar de tu cuerpo, que por un momento temí morir ahogado. Después, exhaustos, corrimos hacia el océanos, y nos mezclamos en sus aguas inmortales como peces adolescentes. Al día siguiente, como si yo fuera un mal sueño, te olvidaste de mí. ...







