(...) Retorno a las costumbres arraigadas y debo olvidar por un instante sorpresas de trayectos. Estoy como si nada. Me andan los pies tan naturalmente que ni me canso. Y la vista, las ideas, las horas. Parece como si no hubiese partido. Como si siempre hubiera habitado en estas calles. No temo a la montaña. El horizonte no me depende ya de ella sino que se me ha entrado profundamente para adentro. Miro adentro y la vista se me pierde, sin obstáculos. ¡Qué segura amplitud he adquirido!
Filoteo Samaniego












