¡A balbucir!, y allá los Señores que no nos entienden
El verbo balbucir deriva del latín balbutire (tartamudear, articular mal las palabras, hablar confusamente), surge de la característica asignada a una persona, balbus (tartamudo, balbuciente), que es el antecedente del adjetivo castellano bobo. Desde el Poder los bobos, los que balbucean, son bebés e infantes, tontos, borrachos, mujeres, ignorantes y analfabetas, extranjeros, indios, chichimecas y apaches (que además de balbucir hablan la lengua del diablo) y negros bozales (como se llamaba a los negros esclavizados recién llegados a la Nueva España; considerados torpes para hablar y para el trabajo). Primero la Iglesia y después la escuela pública, han sido las protectoras del hablar bien y correctoras de los bobos, por bien del orden.
Nos gusta jugar con los vocablos del Poder, y balbucir nos encanta en muchos sentidos: al balbucear rechazamos el imperativo de “hablar bien”, de seguir su lógica de desprecio a la oralidad que nos deja mudos; rechazamos su lógica de perfección, de estructura y forma, que separa la lengua de la complejidad de la vida; rehusamos también el deseo de legitimidad, que fuerza a impregnarse de su lógica para luchar por un lugar usando el idioma con propiedad, en ambos sentidos, como derecho privado de explotación (hay que ser autor para pisar en su parnaso), e imitación perfecta y en orden del ejemplo virtuoso; al balbucir se está invisible, los de arriba no temen porque nadie les disputa su territorio, mientras los de abajo se comunican, en horizontalidad no necesitamos entender todas y cada una de las palabras para comunicarnos y construir colectivamente, aunque no hablemos la misma lengua.
Baile chichimeca, fuente










