La salud mental como bien colectivo, apuntes después del sismo del 19S en Ciudad de México
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Una de las cosas que más sorprenden y encantan a los observadores —y a los protagonistas— de un suceso revolucionario, prerrevolucionario o pararrevolucionario, es el estallido conversacional. Todos hablan de todo con todos: se disuelven como azucar las barreras que separan a unos de otros y a cada uno de sí mismo. De ahí el entusiasmo que —como desde Kant a Lyotard ha sido analizado— provoca la revolución. Aún no se ha apagado —aunque se hayan apagado tantas cosas— el eco de las risas y los cantos de mayo 68. Una revolución es una inmensa conversación: un rescate del ser de las garras del valor. (Jesús Ibáñez)
El desastre le llaman, no fue ocasionado por un sismo de magnitud 7.1, porque la gran mayoría de los edificios que se colapsaron el 19 de septiembre, y los que se dañaron y terminaron cayendo o serán demolidos después, no fueron arrasados por la naturaleza, sino por construcciones mal hechas, con materiales baratos, sin seguir las normas de seguridad, muchas con menos de cinco años de antigüedad, alzadas por la presión de la ganancia inmobiliaria, un desastre causado por la vileza del mercado y de las autoridades de todos los signos. Desastre que viene de antes pero se desborda por el sismo como una soda agitada, y que toma dimensiones de horror porque hace evidente el terrorismo de Estado que se practica en México, porque no está sobrepasado ni ausente ni fallido, sino deliberadamente asesinando por inacción y entorpecimiento en las acciones de rescate y socorro de las personas atrapadas en los escombros, de las familias que se quedan sin casa.
Frente a ese desastre y la violencia institucionalizada de proporciones genocidas, la gente de la ciudad, los vecinos, y de otras ciudades, pueblos, y naciones, ha desplegado desde el primer día una acción colectiva impredecible para socorrerse unos a otros. “¡No es posible que nosotros debamos equipar a los rescatistas! ¡Nos estamos salvando sin ustedes! ¡INÚTILES!” Es el mensaje que un anónimo, miles, lanzan en grito hacia las autoridades. Es la misma acción colectiva de la que escribió Carlos Monsiváis hace 32 años tras el desastre de los sismos de 1985, y sin embargo es otra, nueva de por sí, de la que se hablará mucho y se intentará encarcelar en la formalidad académica y la institucionalidad sin ninguna suerte. Esta acción colectiva espontánea, es fluida y en principio descentralizada y abierta, y por ello tiene una inconmensurable riqueza afectiva que ayuda a que los diferentes salgan, se acerquen, trabajen codo a codo, se expresen y autogestionen con los demás las necesidades afectivas que se van presentando. Mi intención en estos apuntes es contrastar la constatación que tenemos todos de esta experiencia (excepto quienes sostienen “las barreras que separan a unos de otros y a cada uno de sí mismo”, los y las poderosas, del poder político, económico, cultural , etc.), las enormes capacidades de autogestión de la salud mental que nos enseña, frente a los discursos y acciones de los “profesionales” de la psicología del desastre. Como aún seguimos en situación de emergencia, quedarán muchas cosas solo garabateadas y balbuceadas, pero ya serán para debates próximos.
La mayoría de los protocolos de atención psicológica para desastres son violentos, parten de asumir que las personas tienen un trauma, y solo se le da a elegir las opciones para responder un test (entrevista, etc.) con el cual el experto determina la magnitud de la alteración, trastorno, síndrome o trauma… Es cierto que todos vivenciamos fuertes sentimientos, experiencias contradictorias, dolor, incertidumbre, diferentes necesidades afectivas después de un suceso como el terremoto. Pero eso es muy distinto a determinar que se tiene un trauma o un “trastorno de estrés postraumático” (TEPT) sólo por estar presente en el lugar (usar un poder disciplinario violentamente para decidir el estado de los demás).
Los protocolos de atención psicológica para desastres no toman en cuenta la complejidad de la experiencia, la multiplicidad de respuestas y significados de las personas y comunidades, la probable, la inminente y contundente emergencia de lo nuevo que nunca estará contemplado en sus métodos y técnicas. Al asumir que las personas están traumadas o con TEPT las desvalorizan, les imponen una imagen denigrada de sí mismas, les hacen temer a algo que está fuera de su alcance (el inconsciente, la mente, la inteligencia emocional, el estrés…), algo abstracto que sólo puede y debe ser manejado por los expertos, despojándoles de su propia capacidad para gestionar sus necesidades afectivas.
Buscar, diagnosticar y tratar traumas o TEPT es algo completamente insensible a lo que se ha estado viviendo en las calles y en los barrios de la ciudad, es fragmentar radicalmente la realidad. ¿Cómo sería posible que las personas traumadas o con TEPT pudieran volcarse a la autoorganización y la ayuda mutua generalizada? Por ejemplo, los siguientes tres rasgos del TEPT son completamente absurdos frente a esta respuesta colectiva que todos hemos experimentado: “Disminución importante del interés o la participación en actividades significativas; Sentimiento de desapego o extrañamiento de los demás; Incapacidad persistente de experimentar emociones positivas (por ejemplo, felicidad, satisfacción o sentimientos amorosos)”. Buscar estos “síntomas” en el contexto en el que la gente está realizando una acción colectiva que ayuda a salir, a expresar y gestionar con los demás las necesidades afectivas que se van presentando, demuestra una insensibilidad pavorosa.
Dirán que a algunos les pasa y a otros no, o que a unos más y a otros menos, o antes y después: los expertos se guardan el derecho de decidir la realidad. Por supuesto que lloramos, gritamos, nos sentimos indefensos, nos asustamos, algunos nos doblamos, como se dice, nos pasmamos, no sabemos qué hacer. Eso no da derecho a los profesionales de la salud mental a aislar a las personas para diagnosticarlas, tratarlas, “escucharlas”, etiquetarlas y canalizarlas. Algunas de las capacidades que la acción colectiva nos ayuda a vislumbrar para aprender en el camino hacia una comunalidad de la salud mental son:
a estar entre las personas y reconocer cómo nos abrazamos, nos escuchamos, vamos haciendo cosas juntos que ayudan a la tristeza y el dolor, cómo nos tocamos (que ha quedado grabado en las fotografías de gente abrazándose, llorando, sosteniéndose con el cuerpo);
un hacer juntos en horizontalidad que tiene dirección a los otros, al bienestar común, como los tantos comedores populares improvisados (hay que mirar la experiencia de las cocinas comunitarias instaladas en el Istmo de Tehuantepec, Oaxaca, también zona de desastre; espacios apropiados entre las mismas ruinas, que ofrecen la comida regional que a todos les gusta, porque el sentido del gusto está inexorablemente ligado a al bienestar psicológico, y un tiempo para hablar y compartir la experiencia de las duras jornadas, donde además, no es como los comedores del gobierno que parten de la lógica asistencial, sino que todos pueden participar en la medida de sus posibilidades, aportando un poco más de carne para el pozole, trayendo chaya para el agua);
que nos reímos y nos alegramos, incluso nos burlamos de la situación porque la ironía siempre ha sido una fórmula de la gente para resistir y abrir nuevas posibilidades frente a los callejones sin salida;
la manera en que las familias integran a las niñas y los niños en las actividades con tareas a su alcance, de manera que pueden aprender lo que es la ayuda mutua y la construcción colectiva participando, y no aislándolos e infantilizándolos, como quiere la lógica del poder, “entreteniéndolos”, para después tener que hacer actividades especiales para que “elaboren el trauma”;
lo que es el liderazgo situacional, donde todos y todas tienen saberes y capacidades que aportar que se van volviendo importantes y cruciales dada la multidimensionalidad de las tareas a afrontar, y van aportando así la diversidad individual que genera nuevas respuestas, que es la creatividad colectiva impredecible que sorprende tanto a los intelectuales;
que lejos de los reflectores que enfocan solo lo extraordinario de la catástrofe, son los espacios y los tiempos cotidianos de la gente lo que sostiene eso que llaman “heroísmo” (que no es más que la lógica de los medios de comunicación que vende el esfuerzo individual), cuando es la anónima cotidianeidad de los grupos de mujeres y hombres que hablan entre sí, que tejen entre sí, la que sostiene los esfuerzos;
¡lo bien que se hacen las cosas sin autoridad y sin la imposición de un orden! Aquello que en la “normalidad” da tanto miedo, que se plantea imposible, lo que las personas desechan para aferrarse a la seguridad de lo conocido que da el orden y el poder, ¡si es posible! Y no porque no sea posible antes, sino justamente por eso, porque en lo cotidiano la gente sabe resistir y hacer a su manera sin que le ordenen (qué y cómo aprender, qué hacer y pensar), es que en lo extraordinario sabe fluir en la flexibilización o incluso desaparición de las estructuras que abre de pronto el desastre.
que no hay destinos ni determinaciones de los comportamientos, que no somos lineales, que somos insospechados, que quien suponemos estará deprimido porque perdió su casa o sus familiares murieron, es quien genera una iniciativa para llevar alegría a los niños y niñas de las comunidades afectadas, o levanta un centro de acopio;
que la autoestima de las personas no se “aumenta” gracias a insights o dinámicas psicoemocionales, sino valorando lo que podemos hacer con los otros para enfrentar el desastre y para construir en colectivo, contrarrestando los discursos del Estado y los medios que la llaman “víctima”, y que antes la llamaron “colonia marginada”, “nini”, “millenial”, “votante del PRI”, etcétera.
Me ha faltado incluir muchos más ejemplos en cada punto, he hecho solo una fotografía rápida y borrosa de la comunalidad que se nos está presentando. Aprehender esta comunalidad implica para l@s profesionales de la salud mental (psicólog@s, psiquiatras, trabajador@s sociales, promotor@s de salud, etcétera) trabajar con y desde la gente, aportando su saber para el fin de la construcción colectiva, y no para realizar protocolos y procedimientos, desde los cuales monopolizan la atención psicológica, trabajar con y desde la gente para ayudar a generar juntos las herramientas para la autogestión de nuestras necesidades afectivas, aprendiendo y potencializando de lo que la gente, que resiste, que lucha, que se organiza ya está haciendo.
Gente, personas, grupos, y también animales (no humanos) que se vuelven sujetos comunitarios, como los perros rescatistas, pero no héroes, ¡y que nunca lo sean!, porque los héroes son propiedad del Poder y son sacrificados. Son hermosos, emergentes, amorosos, gente y solo gente realizándose colectivamente para vivir, para sobrevivir, de manera horizontal, burda y alocada y sensiblemente, mezclándose, ayudándose. Tampoco es México ni el país el que se levanta, los símbolos no dan de comer al prójimo ni rescatan personas de los escombros, y al darse la gente no es motivada por ningún símbolo ni siquiera el de un futuro o utopía, es jalada por la afinidad con la otra gente por la vida ahora.