(*) Sobre Derek, publicado en Bastión Digital.
Derek no sólo viene con el empuje reflexivo habitual del cinismo de Ricky Gervais, también es la versión más agridulce de sus creaciones para televisión y posiblemente su performance más conmovedora como actor. Y como en cualquiera de sus series o películas, Gervais sigue grabando personajes con figuras que hacen más brillante su entorno.
Ricky Gervais vive del engaño. Con el mockumentary se luce, con buen revestimiento de humor negro y disparates. Lo consolidó con The Office y lo reafirmó en Life’s Too Short, esta última menos famosa pero más ácida y perturbadora que la realidad de los actores contada en Extras. En su último estreno televisivo, Derek, cuando esos brotes por los cuales el espectador conoce, ama y odia a este creador quedan en espera, se consuma el engaño más grande de su carrera porque se llora más de lo que se ríe pero paga en barriles de cerveza haber mirado los siete episodios de la primera temporada.
La historia de esta comedia dramática transcurre en un geriátrico donde Derek es un interno voluntario presuntamente autista que también trabaja de ayudante. Todos están a gusto con su participación, saben cómo tratarlo, lo adoran, desde la jefa Hannah hasta los ancianos. En ese territorio no pareciera incubarse demasiado conflicto, lo amenazante viene de afuera, sea el enviado estatal que advierte sobre un inminente cierre del lugar por recorte presupuestario, los familiares de visita o los paseos fuera de la residencia de Broad Hill, cargados de la tirantez que siempre muestra Gervais al grupo de personajes que lidia cada segundo con la cercanía de la muerte.
Encorvado, y con un tremendo parecido al Hitler de Bruno Gantz, el actor/director prueba una pose nueva para interpretar la hipocresía de los microclimas que interviene en sus series, en radio, cine o stand up, ahora con un dosificador de ternura para los encontronazos domésticos que, pese a transcurrir en un lugar donde esperan morir los abuelos, resultan universales.
Derek no sólo viene con el empuje reflexivo habitual del cinismo de Ricky Gervais, también es la versión más agridulce de sus creaciones para televisión y posiblemente su performance más conmovedora como actor, resultando una ficción políticamente correcta y muy distante de aquel cosmos al que nos acostumbramos con él. Porque la credulidad del personaje principal provoca que el entorno no conciba la mentira ni el prejuicio, ganando en episodios de veinte minutos la convivencia coral suficiente para alcanzar niveles altos de angustia.
Ya como director había experimentado con la aceptación en tono dramático pero siempre apostando por divertir, en dos ocasiones, en cine ambas, comandando Cementery Junction y The Invention of Lying, de 2009, su idea mejor lograda en su debut como realizador de largometrajes.
Como en cualquiera de sus series o películas, Gervais sigue grabando personajes con figuras que hacen más brillante su entorno. Dougie, un empleado de mantenimiento que convida pesimismo a sus compañeros, está interpretado por Kart Pilkington, la tercera cara de un equipazo de insolencia que armó Gervais junto a Stephen Merchant para su show radial y el docu-desopilante An Idiot Abroad. Se suman una cara habitual de las comedias británicas como Kerry Godliman, en el papel de la luchadora comprensiva Hannah, y sorprende David Earl para el escatológico Kev.
Emitido en Gran Bretaña por Channel 4, el piloto se estrenó en mayo de 2012 y los seis episodios restantes recién a partir de abril de este año. Netflix lo sumará en septiembre a las perlas de su plataforma, que refresca la propuesta de la industria de la ficción y en poco tiempo ostenta catorce nominaciones a los Emmy por sus producciones de House Of Cards, Hemlock Grove y la revivida Arrested Development. Este año también se destaca en la oferta de ficciones con la vitoreada Orange Is The New Black y la coproducción con noruegos Lilyhammer, que relanza como mafioso italoamericano a Steven Van Zandt, el Silvio Dante de Los Soprano.