Me habita el mar, con desorden de estrella, precipitadamente rubia, y el aire de sus muertos me golpea, tiritando callada y sorda espuma.
–En los peldaños violetas del cielo, la noche va cerrando sus ventanas–.
Nada hará la tierra más amarga: ni el metal desvanecido en su abrazo de invierno, ni una vegetal, terrible desnudez de luna y sangre
Beatriz Hernanz
















