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† ℓσѕιηg муѕєℓƒ †
[ ¿Qué es más fácil, decir: Tus pecados te son perdonados, o decir: "Levántate y anda"?. Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico): A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa. ]
××××××××××××××××××× Era momento de actuar. Aunque fuera descubierta, no perdía nada con intentarlo. Todos estaban demasiado ocupados, así que había elegido un momento que consideraba perfecto. El plan resultaba muy sencillo, sería algo así como un entrar y salir del lugar sin ser vista. Incluso, llevaba en la mano una lista de medicamentos que eran prescriptos para dormir, en caso de que no encontrara el que buscara o que hubieran múltiples. Sería una sola elección y el tiempo, su mejor aliado entre una derrota segura o la victoria. En este caso, el no ser atrapada robando la Enfermería cual adicta. Porque eso iba a hacer.
Stella Baudelaire sólo tenía diecinueve años y en su haber, ningún historial delictivo. Ni siquiera el escaparse de su casa era considerado como tal, porque aunque frecuentaba lugares donde muchos robaban, nunca lo había aceptado ni formado parte de ello tampoco. Sólo iba a bailar y volvía sin ser vista a la gran mansión matriarcal. Ahora, iba a hacer algo parecido pero por primera vez, para quitar algo. Si, iba a robar. Odiaba como sonaba aquella palabra en su mente, pero, ¿cómo engañarse? Eso se dijo, mientras abría la puerta de la Enfermería. Rezando porque no hubiera nadie mas podría fingir un poco por si era el caso. -¿Hola? ¿Doctor? -Preguntó, pero no escuchó respuesta alguna. Probablemente, como todos, el que gobernaba aquel lugar se encontraba preparándose para la fiesta. No sería sorprendida, lo cual le sacó un suspiro de alivio puro. Nadie podía verla, ni enterarse dado que eso le remordería más la conciencia. "¿Qué estás haciendo?", pensó, mientras escaneaba el lugar con la mirada. Nada. No había impedimentos.
Tembló, respiró hondo, y finalmente, se encaminó hasta donde estaba la sala con los medicamentos. Le tomó un par de minutos, dado que sus manos estaban temblorosas y algo sudadas, pero aún así, logró dar con el medicamento necesario.
-Bingo. Ahora dejarás la nota, y te irás. Aquí no pasó nada..-Murmuró para si misma, como autoconsolándose. Hundiéndose mucho más en la culpa unos segundos después. Pero lo necesitaba. En contra a un gran prócer que una vez dijo no venderse al "bajo precio de la necesidad", ella ignoró todas las voces en su mente que le decían que se detuviera. Al menos, esperaba que la carta expiara sus culpas. Incluso se había esmerado en averiguar el nombre del médico de guardia, para poder escribir la carta de manera de dejarla al destinatario directo de la misma.
"Estimado doctor Zhang :
Lo lamento. Prometo pagar lo que cueste, pero de verdad lo necesito.
Necesito dormir en paz. "
Dicho esto, atinó a retirarse del lugar, cuando un movimiento fue captado con el rabillo de sus ojos, haciendo que todo se detuviera al instante. ¿Habría sido descubierta?
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[Tessa Weinmann] ❁❝El final llegó de todos modos.❞
ㅡ Duele. ㅡ Escuchó la palabra proveniente de sus labios. El ruido de las suelas contra las baldosas del instituto anunciaban la llegada de un ente ajeno, Alex. Su cabeza dolía y sus lágrimas protestaban al querer salir, la muerte de su madre le había dado un golpe fuerte, se sentía sola, ¿Por qué? No había quién motive sus proyectos en futuro, ni quién recibiera las cartas que solían llegar a la puerta de su casa, no habría nada esperando. Avanzó con cierto aire abatido y desesperanza. Necesitaba algo para calmarse, quizás quedarse en enfermería unos minutos acompañada de las blancas sábanas, cortinas y el olor a medicamentos, quizás eso podría calmarla o hacer que piense en cosas peores. Lo que sea sería bueno. A vísperas de la fiesta y culminación del año, quizás nadie estuviera allí, no tenían necesidad. Podría esperar y perderse la fiesta. Ajena a todo una sombra se ocultaba. ¿La fiesta se canceló? No. Era una chica cuyo aspecto era nítido y parecía asustada, siempre lograba confundir el enojo con el cansancio o desesperación, así que en realidad no sabía que ocurría. Frunció el ceño y antes de ingresar miró a la menor guardar una porción de pastillas. Sin duda sería la enfermera o estaba presenciando un robo auténtico. Apoyó su peso sobre la puerta, que siempre permanencia abierta para que los estudiantes entren sin temer que un doctor con aspecto se muerto los atendía ㅡaunque así fueseㅡ 《con todo respeto a los doctores》, un sonido chirriante al abrirse un poco más. Esa puerta necesitaba aceite. La chica, quién guardó las pastillas, presenció su visita inesperada. ㅡ¿Debes ser la enferma? O la enfermera.ㅡ Exclamó. No sonreía. No lo haría.
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[Stella Baudelaire]
Aquel ruido parecía salir de sus pesadillas, directo a atacarla. Porque claro, en el mejor momento, cuando todo su absurdo plan parecía funcionar, no abría testigos, allí estaba. La joven que le devolvió la mirada poseía cabello negro y unos atormentados ojos del mismo color, pero la diferencia era que estos poseían algo más de calidez de trasfondo. Sin embargo, su rostro no denotaba expresión alguna. Era como si estuviera debatiéndose entre si ella misma resultaba una ilusión de su subconsciente o si de verdad estaba robando. Su pregunta la dejó sin palabras. No porque fuera incapaz de contestar, sino porque se preguntaba a si misma lo que debía hacer en aquellos instantes. ¿Decir la verdad? ¿Mentir? ¿La delataría en todos los casos? Tantas preguntas y la chica no parecía querer apartarse de la puerta, empujarla para correr lejos no era una opción. Además, era estudiante
, probablemente se la cruzara en alguna clase y sólo bastaría un momento que ella la recordara, después de todo, había huido. -Yo...Necesitaba algo de aquí. Lo devolveré en cuanto pueda. - Explicó con suavidad, rogando con la mirada algo de comprensión. -¿Podrías hacer como que no has visto nada? Por favor...Lo devolveré, yo no hago estas cosas habitualmente. - Cerró los ojos, esperando el veredicto como si se tratara de un juez. En realidad, no era para tanto, pero sentía mucha culpabilidad. El ambiente de la Enfermería resultaba pacífico, como si fuera una especie de paraíso a pesar de que allí iban enfermos o personas con problemas. Era como si quedarse pudiera ayudarla a sanar. Pero no deseaba encontrarse al médico de cabecera, a su mirada reprobatoria. Odiaba decepcionar a las personas, por eso, deseaba que la joven fuera comprensiva.
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[YiXing Zhang]
⊱———— § ————⊰ Entre tantas voces superpuestas en su mente en aquel salón de fiesta donde la anatomía humana de Rafael se encontraba sentado en la mesa correspondiente y bebiendo una copa de vino distinguió una voz que captó su atención, voz de culpa premeditada, de contradicción interna sin importancia... ¿un rezo antes de cometer un pecado? Rafael negó con un tranquilo movimiento de cabeza mientras sus párpados caían antes de que el líquido de tenue sabor a roble ingresará por sus labios. Permaneció allí, inmutable, mientras todo acontecia en su pacífico y perfumado lugar de trabajo, extraño hogar siempre iluminado y lleno de sosiego que contrastaba con el resto del lúgubre castillo. Otra voz... de tinte sufrido y apariencia de fortaleza también irrumpia en la mente del ángel con presencia. Voces y sentimientos. Plegarias y pecados. Rafael observaba de lejos, tan lejos, ajeno y propio a la vez. Sabía cada movimiento, percibía cada respiración agitada y temerosa, el sonido de los comprimidos colisionar en su frasco, el peso de una de las damas que se apoyaba en la puerta de ingreso antes de poner un pie en la nivea sala de espera. Su mente reconstruia la escena como si fuese espectador de una obra de teatro que le causaba gracias por el inconsciente acto tipico adolescente de necesidad y a la vez una preocupación por la falta de conciencia del consumo de medicamentos sin prescripción. YiXing, desde su mesa y atento a lo que acontecia a su alrededor, suspiró y llevó con aquella exhalación una brisa helada que abrió abrupta una de las ventanas de la enfermería y el ingreso de una ráfaga de viento perfumado a flores que revolvía las finas hebras de los cabellos femeninos y las telas de sus prendas con intensidad a la vez que el papelerio encima del escritorio se agitaba, traviesa ventisca que el ángel movilizaba haciendo que la joven dama que obstruia el paso retrocediera con calma y la puerta se cerró de golpe dejando fuera a una de ellas y dentro a la otra fémina, por un momento. Dentro de la enfermería las luces se prendian y apagaban de manera extraña, como siguiendo una incierta melodía que el silbido de la brisa provocaba, ¿temor? El aroma era cálido a lirios del campo y ahora el céfiro acariciaba la piel del rostro de la dama encerrada bajo las luces que apaciguaban la intensidad de la luminaria llevando esa paz que buscaba en las letras de la nota que caía al suelo. Fuera, en el pasillo, el mismo céfiro aromatico danzaba al rededor de la complexión femenina jugando con ella y dejándola inmóvil sin rastros de dolor, físico y del alma. El silbido del viento era dulce a la audición de ambas, aunque separadas por la puerta tallada y solas, el arcángel llenaba cada espacio de soledad con inmensa calidez de perfume relajante. El juicio propio nublado, el libre albedrío de elegir el accionar, el sentido de culpa, el sufrir de un alma, la realidad... la vida misma. Aún se encontraba sentado y sereno en el salón esperando el juicio propio de quien pisaba el interior de la enfermería y observar el brillo en los oscuros ojos de quien se encontraba detrás del umbral sellado. La brisa finalizó su danza de sosiego, las luces se estabilizaron y la puerta se entreabrió con parsimonia. El camino a seguir, para ambas, estaba libre.
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[Tessa Weinmann]
Segundos, minutos y lo que parecía una perennidad, la doncella, quien había saqueado las pastillas de aquel armario de madera, miró la fisionomía ajena, denotaba ansiedad y con aquella interrogación /acusación sin titubeo tendría porque estarlo. El simple hecho de robar, no era lo delicado, así siempre había sido para ella, su antecesor una vez la atrapó hurtando una de sus posesiones y el castigo era inflexible aún tenía algunas marcas en sus extremidades. Al confesar la ajena “¿Qué hacer en estos casos?”, si alguien te pide auxilio o que simules que no lo habías visto podrías hacerlo así o no. Cerró los ojos inmortalizando las frases de su padre, los hechos, las preguntas hacia Hannah, su consanguínea quien había fallecido por sobredosis. Estaba a punto de preguntar por qué lo hacía, o qué le pasaba, seguramente algún daño emocional la llevó a ser mártir de tal acto, su escusa poco o muy justificante tendría, pero una corriente de viento interrumpió toda especulación coherente, el lugar del viento era originario de una ventana pequeña clásica, el viento que empujó su cabellera se podía considerar como una brisa brusca primaveral, el olor lo testificaba, este empujó su demacrada anatomía fuera, la resonancia de la puerta cerrarse se escucharía a lo largo del pasaje. La brisa de aquello era incomparable. Pues esta había permanecido junto a ella danzando al manso compás de su correspondiente sinfonía. No enfriaba, apaciguaba. Sin duda jamás en lo que restaría de lapso sería participe de aquel sucedido, tan fastuoso, tan excelsa y determinado. —Das war seltsam. —Exclamó paralizada por aquello. Tras unos largos segundos, la brisa huyó al igual que todo lo que perpetuaba como serenidad. Y al parecer algo relacionada, o peor, le habría ocurrido también a la chica. Recordándola bien, parecía un gatito, un dulce y asustado gatito. La puerta se quedó abierta, apenas se podía ver algunas cosas que eran propias de la enfermería. Dudaba si ingresar. Encogió su mano hasta dejarla en un puño y tratar de llamar a la puerta, al rozar esta, se detuvo en seco. Prefirió llamar a la chica de quien dudaba saber su nombre, pero su rostro era vagamente familiar. —¿Estás viva?, ¿No te ha consumido el viento.— Gritó no demasiado fuerte como para llamar la atención pero si como para que ella la oyera.
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[Stella Baudelaire]
La súbita ráfaga que se desató, sobresaltó su corazón el cual latía desbocado cual potro salvaje, en busca de libertad. No tenía idea de porqué, de repente, sabía que alguien, o mejor dicho, algo, la estaba observando. No precisamente la joven. Era como si aquel viento trajera un mensaje diferente al que creía escuchar cada vez que pasaba por entre las hojas de los árboles. Pero se decidió a ignorarlo, justo antes de que la puerta se cerrara. Estaba atrapada en aquel lugar. "Por favor...lo siento, lo siento, no quería..." pensaba, su voz interna en susurros quebrados, mientras imágenes asaltaban a su mente. Ella misma, de pequeña, tomando el dije que ahora colgaba de su cuello. El caminante de las tinieblas, impasible, tomándola en brazos para que viera el cuadro hermoso de Miguel Angel, sus manos incluso recordaron el tacto irregular y rasposo de la pintura bajo sus dedos. Sangre. Mucha sangre. Cerró los ojos con fuerza, mientras aquel lugar parecía estar embrujado por como las luces daban parpadeos intermitentes. Estaban en un circuito serie, eso era totalmente imposible porque deberían haberse quemado todas. Físicamente imposible, pero estaba pasando, y se sentía repentinamente frágil. Como un cristal muy fino, a punto de tocar el suelo. De repente, fue rodeada de esa suave brisa perfumada que sus pulmones inspiraron. Fue como si todo dolor comenzara a retroceder , dando paz a su cuerpo. Sabía que su alma seguía herida, pero por el momento, toda desesperación fue contrarrestada. Sentía como si hubiera vivido aquello antes, esa capacidad de sentirse completamente segura ante algo desconocido. En su mente, vino la imágen de ese señor sin rostro, su caminante que atormentaba sus sueños y era rey de sus pesadillas. ¿A lo mejor él había intentado protegerla? ¿De qué? ¿Pero, acaso no era todo un sueño? Muchas interrogantes sin posible contestación, mentalmente pedía explicaciones con voz suave al viento, pero este era incapaz de responderle. Así como llegó, se marchó, para dejarla sumida en una relativa paz. El medicamento que pretendía hurtar, estaba tirado en el suelo. ¿Acciones con arreglo a fines, o con arreglo a valores? Primó lo segundo en lugar de lo primero y de inmediato, dejó la caja en la mesa, para abrir la puerta con cuidado al escuchar la voz de la joven llamarla. -No...No me hizo nada, estoy bien. Ya devolví la caja, no lo haré. No puedo hacerlo, vendré cuando esté el doctor para pedirle que me recete cosas.-Susurró, con la mirada perdida pues se encontraba reflexionando sobre los sucesos ocurridos.
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[Tessa Weinmann] El pánico había debilitado toda atrevimiento y exaltación de querer atraer patrocinio oportuno a través de unas tabletas fue destronado por el suave bisbiseo de algún ente censurado que vigilaba por allí, derivó que aquel día había sido particular y magnifico, claro con sus infortunios, reiteradamente se vio provocada en incorporarse y ostentar a aquella damisela de ojos grandes que tomase algunas grageas para ella. Empujó la puerta con delicadeza y puesta a ser amable con la chica –deducía que tendría su edad–, cuyos inconvenientes no eran independientes pero eso no restaba jerarquía a sus principios. —Miedo. —Fue lo único racional que en esos instantes se le ocurrió expresar, miró hacia la lumbrera, y vio que esta estaba consumada al igual que todo lo que engalanaba aquel cuarto blanco con olor a pociones, aquello le trajo evocaciones, no muy placenteros pero precisos, de la defunción de su progenitor, en un hospital a merced de los extranjeros y mejunjes que nunca –o algún vez– le había proveído sin previsión, sintió el peso de la lobreguez y que su elemento amparaba su cerca como una prenda que no cubría su morfología pero podría herir a los demás, era miedo y su elemento hacía lo propio. Al fin pudo ver el aura de la chica, era verde pero no fulguraba con tal ímpetu con el que otras lo hacían, quizás el desasosiego hizo amortiguar tal luz que engalanaba su exterior. Respiró hondo, e inclinó la cabeza un poco hacia delante –se educaba a las costumbres coreanas pero no del todo– al reanudar a su posición inicial, amoldó su melena trigueña con algunas horquillas que amontonaba en su americana corta azul y las sembró por el mismo haciéndose lucir un poco más reciente a los hechos. —Mi nombre es Tessa. — Anunció. Permaneció inanimada unos segundos y esperó a que su contestación fuera concreta y no un simple movimiento de cabeza o alguna palabra ordinaria. Cruzó los brazos bajo su pecho y miró que sus uñas estaban minadas, no se las comía, las cortaba hasta más no poder y si por ella fuese llegaba a la misma cutícula. — ¿Cuál es tu nombre?— Disputó recluyendo sus manos en un puño para que no pueda ver cuán pusilánime era tener las uñas en tal fase. —No sé tú, pero prefiero salir. —Dijo sin dar momento a responder su propia pregunta chica quien había hurtado las pastillas. A ciencia cierta en un futuro se toparía con ella y le diría así, sería un largo pero muy bonito apodo. Sonrió para sus adentros.
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[Stella Baudelaire] El escuchar esa palabra casi la hace reír ¿Miedo? No, eso se había esfumado por completo hace bastante tiempo, lo que palpitaba en su interior era la serenidad, mezclada con una extraña sensación de desasosiego. Como si su mente se hubiera desconectado de su cuerpo y por un momento, vagara en otros lugares, incapaz de volver dentro de ella. Lo evidenciaba que ante el escrutinio femenino ya ni importaba lo que fuera a decirle. La caja de pastillas había quedado sobre la mesa, sin ninguna evidencia de ser tocada a no ser que alguien pudiera comprobar las huellas digitales en el cartón. Divisó con el rabillo del ojo como le contestaba, así su atención fue volviendo a la joven de cabellos dorados como las espigas de trigo, la cual estaba saludándola. Atinó a hacer lo mismo, después de todo -y aunque no le parecía necesario, creía que era tan extrangera como ella- el adaptarse al protocolo era importante. "Tessa..." pronunció en su fuero interno, grabando el nombre de aquella fémina. Algo le decía que recordarlo podría ser importante. Los nombres dan poder, y conocerlos, da sabiduría, mas si se sabía usarlos en el momento indicado. -Mi nombre es Ste...- Se vio interrumpida por la acción contraria, su presencia alejándose de la suya con una mirada casi divertida, como si estuviera sonriendo en cierta manera. Tenía ganas de detenerla, pero al mismo tiempo, sentía que debía salir del sitio en el que se encontraba. Aunque deseaba quedarse un rato más, la paz que se respiraba allí embriagaba sus sentidos. Era como estar en casa, esa que sensación de pertenencia que no poseía hasta ese momento específico de su vida. En esa enfermería. -Gracias...-Susurró al aire antes de dar una venia, despidiéndose de aquella paz y la brisa misteriosa que tanta serenidad trajo a los recónditos más profundos de su mente. Lo último que se escuchó luego de esto, fue el sonido de la puerta al ser cerrada con ligereza.