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† ℓσѕιηg муѕєℓƒ †
[ ¿Qué es más fácil, decir: Tus pecados te son perdonados, o decir: "Levántate y anda"?. Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico): A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa. ]
××××××××××××××××××× Era momento de actuar. Aunque fuera descubierta, no perdía nada con intentarlo. Todos estaban demasiado ocupados, así que había elegido un momento que consideraba perfecto. El plan resultaba muy sencillo, sería algo así como un entrar y salir del lugar sin ser vista. Incluso, llevaba en la mano una lista de medicamentos que eran prescriptos para dormir, en caso de que no encontrara el que buscara o que hubieran múltiples. Sería una sola elección y el tiempo, su mejor aliado entre una derrota segura o la victoria. En este caso, el no ser atrapada robando la Enfermería cual adicta. Porque eso iba a hacer.
Stella Baudelaire sólo tenía diecinueve años y en su haber, ningún historial delictivo. Ni siquiera el escaparse de su casa era considerado como tal, porque aunque frecuentaba lugares donde muchos robaban, nunca lo había aceptado ni formado parte de ello tampoco. Sólo iba a bailar y volvía sin ser vista a la gran mansión matriarcal. Ahora, iba a hacer algo parecido pero por primera vez, para quitar algo. Si, iba a robar. Odiaba como sonaba aquella palabra en su mente, pero, ¿cómo engañarse? Eso se dijo, mientras abría la puerta de la Enfermería. Rezando porque no hubiera nadie mas podría fingir un poco por si era el caso. -¿Hola? ¿Doctor? -Preguntó, pero no escuchó respuesta alguna. Probablemente, como todos, el que gobernaba aquel lugar se encontraba preparándose para la fiesta. No sería sorprendida, lo cual le sacó un suspiro de alivio puro. Nadie podía verla, ni enterarse dado que eso le remordería más la conciencia. "¿Qué estás haciendo?", pensó, mientras escaneaba el lugar con la mirada. Nada. No había impedimentos.
Tembló, respiró hondo, y finalmente, se encaminó hasta donde estaba la sala con los medicamentos. Le tomó un par de minutos, dado que sus manos estaban temblorosas y algo sudadas, pero aún así, logró dar con el medicamento necesario.
-Bingo. Ahora dejarás la nota, y te irás. Aquí no pasó nada..-Murmuró para si misma, como autoconsolándose. Hundiéndose mucho más en la culpa unos segundos después. Pero lo necesitaba. En contra a un gran prócer que una vez dijo no venderse al "bajo precio de la necesidad", ella ignoró todas las voces en su mente que le decían que se detuviera. Al menos, esperaba que la carta expiara sus culpas. Incluso se había esmerado en averiguar el nombre del médico de guardia, para poder escribir la carta de manera de dejarla al destinatario directo de la misma.
"Estimado doctor Zhang :
Lo lamento. Prometo pagar lo que cueste, pero de verdad lo necesito.
Necesito dormir en paz. "
Dicho esto, atinó a retirarse del lugar, cuando un movimiento fue captado con el rabillo de sus ojos, haciendo que todo se detuviera al instante. ¿Habría sido descubierta?
.................................
[Tessa Weinmann] ❁❝El final llegó de todos modos.❞
ㅡ Duele. ㅡ Escuchó la palabra proveniente de sus labios. El ruido de las suelas contra las baldosas del instituto anunciaban la llegada de un ente ajeno, Alex. Su cabeza dolía y sus lágrimas protestaban al querer salir, la muerte de su madre le había dado un golpe fuerte, se sentía sola, ¿Por qué? No había quién motive sus proyectos en futuro, ni quién recibiera las cartas que solían llegar a la puerta de su casa, no habría nada esperando. Avanzó con cierto aire abatido y desesperanza. Necesitaba algo para calmarse, quizás quedarse en enfermería unos minutos acompañada de las blancas sábanas, cortinas y el olor a medicamentos, quizás eso podría calmarla o hacer que piense en cosas peores. Lo que sea sería bueno. A vísperas de la fiesta y culminación del año, quizás nadie estuviera allí, no tenían necesidad. Podría esperar y perderse la fiesta. Ajena a todo una sombra se ocultaba. ¿La fiesta se canceló? No. Era una chica cuyo aspecto era nítido y parecía asustada, siempre lograba confundir el enojo con el cansancio o desesperación, así que en realidad no sabía que ocurría. Frunció el ceño y antes de ingresar miró a la menor guardar una porción de pastillas. Sin duda sería la enfermera o estaba presenciando un robo auténtico. Apoyó su peso sobre la puerta, que siempre permanencia abierta para que los estudiantes entren sin temer que un doctor con aspecto se muerto los atendía ㅡaunque así fueseㅡ 《con todo respeto a los doctores》, un sonido chirriante al abrirse un poco más. Esa puerta necesitaba aceite. La chica, quién guardó las pastillas, presenció su visita inesperada. ㅡ¿Debes ser la enferma? O la enfermera.ㅡ Exclamó. No sonreía. No lo haría.
..........................
[Stella Baudelaire]
Aquel ruido parecía salir de sus pesadillas, directo a atacarla. Porque claro, en el mejor momento, cuando todo su absurdo plan parecía funcionar, no abría testigos, allí estaba. La joven que le devolvió la mirada poseía cabello negro y unos atormentados ojos del mismo color, pero la diferencia era que estos poseían algo más de calidez de trasfondo. Sin embargo, su rostro no denotaba expresión alguna. Era como si estuviera debatiéndose entre si ella misma resultaba una ilusión de su subconsciente o si de verdad estaba robando. Su pregunta la dejó sin palabras. No porque fuera incapaz de contestar, sino porque se preguntaba a si misma lo que debía hacer en aquellos instantes. ¿Decir la verdad? ¿Mentir? ¿La delataría en todos los casos? Tantas preguntas y la chica no parecía querer apartarse de la puerta, empujarla para correr lejos no era una opción. Además, era estudiante
, probablemente se la cruzara en alguna clase y sólo bastaría un momento que ella la recordara, después de todo, había huido. -Yo...Necesitaba algo de aquí. Lo devolveré en cuanto pueda. - Explicó con suavidad, rogando con la mirada algo de comprensión. -¿Podrías hacer como que no has visto nada? Por favor...Lo devolveré, yo no hago estas cosas habitualmente. - Cerró los ojos, esperando el veredicto como si se tratara de un juez. En realidad, no era para tanto, pero sentía mucha culpabilidad. El ambiente de la Enfermería resultaba pacífico, como si fuera una especie de paraíso a pesar de que allí iban enfermos o personas con problemas. Era como si quedarse pudiera ayudarla a sanar. Pero no deseaba encontrarse al médico de cabecera, a su mirada reprobatoria. Odiaba decepcionar a las personas, por eso, deseaba que la joven fuera comprensiva.
..............................
[YiXing Zhang]
⊱———— § ————⊰ Entre tantas voces superpuestas en su mente en aquel salón de fiesta donde la anatomía humana de Rafael se encontraba sentado en la mesa correspondiente y bebiendo una copa de vino distinguió una voz que captó su atención, voz de culpa premeditada, de contradicción interna sin importancia... ¿un rezo antes de cometer un pecado? Rafael negó con un tranquilo movimiento de cabeza mientras sus párpados caían antes de que el líquido de tenue sabor a roble ingresará por sus labios. Permaneció allí, inmutable, mientras todo acontecia en su pacífico y perfumado lugar de trabajo, extraño hogar siempre iluminado y lleno de sosiego que contrastaba con el resto del lúgubre castillo. Otra voz... de tinte sufrido y apariencia de fortaleza también irrumpia en la mente del ángel con presencia. Voces y sentimientos. Plegarias y pecados. Rafael observaba de lejos, tan lejos, ajeno y propio a la vez. Sabía cada movimiento, percibía cada respiración agitada y temerosa, el sonido de los comprimidos colisionar en su frasco, el peso de una de las damas que se apoyaba en la puerta de ingreso antes de poner un pie en la nivea sala de espera. Su mente reconstruia la escena como si fuese espectador de una obra de teatro que le causaba gracias por el inconsciente acto tipico adolescente de necesidad y a la vez una preocupación por la falta de conciencia del consumo de medicamentos sin prescripción. YiXing, desde su mesa y atento a lo que acontecia a su alrededor, suspiró y llevó con aquella exhalación una brisa helada que abrió abrupta una de las ventanas de la enfermería y el ingreso de una ráfaga de viento perfumado a flores que revolvía las finas hebras de los cabellos femeninos y las telas de sus prendas con intensidad a la vez que el papelerio encima del escritorio se agitaba, traviesa ventisca que el ángel movilizaba haciendo que la joven dama que obstruia el paso retrocediera con calma y la puerta se cerró de golpe dejando fuera a una de ellas y dentro a la otra fémina, por un momento. Dentro de la enfermería las luces se prendian y apagaban de manera extraña, como siguiendo una incierta melodía que el silbido de la brisa provocaba, ¿temor? El aroma era cálido a lirios del campo y ahora el céfiro acariciaba la piel del rostro de la dama encerrada bajo las luces que apaciguaban la intensidad de la luminaria llevando esa paz que buscaba en las letras de la nota que caía al suelo. Fuera, en el pasillo, el mismo céfiro aromatico danzaba al rededor de la complexión femenina jugando con ella y dejándola inmóvil sin rastros de dolor, físico y del alma. El silbido del viento era dulce a la audición de ambas, aunque separadas por la puerta tallada y solas, el arcángel llenaba cada espacio de soledad con inmensa calidez de perfume relajante. El juicio propio nublado, el libre albedrío de elegir el accionar, el sentido de culpa, el sufrir de un alma, la realidad... la vida misma. Aún se encontraba sentado y sereno en el salón esperando el juicio propio de quien pisaba el interior de la enfermería y observar el brillo en los oscuros ojos de quien se encontraba detrás del umbral sellado. La brisa finalizó su danza de sosiego, las luces se estabilizaron y la puerta se entreabrió con parsimonia. El camino a seguir, para ambas, estaba libre.
..........................
[Tessa Weinmann]
Segundos, minutos y lo que parecía una perennidad, la doncella, quien había saqueado las pastillas de aquel armario de madera, miró la fisionomía ajena, denotaba ansiedad y con aquella interrogación /acusación sin titubeo tendría porque estarlo. El simple hecho de robar, no era lo delicado, así siempre había sido para ella, su antecesor una vez la atrapó hurtando una de sus posesiones y el castigo era inflexible aún tenía algunas marcas en sus extremidades. Al confesar la ajena “¿Qué hacer en estos casos?”, si alguien te pide auxilio o que simules que no lo habías visto podrías hacerlo así o no. Cerró los ojos inmortalizando las frases de su padre, los hechos, las preguntas hacia Hannah, su consanguínea quien había fallecido por sobredosis. Estaba a punto de preguntar por qué lo hacía, o qué le pasaba, seguramente algún daño emocional la llevó a ser mártir de tal acto, su escusa poco o muy justificante tendría, pero una corriente de viento interrumpió toda especulación coherente, el lugar del viento era originario de una ventana pequeña clásica, el viento que empujó su cabellera se podía considerar como una brisa brusca primaveral, el olor lo testificaba, este empujó su demacrada anatomía fuera, la resonancia de la puerta cerrarse se escucharía a lo largo del pasaje. La brisa de aquello era incomparable. Pues esta había permanecido junto a ella danzando al manso compás de su correspondiente sinfonía. No enfriaba, apaciguaba. Sin duda jamás en lo que restaría de lapso sería participe de aquel sucedido, tan fastuoso, tan excelsa y determinado. —Das war seltsam. —Exclamó paralizada por aquello. Tras unos largos segundos, la brisa huyó al igual que todo lo que perpetuaba como serenidad. Y al parecer algo relacionada, o peor, le habría ocurrido también a la chica. Recordándola bien, parecía un gatito, un dulce y asustado gatito. La puerta se quedó abierta, apenas se podía ver algunas cosas que eran propias de la enfermería. Dudaba si ingresar. Encogió su mano hasta dejarla en un puño y tratar de llamar a la puerta, al rozar esta, se detuvo en seco. Prefirió llamar a la chica de quien dudaba saber su nombre, pero su rostro era vagamente familiar. —¿Estás viva?, ¿No te ha consumido el viento.— Gritó no demasiado fuerte como para llamar la atención pero si como para que ella la oyera.
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[Stella Baudelaire]
La súbita ráfaga que se desató, sobresaltó su corazón el cual latía desbocado cual potro salvaje, en busca de libertad. No tenía idea de porqué, de repente, sabía que alguien, o mejor dicho, algo, la estaba observando. No precisamente la joven. Era como si aquel viento trajera un mensaje diferente al que creía escuchar cada vez que pasaba por entre las hojas de los árboles. Pero se decidió a ignorarlo, justo antes de que la puerta se cerrara. Estaba atrapada en aquel lugar. "Por favor...lo siento, lo siento, no quería..." pensaba, su voz interna en susurros quebrados, mientras imágenes asaltaban a su mente. Ella misma, de pequeña, tomando el dije que ahora colgaba de su cuello. El caminante de las tinieblas, impasible, tomándola en brazos para que viera el cuadro hermoso de Miguel Angel, sus manos incluso recordaron el tacto irregular y rasposo de la pintura bajo sus dedos. Sangre. Mucha sangre. Cerró los ojos con fuerza, mientras aquel lugar parecía estar embrujado por como las luces daban parpadeos intermitentes. Estaban en un circuito serie, eso era totalmente imposible porque deberían haberse quemado todas. Físicamente imposible, pero estaba pasando, y se sentía repentinamente frágil. Como un cristal muy fino, a punto de tocar el suelo. De repente, fue rodeada de esa suave brisa perfumada que sus pulmones inspiraron. Fue como si todo dolor comenzara a retroceder , dando paz a su cuerpo. Sabía que su alma seguía herida, pero por el momento, toda desesperación fue contrarrestada. Sentía como si hubiera vivido aquello antes, esa capacidad de sentirse completamente segura ante algo desconocido. En su mente, vino la imágen de ese señor sin rostro, su caminante que atormentaba sus sueños y era rey de sus pesadillas. ¿A lo mejor él había intentado protegerla? ¿De qué? ¿Pero, acaso no era todo un sueño? Muchas interrogantes sin posible contestación, mentalmente pedía explicaciones con voz suave al viento, pero este era incapaz de responderle. Así como llegó, se marchó, para dejarla sumida en una relativa paz. El medicamento que pretendía hurtar, estaba tirado en el suelo. ¿Acciones con arreglo a fines, o con arreglo a valores? Primó lo segundo en lugar de lo primero y de inmediato, dejó la caja en la mesa, para abrir la puerta con cuidado al escuchar la voz de la joven llamarla. -No...No me hizo nada, estoy bien. Ya devolví la caja, no lo haré. No puedo hacerlo, vendré cuando esté el doctor para pedirle que me recete cosas.-Susurró, con la mirada perdida pues se encontraba reflexionando sobre los sucesos ocurridos.
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[Tessa Weinmann] El pánico había debilitado toda atrevimiento y exaltación de querer atraer patrocinio oportuno a través de unas tabletas fue destronado por el suave bisbiseo de algún ente censurado que vigilaba por allí, derivó que aquel día había sido particular y magnifico, claro con sus infortunios, reiteradamente se vio provocada en incorporarse y ostentar a aquella damisela de ojos grandes que tomase algunas grageas para ella. Empujó la puerta con delicadeza y puesta a ser amable con la chica –deducía que tendría su edad–, cuyos inconvenientes no eran independientes pero eso no restaba jerarquía a sus principios. —Miedo. —Fue lo único racional que en esos instantes se le ocurrió expresar, miró hacia la lumbrera, y vio que esta estaba consumada al igual que todo lo que engalanaba aquel cuarto blanco con olor a pociones, aquello le trajo evocaciones, no muy placenteros pero precisos, de la defunción de su progenitor, en un hospital a merced de los extranjeros y mejunjes que nunca –o algún vez– le había proveído sin previsión, sintió el peso de la lobreguez y que su elemento amparaba su cerca como una prenda que no cubría su morfología pero podría herir a los demás, era miedo y su elemento hacía lo propio. Al fin pudo ver el aura de la chica, era verde pero no fulguraba con tal ímpetu con el que otras lo hacían, quizás el desasosiego hizo amortiguar tal luz que engalanaba su exterior. Respiró hondo, e inclinó la cabeza un poco hacia delante –se educaba a las costumbres coreanas pero no del todo– al reanudar a su posición inicial, amoldó su melena trigueña con algunas horquillas que amontonaba en su americana corta azul y las sembró por el mismo haciéndose lucir un poco más reciente a los hechos. —Mi nombre es Tessa. — Anunció. Permaneció inanimada unos segundos y esperó a que su contestación fuera concreta y no un simple movimiento de cabeza o alguna palabra ordinaria. Cruzó los brazos bajo su pecho y miró que sus uñas estaban minadas, no se las comía, las cortaba hasta más no poder y si por ella fuese llegaba a la misma cutícula. — ¿Cuál es tu nombre?— Disputó recluyendo sus manos en un puño para que no pueda ver cuán pusilánime era tener las uñas en tal fase. —No sé tú, pero prefiero salir. —Dijo sin dar momento a responder su propia pregunta chica quien había hurtado las pastillas. A ciencia cierta en un futuro se toparía con ella y le diría así, sería un largo pero muy bonito apodo. Sonrió para sus adentros.
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·
[Stella Baudelaire] El escuchar esa palabra casi la hace reír ¿Miedo? No, eso se había esfumado por completo hace bastante tiempo, lo que palpitaba en su interior era la serenidad, mezclada con una extraña sensación de desasosiego. Como si su mente se hubiera desconectado de su cuerpo y por un momento, vagara en otros lugares, incapaz de volver dentro de ella. Lo evidenciaba que ante el escrutinio femenino ya ni importaba lo que fuera a decirle. La caja de pastillas había quedado sobre la mesa, sin ninguna evidencia de ser tocada a no ser que alguien pudiera comprobar las huellas digitales en el cartón. Divisó con el rabillo del ojo como le contestaba, así su atención fue volviendo a la joven de cabellos dorados como las espigas de trigo, la cual estaba saludándola. Atinó a hacer lo mismo, después de todo -y aunque no le parecía necesario, creía que era tan extrangera como ella- el adaptarse al protocolo era importante. "Tessa..." pronunció en su fuero interno, grabando el nombre de aquella fémina. Algo le decía que recordarlo podría ser importante. Los nombres dan poder, y conocerlos, da sabiduría, mas si se sabía usarlos en el momento indicado. -Mi nombre es Ste...- Se vio interrumpida por la acción contraria, su presencia alejándose de la suya con una mirada casi divertida, como si estuviera sonriendo en cierta manera. Tenía ganas de detenerla, pero al mismo tiempo, sentía que debía salir del sitio en el que se encontraba. Aunque deseaba quedarse un rato más, la paz que se respiraba allí embriagaba sus sentidos. Era como estar en casa, esa que sensación de pertenencia que no poseía hasta ese momento específico de su vida. En esa enfermería. -Gracias...-Susurró al aire antes de dar una venia, despidiéndose de aquella paz y la brisa misteriosa que tanta serenidad trajo a los recónditos más profundos de su mente. Lo último que se escuchó luego de esto, fue el sonido de la puerta al ser cerrada con ligereza.
-Iɴᴄᴏᴍᴘʟᴇᴛᴇ ᴍᴇᴍᴏʀʏ -
[20141222]
Era irritante el sonido de aquellas voces en su mente. Resultaba un cúmulo de tonos sin sentido, de crescendos poco armoniosos buscando no ser oídos por ella, pero si por los demás.
-Es la hija de los Baudelaire-
-Oh, pobre niña-
Sin embargo, la pequeña no entendía demasiado. Toda la escena le parecía demasiado irreal, es más, de repente se había visto en un lugar raro que logró leer, "Policía". No entendía mucho en ese momento, sólo que una señorita muy amable había vuelto con ella al hotel donde se hospedaban sus padres, y a los dos días, entre muchas preguntas insistentes de la infante, su abuela había aparecido. El rosto impasible de la misma no se comparaba a antes, cuando solía dar una sonrisa suave ante sus ocurrencias.
Se vio metida dentro de un vestido negro, una pequeña muñeca de ébano con una sonrisa totalmente pura, brillante, alegre. Una ironía. Luego, lo próximo que supo era que desfilaba por entre los pasillos de esa gran iglesia, donde persona conocidas y desconocidas la observaban. Estaban tristes, pero ella no entendía porqué.Eran días donde la muerte no era nada más que un simple fantasma desconocido, por ello, cuando la acercaron al ataúd, cerrado herméticamente, no entendía. Ni menos, entendía los sollozos de cuanta mujer había presente en ese velorio.
Porque un niño no entiende lo que es morir. Ni lo que es vivir. Sólo respira, hasta el último aliento que le queda, sin saber si será ese el final, siempre pensando que hay un mañana para jugar. .....
Se levantó, empapada en sudor de nuevo. Si seguían así las cosas, podría perder la cordura en cualquier momento. Deseaba que pararan. Iba a ser otra noche sin dormir, la tercera desde que había llegado. No eran muchas, pero para ella , acostumbrada a un sueño tranquilo, resultaban demasiadas. Cada parte de su cuerpo parecía buscar salir de allí , correr, querer huir. Pero su mente la traicionaba.
¿Debería ir a un psicólogo? ¿Se estaba volviendo loca? El episodio había ocurrido hace casi dieciséis años. No debería ser capaz de dejarlo seguir atormentándola. Esperaba que, donde quiera que estuvieran sus padres, tuvieran clemencia por ella y rezaran para que su mente no fuera atormentada de aquella manera. Por primera vez, tal vez en un tiempo largo, se abandonó al ritmo de un Ave María. Eso lograba que conciliara el sueño de nuevo ignorando por momentos que al regresar, cerrar los ojos, esa escena se iba a repetir una y otra vez, porque no estaba cerrado el capítulo. Sólo que ella no lo sabía, o tal vez, ni siquiera lo recordaba.
✝ ᏕᎥᏁ ᏒᎧᏕᏖᏒᎧ ✝ [20141203]
Una niña guiaba sus pequeños pasos a través de aquella Iglesia, muy alejada de donde estaban sus padres. Los mismos, al parecer, no se percataron de la curiosidad de la infante, ni tampoco, los guardias de seguridad, que parecían estar en otros pensamientos en lugar de en su trabajo. Caminó por entre los bancos cuya madera refulgía, si eso era posible, gracias al barniz, acompañada solo por el silencio solemne de aquel templo sagrado. Todo era demasiado aburrido, ¿cómo podría no serlo para una pequeña de tan sólo tres años? Y aún así, cierto brillo llamó la atención de sus inocentes ojos.
Se abrió paso,tambaleante, entre las pocas personas, para ir a las galerías de aquella Iglesia, sin perder de vista ese objeto que parecía relucir y capturó todo posible pensamiento con poca coherencia que un niño suele emitir.
"Yᴏ..."
Finalmente, llegó, para agacharse con algo de gracia, y tomarlo entre sus manos. Un sencillo prendedor, que formaba una rosa, brillaba gracias a la luz que se colaba por el gran ventanal. La niña no cabía en gozo mientras lo observaba detenidamente, casi como quien hubiera descubierto una fortuna incalculable. A sus ojos, no había nada más hermoso. Hasta que levantó la vista y vio aquel cuadro. ¡Tal vez podía pintarlo! Pero para su decepción, descubrió que ya estaba hecho, con varios colores adornando el lienzo.
Obviamente, los niños no saben comportarse de manera correcta en sitios para adultos. Deben estar bajo la supervisión de un mayor, pero, la pequeña se había escapado de la protección de sus padres un segundo, y al otro, ya estaba balanceándose entre las puntas de sus pies, buscando con las yemas de sus diminutos dedos, tocar aquel lienzo.
-¿Que es lo que quieres, pequeña? - Preguntó una voz de la nada, oculta entre las sombras. La niña se detuvo, mientras volteaba a ver el extraño, distinguiendo sólo una hermosa figura que claramente pertenecía a un hombre. Su ropa era como el color del cielo en la noche, o al menos esa fue la comparación de la infante, quien parpadeó de manera suave antes de formar un pequeño berrinche con sus labios. -¡Angeli!- Respondió en voz cantarina, en un italiano perfecto a pesar de su edad. Mientras decía eso, volvió a intentar tocar el cuadro, para frustrarse de ver que no lo lograba.
"Sᴏʟᴏ ǫᴜᴇʀíᴀ ᴛᴏᴄᴀʀ...ᴀ ʟᴏs áɴɢᴇʟᴇs."
Sintió como si alguien la tomara entre sus brazos, para ponerla a la una altura suficiente como para poder apoyar su pequeña mano sobre el cuadro, sonriendo con suficiencia al ver que finalmente cumplía su objetivo. Luego, casi en algo que parecía ser cámara lenta, volteó para ser educada como le habían dicho sus padres, y agradecer a su pequeño pero alto amigo, por haberla ayudado.
"¡Nᴏ ᴠᴏʟᴛᴇᴇs!"
.........
Se despertó, en un mar de sudor, con las pupilas dilatadas y sus manos apretando fuertemente un collar, que no dudó en frotar inconscientemente puesto que deseaba calmarse.
Desde que había tenido memoria esas pesadillas la acechaban, mas parecían haber cesado en el último año gracias a muchas sesiones de terapia que su abuela programó al ver que aquello afectaba la salud de su nieta.No dudó en sentarse, prender la luz y tomar de su cómoda, un dulce que se dedicó a comer con bastante lentitud, respirando hondo, pero con temor de cerrar los ojos de nuevo. Esta vez, podría jurar que había sido real. Siempre veía todo desde fuera como una simple espectadora más, o casi, como si fuera el narrador de esa sutil pero perturbadora historia. Porque ella ya había estado allí. Sabía que ese viaje fue el último que realizó con sus padres, y no había nada después de eso, no más memorias.Aún así, la asustaba de sobremanera que esas pesadillas volvieran, porque parecían ser importantes, por más que siempre se le dijo que eran desvarío de su mente. Esta vez lo había sentido. Cuando volteó, la niña del sueño era ella misma. Y observó al extraño encapuchado, al que jamás había logrado verle el rostro. Porque cada vez que miraba, sólo veía un agujero negro, sin cara.
"яєα∂ιηg συтℓσυ∂. вєιηg нєαя∂, ℓσηℓєу σя мιѕυη∂єяѕтσσ∂?"
20141202.
El nuevo espacio en el que se encontraba, era fruto de la tardeque pasó luego de encontrar la Biblioteca de manera tan amable con aquel joven. Lo había ido a buscar luego pero no estaba, sin embargo, quedó eclipsada por la belleza del forraje y demás plantas que se presentaban a su alrededor. Cada vez le gustaba estar más allí. Especialmente, dado que la tranquilidad parecía reinar a medida que el crepúsculo se hacía visible en el horizonte.
Normalmente solía llevar su cámara, pero había pasado a dejarla en su habitación, ahora solo cargaba uno de sus libros favoritos. Tal vez era porque la literatura clásica le fascinaba, o porque específicamente la temática de la misma lo hacía. El caso concreto era que llevaba un hermoso ejemplar, traído desde Amsterdam claro, de uno de sus autores favoritos. Por esto, estaba más que entusiasmada en encontrarse con un paisaje alentador en cuanto logró dar con el jardín : resultaba perfecto para deleitar su mente y su alma con el placer de la lectura.
"¿Cómo estará la abuela?" , se preguntó para si misma mientras acomodaba su cuerpo debajo de uno de los árboles que ofrecía cierta sombra, aunque la luz solar se apagaba lentamente. No pensó que fuera a extrañarla, pero esa anciana de rostro pétreo y estrictos modales, resultaba lo más cercano a la familia que debió tener. Pero como ella misma diría, "ocúpate de lo que puedas solucionar", decidió ocuparse de lo que la convocó allí. Leer.
En cuanto abrió el libro, se dijo a si misma que estaba tan despistada, definitivamente debería prestar atención a lo que compraba. Italiano. No sabía el idioma, sólo había pasado un verano en ese país cuando apenas tenía cinco años, le resultaban muy difusos esos recuerdos. Incluso, dolorosos si intentaba concentrarse en ellos. Sin embargo, carraspeó, antes de mirar a su alrededor, incapaz de notar la presencia de alguien que pudiera escuchar su terrible pronunciación.
-"Per me si va ne la città dolente, per me si va ne l'etterno dolore, per me si va tra la perduta gente. Giustizia mosse il mio alto fattore: fecemi la divina podestate, la somma sapienza e 'l primo amore. Dinanzi a me non fuor cose create se non etterne, e io etterno duro. Lasciate ogne speranza, voi ch'entrate".-
Parpadeó, para luego comenzar a leer en silencio la página siguiente, en donde, por fortuna, había una traducción de lo que enunciado anteriormente en ese idioma derivado del latín cuyo acento casi cantado le era familiar en algún recuerdo, pero que estaba segura, de que lo había pronunciado de manera catastrófica. Sonrió para si misma, dado que por alguna razón había disfrutado ese pequeño acto infantil al haberlo dicho en voz alta cual si fuera obra de teatro para niños. Es más, casi podría contar la historia a los animales, o al viento, si estos fueran personas en carne y hueso.
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Cientos de árboles y algunas flores se extendían hasta donde su vista alcanzaba, en cualquier dirección que mirase en el corazón del bosque. Extraño era que aquellos días en que la nieve reinaba sobre la isla, hubiera lugares tan inmaculados donde aparecía aun el verde queriendo destacarse entre el blanco y algún que otro dorado. El viento corría suave y causaba el que las hojas de los árboles chocaran unas con otras en melodías inexactas, los pájaros cantaban y... a la lejanía, alguien más lo hacía también. Sin mayor demora, acomodó su larga y ondulada cabellera tras los hombros, dejándola caer en cascada sobre su espalda, para después llevar su mano hacia el carcaj en su espalda, buscando otra flecha. Había estado toda la tarde practicando arquería, apuntando al blanco de un circulo de madera fijo en uno de los arboles, buscando así liberar algunas tensiones que venían atormentándola. Agudizo la vista y tenso el arco disparando la última flecha, que volando rauda se incrusto sobre su objetivo en el centro blanquecino y redondeado de madera. Luego de finalizar con su practica, aspiró una gran bocada de aire y luego, una enorme sonrisa se formó en su rostro apenas fue capaz de escuchar una voz al otro lado del estrecho arroyo.La curiosidad la guió en el camino por donde la dulce voz procedía, y para su sorpresa unos ligeros destellos de una rojiza cabellera sobresalió entre tanto verde y blanco. —Inferno. Manifestó conforme sus pulmones expulsaban por completo el aire que momentos antes los llenaban, tratando así de contener esa agradable sensación por los recuerdos que comenzaban a colmar de su mente. Extraño era escuchar en aquella isla perdida, que alguien leyera versos en italiano, su buena pronunciación plasmaba imágenes de hace años atrás, su abuelo materno sentado bajo un árbol frondoso, una cálida tarde de Abril, recitaba con fascinación algunos cánticos de la Divina Comedia, de sus vicios y sus virtudes. Estas palabras de tono sombrío vi escritas en lo alto de una puerta; y yo dije: ❝Maestro, que grave es su sentido❞. Y como persona prudente, el me repuso: ❝Debes aquí dejar todo recelo; y debes dilatar aquí a tu cobardía. Hemos llegado al sitio que te he dicho en que verás las gentes doloridas, que la paz del intelecto ya no poseen❞. Comentó al azar, recordando de memoria del Cántico III de la famosa obra y se colocó a pocos pasos de ella, escuchando nuevamente otra frase de los labios adversos. – No es mala tu pronunciación - Acotó sin observar al rostro de la desconocida, pero con intención de ser escuchada. Todo tenía un aire de curiosidad de extranjera que apenas conocía el idioma, a pesar de que entendía todo a la perfección, ¿pero para qué demostrar lo contrario? Ya cuando tuviera su atención ya vería qué hacer.
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Su propia voz, en el momento de la pausa, se vio seguida de una suave, algo sosegada pero sin duda, una voz que añoraba pronunciar esas palabras. Se sorprendió de que alguien la hubiera escuchado. A veces, el viento podía traer muchas cosas. Entre ellas, personas quienes quisieran escuchar. Volteó su rostro, para observar a la joven allí presente. Era grácil como una gacela, pero algo en su mirada denotaba que podía ser mucho más intimidante y peligrosa de lo que parecía. Sin embargo, no emanaba ningún aire amenazante. Le hacía sentir en cierta manera, cómoda. - ¿De verdad? Hace años que no leo esto...Es grato saber que al menos conservo algunas enseñanzas de mis padres.Y también, que alguien gusta de grandes obras literarias como esta, no todos lo hacen. - Expresó, inclinando la cabeza en una señal de saludo. Suponía que era normal hacerlo, las costumbres coreanas aprendidas por su abuela, le indicaban ello. Y si alguien respetaba las costumbres, era ella. Aunque no deseara hacerlo, era algo demasiado banal, prefería el simple contacto sincero, una reverencia entre palabras, a una corporal que siempre podía ser falaz. Aún así, era lo que correspondía, no iba a dar muchas vueltas al asunto. Se preguntó si debía presentarse, por más que la joven no lo hubiera hecho. Tomó aliento, antes de decir con suavidad. -Mi nombre es Stella, ¿eres by Supreme AdBlocker">estudiante también?- Mientras esperaba, se acomodó mejor, dejando de apoyar la espalda contra el árbol para observarla de frente. Se percató de que poseía un caraj, arcos y flechas. A lo mejor, estaba practicando, normalmente esos pasatiempos eran a los que acostumbraba, pero no había podido practicar ella misma desde que llegó. Resultaba algo raro, de todas maneras, que permitieran el uso de armas sin un profesor presente. ¿Sería porque tenían un permiso especial? O a lo mejor, era parte de alguna expedición de caza. ¿Y si había interrumpido algo importante? El labio inferior se vio atrapado suavemente por sus propios dientes, mientras pensaba que tal vez había sido un incordio para la joven.
First Day of Being New, Lost and Found.
20141201.
Una buena pregunta era si podría investigar todas las áreas que le parecía importante conocer, en un sólo día. El llegar, acomodarse en su habitación, dormir (la diferencia horaria la había fulminado) no pudo hacer el clásico recorrido por las instalaciones. Sin embargo, la percepción de que aquel lugar era muy grande no resultaba errónea. "Calma, Stella. Sólo...procura mirar bien por donde vas", se dijo en su fuero interno, evitando entrar en pánico. De lo contrario, podría perderse.
Se decidió a poner una sonrisa en su rostro al caminar por los pasillos, con su inseparable morral que tenía dentro una pequeña cámara Polaroid. Haría fotografías de cada rincón que llamara su atención, para no olvidarlo así como para ponerlo en su diario. Le gustaba guardar recuerdos de las cosas importantes en su vida. Cambios, en este caso. Sin embargo, su capacidad para mantenerse concentrada en dos cosas al mismo tiempo resultaba nula dado la emoción de recorrer esos misteriosos pasillos que le gritaban "explórame" a cada segundo, y terminó perdiendo noción no sólo de la hora, sino también de en donde estaba. Los pasillos eran todos iguales, ¿quién no se confundiría? Para peor, de a poco comenzaba a disminuir la luz solar, el astro rey al parecer no deseaba cooperar con ella.
Respiró hondo, mientras se balanceó sobre sus tobillos en frente a una pintura colgada de la pared. Le gustó mucho, tanto que comenzó a observarla con detenimiento, volviendo a olvidarse del resto. En la parte superior, estaba Cristo junto con María, y a su lado, los Santos. Pedro, Pablo, Andrés, Bartolomé, Catalina, Sebastian, Lorenzo y Blas. También, en la parte inferior, los seres humanos : salvados a la izquierda, pecadores a la derecha. Ellos, estaban castigados a pasar sus días en el Averno. Pero eso no llamaba precisamente su atención. Lo que más le gustaba, eran los ángeles con las trompetas.
-"Y los siete ángeles que tenían las siete trompetas se dispusieron a tocarlas. El primer ángel tocó la trompeta, y hubo granizo y fuego mezclados con sangre, que fueron lanzados sobre la tierra; y la tercera parte de los árboles se quemó, y se quemó toda la hierba verde. El segundo ángel tocó la trompeta, y como una gran montaña ardiendo en fuego fue precipitada en el mar; y la tercera parte del mar se convirtió en sangre. Y murió la tercera parte de los seres vivientes que estaban en el mar, y la tercera parte de las naves fue destruida. El tercer ángel tocó la trompeta, y cayó del cielo una gran estrella, ardiendo como una antorcha, y cayó sobre la tercera parte de los ríos, y sobre las fuentes de las aguas..."-Enunció en voz baja, antes de estirar sus manos contando las trompetas. Algo estaba mal, pero no sabía qué. Tal vez era su propio subconsiente diciéndole "idiota, te has perdido".
Crescendo Of Freedom
. 20141130.
Estaba demasiado concentradaen la melodía como para prestar atención al mayordomo que se encontraba claramente espiándola desde la puerta. Apenas y llevaba media canción, cuando sintió una mirada algo molesta sobre ella, como un sexto sentido que la alertaba, por lo que paró de tocar para observar detrás de ella con irritación. En efecto, un mayordomo estaba parado en la puerta semi-abierta, y al ver que ya se había percatado de su presencia, hizo acto de la misma en la gran habitación. -Señorita, una carta para usted.- Asintió ante lo que le decía, luego dio un seco "puedes irte" antes de dejarla sobre el sillón de cuatro cuerpos color café, ese en el que gustaba de leer cuando llovía.
Se dedicó a volver a su música. No había nada más que amara a no ser bailar, claro está, pero esto último lo aprendió de manera clandestina. Su abuela no toleraba ningún tipo de arte del siglo en el que vivían, al parecer, pero le obsequió un violín y comenzó a darle ella misma clases, con la esperanza de cultivarla en "las bellas y verdaderas artes". Al terminar finalmente de practicar la pieza, acomodó todo de manera que la pulcritud volviera a reinar sobre aquella habitación. Casi olvidó la carta, si no fuera porque el sobre o más bien, su sello color violeta, alteraba totalmente la habitación. "Como si tuviera vida propia", pensó, antes de tomarlo. El papel era suave, pero se notaba que tenía cierta antigüedad. El sonido del mismo al romperse el sello para develar la carta escrita en una letra fina y sofisticada, hizo que le dieran escalofríos. Porque era como romper con el misterio que implicaba el sobre, junto con su contenido.
Leyó varias veces, sin poder creerlo. La habían convocado para ser parte de un Instituto, varias veces había leído del mismo pero nunca supuso que formaría parte de esa "elite", su abuela siempre la había educado en aquella mansión y Amsterdam nunca dejó de ser además del lugar donde nació, su hogar. Pero ahora con dieciocho años, deseaba escapar tan pronto pudiera de allí. Y su boleto de ida estaba entre la tinta de esas palabras.
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El vuelo no había demorado demasiado, tampoco el llegar a Seúl. Aunque le hubiera encantado pasar por su querida Busán, de donde eran sus padres. Pero ya había un chófer designado por su queridísima (notese el sarcasmo) abuela a que la llevara directamente al dichoso edificio. En el camino, se puso sus audífonos para simplemente, fundirse con el paisaje silvestre y tratar de imaginar como sería el lugar, mientras las ruedas del auto chillaban al pasar por el camino de tierra, algo inhóspito a causa de la lluvia que se había desatado en finas gotas para el momento en el que Stella llegó a Corea. Tenía esa idea de un gran castillo, con pasillos que gritaran secretos y nuevas historias para contar. A lo mejor también había demasiada gente pero esperaba que eso no resultara un problema. Ella sólo quería un lugar. Un lugar donde podría, al contrario de lo que su abuela pensara, tomar las riendas de su propio destino, como quisiera. No habría ojos reprobadores que la observaran ni tampoco nadie a quién temerle.