El niño...
Ese pequeño retoño escuálido y pálido, remedo de niño, cruzo la calzada con una velocidad de saeta, se incrustó en la descolorida vidriera de la heladería, años tenía haciendo lo mismo. No podía evitar ver como la crema helada subía y bajaba por una máquina que más que exhibirla la amasaba. Su mano inconsciente se levantó por encima del hombro mientras sus mejillas flacas se pegaron a fuerza en el vidrio, se quedó ahí con una lágrima por ojo a punto de caer y suicidarse antes de nacer. El calor era sofocante, el sol azotaba la tierra cada vez que sus rayos salían de su centro infernal. Enero, era en ese Enero que sucedió… Un desconocido, al menos no era habitual del pueblo, no pudo menos que hacerse de esa imagen una postal de las más tristes que habían pasado por su cabeza llena de canas, que no reflejaban su edad sino su experiencia. Así fue como cruzando la ancha avenida que más que desierta presentaba una imagen de desolación, llego hasta el lado del niño. Lo miro bien, estaba vestido con ropa raída por el tiempo, bien limpito eso sí, se reflejaba una pobreza innata de aquellos que conocen el dolor de no tener. El extraño con el dedo índice golpeo dos veces el vidrio por encima de la cabeza del niño. Este reacciono, dando un salto y tres pasos para atrás, del susto; lo habían sacado de su nirvana, interrumpido ese ritual sagrado de ver correr el helado, de arriba hacia abajo y viceversa dentro de esa máquina. El extraño señalo el interior del local, que parecía estar acondicionado para que el calor solo llegara a la puerta, haciendo el gesto de invitar a ese niño a comer un helado. Al principio, por el susto, la criatura no interpreto lo que el extraño quería decirle, ni la intención de este. Después del tercer intento, arranco para adentro de la heladería, y por detrás a unos pasos, ese extraño lo seguía, como queriendo alcanzarlo pero la distancia y la impaciencia del niño lo impedían. El ritual de pedir el helado y elegir los gustos, pareció durar una eternidad. No había mucho para escoger, pero para ese niño, parecía que el cielo se había abierto para regalarle la felicidad completa… Ambos compraron los mismos gustos, salieron a cruzar esa avenida. La alegría, la tremenda felicidad que acompañaba a ese niño eran de otro mundo. Su sonrisa, sus gestos exagerados y los labios ya pegoteados del helado eran dignos de una foto para un mural feliz.
En su inocencia jamás llego a sentir el terrible rechinar del caucho contra el asfalto, de las corridas y los gritos, la desesperación de la gente… El llanto sin consuelo de una mujer humilde al borde del cordón, los gritos desesperados y desencarnados hacían la escena aún más tetrica… El extraño llevaba de la mano al niño, mientras que al ritmo de un silbido acompañaba el creciente resplandor de una luz intensa donde ambas siluetas se perdían para siempre… Dejando en la atmosfera la risa de aquel niño pobre que había conocido a la muerte en su momento más feliz.
Blue Fenix.-


















