Nati me esperaba en la cafetería del teatro. Siempre me pone incómodo moverme entre anónimos quietos que están todos coordinados haciendo algo, en este caso cafeteando, comiendo, gerundiando. Porque uno entra y como en el lejano oeste, lo miran. Y encima uno no va a gerundiar, va a conjugar el verbo buscar (a Nati, ahí adentro comprando una Coca). Soy el único que está haciendo otra cosa y por eso parece que soy el único digno de ser observado. Entonces mientras la busco disimulo, hay por ahí unas estanterías con libros, objetos en venta que aluden al teatro en particular y a Montevideo en general, recorro el lugar como interesado en esas inutilerías. Veo de todo menos a Nati. Salgo, me recuesto en una columna más gruesa que yo, y mientras mi paraguas cuelga del brazo le escribo que estoy afuera, que entré la busqué y no la encontré. -Ahora estoy en boletería -me dijo -en la puerta de entrada. Voy y la encuentro fácilmente. Ahí me cuenta el episodio de mi búsqueda en la cafetería, desde su perspectiva, lo que me abrió los ojos para siempre: -Te vi entrar y no te quise molestar porque estabas muy interesado en los libros, después te perdí. Me demostró que mi táctica de camuflaje funciona a la perfección. Pero también me di cuenta al verla mientras me decía eso, que mi error fue pensar que era más importante disimular que la estaba buscando en lugar de poner todo mi empeño en dar con ella. Con mirarla ya uno se daba cuenta de que esa noche no había nada más importante que encontrarla.
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