“Hoy estará cerca de Aries:
prende algo, ofrécele fuego en cuanto salga”.
Sin prisa, sin muchos detalles,
tomé un ramo de endrovios y otro de dalias.
Ardieron.
Tuve antojo de visitar a un amigo
que al oírme llegar cerró la ventana
bajo la excusa del contagio y el peligro,
cuando fue sólo flojera de verme la cara.
Entre lágrimas compré un tamal
que quísele regalar a quien me lo vendió.
La masa la hice yo
—dijo—, y no me gusta.
¿Nos coronaremos como la especie rota?
De nuestro aliento, la mezcla inflamada
quiebra, hace trizas la tela,
y se vuelcan más allá de sí, de la flama,
las bocas descubiertas.
A finales del año pasado fuí a Veracruz para recibir el nuevo año con un amigo. Impresionado por cuanto puede cambiar el paisaje en un viaje de cuatro horas y media, llegué al piano bar que definimos como punto de encuentro. Me costaba trabajo entender como alguien que creció en la Escandón puede un día dejarlo todo e irse a vivir al bosque. Me parecía por momentos una fantasía werthereana que no puede existir en realidad.
Pero durante los siguientes días descubrí, para mi asombro, para mi espanto, que esa vida existe. La de las largas caminatas y de las cosas brillantes.
Fuimos a desayunar al centro. Me dijo que más tarde tendría que salir a unos encargos, y me invitaba a acompañarlo. Cuando le pregunté a dónde iba me respondió “al lugar más vivo”. Me dijo que era el lugar donde la poesía brotaba de la naturaleza. Le respondí burlón que su vida en el bosque lo estaba enloqueciendo. Luego comimos el postre y tomamos cafe. Para volver a casa de mi amigo había que subir una colina que después había que bajar. A mi, poco acostumbrado a esos trotes, el recorrido me dejaba siempre muy cansado y con ganas de dormir la siesta. Cuando desperté de uno de esos descansos me encontré con una nota de mi amigo diciéndome que había salido a atender sus asuntos.
Aproveché los últimos minutos de luz y salí a caminar. Caminando entre los árboles me pareció escuchar copas que brindaban y carcajadas estruendosas que parecían venir de todos lados. Una celebración, pensé. De pronto una criatura que decía llamarse Brunilda me tomó de la mano y me llevó, cruzando el río, cerca del árbol caído, a la Mansión Mística, un lugar de asombro. Para llegar ahí, me dice, hace falta estar ahí. Es una cuestión de presencia, de habitar plenamente. Admira tu reflejo en el viento, siéntate y platica con las ventanas.
Había un aire sombrío en el festejo, de algo que está por pasar, una catástrofe que nunca llega. No es mi intención ser miserable, me dice el inconsolable mientras me habla de una cruel belleza que se encuentra después de lo humano. La Anfitriona, aunque se notaba un poco desanimada, conservaba esa cualidad para hacer de cualquier cuarto un Gran Salón. El Ladrón se acerca y me dice al oído que tenga cuidado, que donde hay asombro, hay espanto. Busqué con la mirada a la criatura que me había llevado hasta ahí; pero era inútil, se había disuelto en las profundidades de la Mansión Mística.
celebración, espanto es el último libro de Bruno Dario, editado por Ediciones Sin Nombre en Junio del 2019. Veintiséis poemas, autónomos en primera instancia, reunidos en una secuencia de acontecimientos donde se dibuja un relato posible.