Aterrorizada, Tanya suplicó al cielo que sus piernas no empezasen a flojear nada más salir corriendo de la tienda. Para su mala suerte, en el local se cruzó con unos excompañeros de clase, y uno de ellos, para más inri, fue al que pegó en defensa propia. Enseguida supo, gracias a sus miradas, lo que aquellos jóvenes planeaban una vez salieran de allí y estuviera fuera del campo visual de los demás paisanos. Su compra cayó en algún momento de la huida, y ni siquiera se molestó en mirar por donde cayó para recogerla después. Pronto escuchó sus pasos, andaban trotando hacia ella. El pecho de la castaña se hinchaba y desinflaba al igual que un globo, sus pulmones se esforzaban demasiado en intentar mantenerla con aire. Comenzaron a gritar al igual que las propias bestias salvajes de sus cuentos. Justo cuando quiso doblar a la calle principal, llena de multitud, la tiraron al suelo de un sólo empujón. Cayó bocabajo, y nada más intentar levantarse, alguien le agarró del cabello.--¡Para! ¡Para!--gritó de forma despesrada, queriendo saber si alguien podría oírla. Un tortazo le fue propinado, y sin querer se mordió la lengua. El sabor de la sangre llenó su paladar y tuvo que escupir debido a las arcadas que sintió.--Deberíamos darle una pequeña lección a esta mosquita muerta. Justo la que tú no pudiste ofrecerle ese día, Orien--repuso uno de los chavales. Tanya intentó escapar, agitando su cuerpo cuan pez fuera del agua.