☠ (oh god con cualquiera de nuestros bebés, igual me dará una tristeza horrible t_t)
No sabía cuál era su propósito al querer asistir a aquel club del tres al cuarto fuera de los parámetros de la alumbrada y protegida ciudad, la cual daba aspecto de castillo inquebrantable desde la lejanía. La esencia de “glamour” perdía pétalos conforme avanzaba hasta el norte, donde sólo podías encontrar varias fábricas abandonadas o círculos de antros similares donde la pequeña Aubrey captaba la escucha imperceptible de su familiar clientela. Se suponía que él ya dio el caso por perdido. Briët no logró adivinar la complejidad de su descabellada idea una vez que aparcó la destartalada caravana en el párking. Aparte, se suponía que no iba a importarle ni un pimiento la elección de esa maldita cría con esperanzas de labrarse un próximo futuro al bailarina mientras se contorsionaba en esas barras llenas de grasa, sudor y vete tú a saber que más cosas y a la intemperie de miradas hambrientas y deseosas de su suculento cuerpo para poseerlo en ostentosas formas poco adecuadas a su juicio.
Era un imbécil por querer sacarla de allí y hacerle entender que ese mundo no era para una chica de su clase, sí, lo era. Sabía de su natural cabezonería para adjudicar al resto un mínimo de razón. Los días pasaron. Él continuó ejerciendo su punto de inflexión sobre su retorno a su descuidado hogar y donde su enfermiza madre andaba aguardándola con los brazos abiertos, sin tener en cuenta nada de lo ocurrido en el pasado. Pero… ¡nada! Ella le rebatía en la importancia de no meterse en camisa de once varas y menos sobre asuntos a ajenos mas sabía que se si marchaba de vuelta sin la ojiazul… andaría arrepintiéndose hasta su último soplo de energía (cosa que no tardaría en suceder).
Luces de distintos colores alumbraron su clara cabellera en varias tonalidades del arcoiris. Casi rió, de buena gana, cuando el gorila le solicitó su carnet de identificación. Pocos segundos le faltaron para darse cuenta en que él era, con absoluta diferencia, el más joven dentro del local. Pocos chicos tendrían el valor de aproximarse hasta donde el rubio llegó. No muy lejos de su posición varias chicas movían sus traseros en frente de las caras de sus clientes quienes, cómodamente, se encontraban sentados en sofás de cuero negro a la vez que fumaban apestosos habanos con sabor a alquitrán. Pese a que ellos no podían tocarlas pues una barrera invisible les mantenía al margen de manosear sus tersas pieles contra la suyas, en sus ojos se distinguía el brillo de incesante lujuria bañando sus orbes. Haciendo a un lado su escuchimizado rostro para dejar de sentir nauseas, Briët se desplazó hasta el lugar de la barras.
Con un fino top en estilo mariposa cubriendo su torso y unos shorts que no dejaban mucho a la imaginación, la joven ojiazul danzaba con los ojos cerrados y una pragmática sonrisa estirando sus labios sobre la vara de metal. Aunque el maquillaje era excesivo no iba a mentir y decir que no estaba… linda. Con ojos humeados y labios rojos al igual que manzanas perfectas para caer del árbol, ella resultaba la más atrayente de todas las muchachas. Mentiría si dijese que no quedó prendado en el ritual de su danza por largos segundos en sosiego, hasta olvidando su deporable ubicación. No la entendía. Por muy buena propina que esos tipos le otorgasen, el rubio jamás entendería el estar vendiendo su talento a esos cerdos. Lo sentía, ya que ella no guardaba culpa alguna sobre los nefastos acontecimientos familiares que sucedieron en su hogar mas… tampoco era la mejor opción labrarse así su porvenir.
La magia de su hechizo se desvaneció en cuanto uno de los clientes atrapó su tobillo a la hora de encontrarse a punto de hacer una vuelta. La disconformidad dibujó su semblante y meneó el pie a la espera de ser soltada. Sin embargo, el hombre, corpulento y feroz, no le cedió su petición. La tiró y la ojiazul se pegó un golpe de espaldas. Luego escuchó su grito, un grito ahogado abriéndose paso de manera abrupta a su cabeza y ahí el rubio se obligó a reaccionar. A paso de lince, repartió codazos y empujones incluso cuando ya accedió a la tarima de la barra.
Otro grito, uno de espanto, se atendió en la aborratada sala. Y eso grito no escapó de Bree, sino de una de sus compañeras quien empezó a jalarse los cabellos en señal de horror. Sintiendo un mal presentimiento, osó bajar su vista hacia el suelo… y allí la encontró.
Tendida, con un trozo del top removido y dejando asomar parte de su blanquecina piel, una bonita estaca de metal atravesaba su desprotegido busto. Un manchurrón de sangre adornaba ahora las distintas lentejuelas de su prenda. Cuando quiso cerciorarse el culpable ya salió huyendo. Parecía que era Briët quien tenía clavado el puñal en el corazón y no la pobre y asustadiza ojia azul, quien todavía constaba de vida en sus azulinas orbes.
Aproximándose, quedó en cuclillas y alargó su mano con extremo temblor hasta su rostro pecoso, ni el maquillaje conseguía quitar sus marcas naturales.—… A-a-Au…Bree…—¿habló o sólo fue su imaginación? Ni siquiera era capaz de entrever el caos dentro del local. Las chicas comenzaron a gritar, a llorar y correr en círculos. Los clientes empezaron a salir como una manada de búfalos asustadizos, arremolinándose en la salida y provocando enseguida un tapón. Briët no era capaz de verles u oírles. Toda su inclinación quedó recolectada en la inerte muchacha. Atreviéndose a tocarla, Briët pasó la temblorosa mano por el rostro de la joven. Lo tanteó con turbación y los ojos de ésta, débiles y mortecinos rodaron sobre él. Lágrimas de desconsuelo surgieron de las cuencas oculares del chico y se obligó a tragarse su ahogante sollozo.—N-no l-los cierr-es.—suplicó, ya que sabía que si ella perdía el contacto de su mirada todo se acabaría. Apoyó la cabeza de la chiquilla sobre sus endebles piernas y le acarició los sedosos cabellos.—Vas… vas a poner-t-te bien—aseguró, más para sí mismo que para la propia herida. Sorbió por la nariz, su vista comenzaba a ahogarse y no era capaz de ver como las aletas de la nariz de ella se abrían y cerraban en un lento vaivén.—Y-yo s-se lo prometí… a t-tu madre. Le di-dije que te llevaría-a con ella de vu-vuelta antes de que yo… yo me muera.—si hubo cambio en la expresión de la chica, no lo supo pero solo sintió como sus párpados caían en reverenciosa lentitud.—N-no Bree… aguanta.—instó, dejando que sus lágrimas cayesen en forma de gotas de lluvia sobre su afligido rostro. Como si ella quisiera atrancar su dolor, intentó mover sus labios en una típica mueca de seguridad mas… un rictus quedó únicamente mostrado en estos.
Su pecho se infló por última vez, al igual que el destello de sus orbes de caleidoscopio.
Luego se marchó, lejos del dolor.
Pese al quedarse sólo, con el cuerpo inactivo de la joven, Briët la acunó en sus brazos como quien acuna a un recién nacido. Su sangre destiló color en la blancura de su ropa. La apretaba contra sí, ignorando el hecho de que ella no podía responder a su brutal abrazo.
Los testigos afirman que Briët siguió sosteniendo el cuerpo de la desafortunada bailarina hasta que los sanitarios llegaron para arrebatársela. Forcejeó con ellos y aseguró que no le importaría tener que desencallar el cuchillo de la morena de su pecho para clavarlo en el mismo lugar donde el tipo la pilló. Tras varias bregas, los enfermeros consiguieron finalmente el cadáver de la azulina.
La gente próxima a ambas figuras asegura haber distinguido a Briët recitar esta melodía como si él mismo se tratase de un aedeo.
"La bailarina de las zapatillas rojas
es la más bonita de todas
y por eso la envejecida luna
Y así la bailarina de las zapatillas rojas