CUANDO LA PALABRA REGRESA CONVERTIDA EN GRATITUD
A veces uno escribe creyendo que arroja unas palabras al viento.
Después descubre que el viento tenía memoria.
En estos días han llegado diplomas, distinciones y gestos de afecto desde distintos espacios literarios. Los recibo con gratitud, pero también con esa extraña sensación de quien mira un camino recorrido y comprende que ninguna huella le pertenece por completo.
Porque detrás de cada palabra están quienes nos enseñaron a pronunciarlas.
Los libros que alguna vez nos desvelaron.
Los amigos que permanecieron.
Los que partieron.
La familia.
La infancia.
Y acaso también ciertos paisajes que terminan escribiendo dentro de nosotros.
El mío tiene un nombre: Tafí del Valle.
Desde aquí, cuando la tarde comienza a descender sobre los cerros y los cardones alargan sus sombras sobre la tierra, los reconocimientos parecen adquirir otra dimensión.
El oro de un pergamino dura un instante.
El oro de una puesta de sol sobre el valle pertenece a otra clase de eternidad.
Entonces comprendo que tal vez escribir consista solamente en eso: intentar salvar del olvido aquello que amamos.
Una voz.
Una casa.
Un rostro.
Una ausencia.
El ruido lejano del viento atravesando los pastizales.
Agradezco profundamente cada reconocimiento recibido y, sobre todo, a quienes alguna vez se detuvieron a leer una de mis palabras.
Porque un escritor puede llenar muchas páginas, pero el verdadero milagro sucede cuando, al otro lado del mundo o de la calle, alguien encuentra en ellas algo que también le pertenece.
Esta noche vuelvo a mirar el valle.
Los cerros siguen allí.
No conocen diplomas ni ceremonias.
Tal vez por eso saben más de eternidad que nosotros.
Y mientras quede una palabra por decir, seguiremos escribiendo.
Desde Tafí del Valle, donde hasta el silencio parece tener memoria.
Jorge Bernabé Lobo Aragón
El hombre que escribía desde el Valle













