Xx MEGALOMANIA - PART III xX
Los delirios de poder lograban incluso invadir a aquellos seres diferentes al humano común y corriente, a aquellos que uno creía inmunes a todo tipo de mal terrenal. Adriel era una muestra de ello: un arcángel centenario, que tuvo su experiencia de padecimiento en lo profundo del infierno hasta que lo doblegaron de tal forma que terminó arrodillándose ante la raza contra la cual hubiese luchado en otra época. Se convirtió en uno de ellos, en uno de las escorias de ojos negros con más alto poder y rango. Pasar tanto tiempo entre la muerte y el dolor te quitaba la humanidad. En algún punto de la historia, supo que para vengar los buenos momentos arruinados en su pasado, tenía que ganar poder y tendría que valerse del sufrimiento de todo lo que vivía ahora en el Hades.
Layla era la clave para poseer tal poder que nadie fuera capaz de enfrentársele. Y todo ese tiempo, ¿realmente había sido tan fácil como arrancarle el corazón del cuerpo? Bueno, debía admitir que se había divertido con los juegos psicológicos, y generar tanto malestar en su última descendiente, al punto tal de verla rendirse como él ante el lado oscuro. El demonio tomó el corazón con ambas manos, sin molestarse en evitar en que la figura consumida de Lay cayera inerte en el suelo, a orillas del río Mississippi. Éste fluía sin cesar, golpeaba contra las rocas un tanto más rápido de lo normal de lo que era su pace. Adriel acercó el músculo sangrante a su rostro y cerró los ojos cuando logró captar el olor a hierro que emanaba el mismo, animándose a olisquearlo más de cerca, casi estampándolo en su cara. Se sentía suave y fibroso, duro a la vez. Si lo presionaba lo suficiente contra sus mejillas, la sangre volvía a saltar hacia todas partes pero no parecía concentrado en aquel detalle, la saboreaba más bien como si fuera su plato favorito. “El sabor a la victoria” hubiese sido un título perfecto para ese momento en especial. Y la tentación era grande. El morderlo, engullirlo… Habría ganado por completo. - Esperé por tanto tiempo… El imprevisto, sin embargo, nunca faltaba.
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- Padre. La voz de Lauren, siempre calma como si el peligro estuviese sucediendo en otra parte del mundo, interrumpió las intenciones de Adriel de terminar a mordiscos lo único que quedaba de Layla Lake. No fue la voz lo que la delató, pues a lo largo de los años la esencia angelical de Lauren había pasado por muchos cuerpos humanos. Si el demonio no hubiese sido capaz de distinguir su propio linaje, su misma esencia, no hubiese podido reconocer a su hija. Adriel se dio vuelta con mucho cuidado, luciendo una sonrisa liquida color roja carmesí, a través de la cual sólo pudieron distinguirse parte de sus dientes afilados y blancos como perlas. - Me cazaste con las manos en la masa, pequeña – si la risa cantarina y burlesca no hubiese abandonado sus cuerdas vocales, pues entonces no habría sido él dando una respuesta. Por su parte, Lauren no movilizó ni un músculo. Algunos recuerdos de la existencia terrenal con su padre surcaban su mente, pero eran muy poco claros. Ella sabía muy bien que no se podía salvar lo que ya estaba perdido; y para acabar con la maldición Lancaster en la tierra, – todo lo que proviniese de esa familia – debía atacar el problema de raíz. - ¿Acaso el ratón te ha comido la lengua, pequeña?- inquirió el demonio, acercándose unos pasos hasta la posición de la rubia, observándola más de cerca. Era un ángel en decadencia y lo podía sentir en sus huesos. Con un chasquido de sus dedos podía eliminarla. - ¿O ya no puedes ver la diferencia entre un padre adoptivo y tu padre real? >> Oh, pero no te culpo. El Gran Señor de los Cielos suele ser muy persuasivo con sus palabras. Es un don. Quienes creen lo llaman Dios, y los demás, creemos que sólo es un brillante demagogo, uno profesional. Tú y yo, Lauren, podemos verlo. Esa es la razón por la cual estamos hoy aquí parados luego de tanto tiempo. La por siempre eterna Lauren Lancaster no tuvo tiempo a replica hasta que Adriel decidió callarse la boca. Muy dentro presentía esas sensaciones que había bloqueado por siglos: ira, decepción, angustia, los sentimientos más humanos que un ángel no podía permitirse. Estos, volvían a aflorar en ella, pero no se hacían presentes en su rostro apacible. - Esa es la razón por la cual tú y yo, Padre, estamos aquí – reformuló en su respuesta monótona - ¿Y qué hay de Layla? ¿Por qué está aquí hoy? - Bueno, Lauren, querida – la respuesta no tardó nada en llegar de los labios del arcángel caído. – Dos personas han cometido un gravísimo error: la bruja de tu tía al pensar que su estúpida profecía se cumpliría, y tú, fallaste como ángel guardián. Las palabras sin anestesia golpearon con violencia en el ego de Lauren, quien apretó sus labios con vigor en una primera mueca de rabia contenida, por poco haciéndose daño cuando oyó semejante acusación. El brillo de los ojos de su recipiente cambió rotundamente, y si bien los movimientos corporales eran mínimos, se lograba divisar ciertas intenciones para nada buenas en ellos. Tal vez con su energía sin fallas podría haber matado con sólo una mirada. No permitiría que insultara su trabajo de tantos años, aquello por lo cual se estaba sacrificando. Sin embargo, la sentencia salió de su boca con una envidiable tranquilidad. - Tú cometiste un grave error también. - No, no lo creo posible. No cometo errores. Y eso es una buena enseñanza, para futuras referencias, ¿sabes? – contestó Adriel con todo su egocentrismo cargado en aquellas palabras. Pero se lo notaba distraído, parecía haber dejado de prestar atención a Lauren, seguramente creyendo que sus palabras no valían su tiempo disponible; y había vuelto a concentrarse en el corazón de Layla Lake, el cual aún sostenía en su mano derecha, notando la sangre ensuciando sus dedos y cayendo sin césar a la hierba. El silencio reinó el estrecho espacio que distanciaba a ambos seres sobrenaturales hasta que un grito que hizo eco por todo el bayou desgarró la garganta del ángel, quien cayó de rodillas al suelo, temblando de dolor. La joven se aferró al pasto mojado con fuerza en un inútil intento por detener la sensación de que le estaban arrancando las tripas una por una. El barro se metía cada vez más profundo debajo de sus uñas, cediendo así al tormento al cual la sometía su propio padre. - No puedes simplemente enfrentarte a un ángel caído con una buena intención. Bueno, era algo difícil contestar a tal comentario cuando uno estaba siendo torturado, pensó Lauren para sus adentros. Y aun así, no hizo esfuerzo alguno más que el necesario para librarse del calvario que sufría, de sus músculos partiéndose, sus órganos arruinándose no con los años, sino a toda velocidad. Su cuerpo se había deteriorado con el tiempo. No era capaz de alojar la esencia angelical del todo, y Adriel estaba provocando con sus tormentos que todo el proceso de desgaste sucediera más rápido. Lauren tosía una y otra vez, intentaba buscar el aire que le faltaba, gracias a la sangre que la ahogaba y salía expulsada desde su garganta a cantaros para chocar contra el suelo de forma más bien violenta. Adriel estuvo finalmente parado a su lado, estudiando cada temblor que movía a la pequeña figura que tenía a sus pies, regodeandose de aquel ovillo indefenso que había formado. ¿Cómo siquiera pudo atreverse a pensar que iba a poder contra él? Se le pasó por la cabeza que podría ser un mal hereditario y toda la descendencia Lancaster sufría de él. Layla primero, su hija después. El demonio se agachó junto a ella, portando una sublime sonrisa de suficiencia, con el pensamiento de que tenía aquella batallada ganada. La tomó por el mentón con tal brío que casi logra partir su mandíbula. Quería que le mirase a los ojos antes de irse por completo, ver como la vida se alejaba de ellos poco a poco hasta dejarlos opacos. - Eso es, pequeña. Ve a dormir. Y saluda a tu madre de mi parte, el infierno es un lugar interesante. Ese sería el punto final de su comunicación con Lauren. Adriel tiró la cabeza hacia atrás en un sutil y leve movimiento, abriendo la boca en una pequeña “O” casi como si buscase aire nuevo. Tenía sus ojos completamente rojos enfocados en la mirada vacía y débil de Lauren, mientras que de los labios de la misma emanaba un extraño gas brillante, parecía de consistencia liquida también; era plateado y muy parecido a lo que había expulsado el cuerpo de Layla hacía minutos atrás: su magia, su esencia. Pero el demonio hambriento de poder había pasado algo por alto. Lauren tampoco era tan fácil de vencer, después de todo, tuvo un gran entrenamiento y había sido dotada de mucha magia e inteligencia. El suicidio nunca estuvo sobre la mesa. Y él, por una vez, no era todo poderoso frente a alguien, por lo cual la sorpresa lo tomó totalmente desapercibido y sin posibilidad de defenderse ante el inminente ataque que provino de la nada. La hoja fría de una cuchilla de corte irregular atravesó por completo el pecho de quien alguna vez hubo sido Charles Foley. Seguramente los demonios no creían en el karma, y a decir verdad, tampoco lo hacían los ángeles, pero en todos los años que Lauren pasó en la Tierra había aprendido la simple filosofía del mismo: “lo que va, vuelve”. Esta vez era ella quien estudiaba casi con mórbido alivio como la vida, o más bien, aquella oscuridad que dotaba de movimiento al cuerpo de Charles, se alejaba por fin de él. Una especie de corriente eléctrica rodeó a Adriel, quien convulsionaba con cierto ritmo, como lo haría alguien que recibía un choque de electricidad. Quien sostenía la daga, tenía la extraña sensación de que el tiempo se había detenido en ese preciso instante, y que sería un momento bisagra en la historia de la humanidad. Los ojos de su víctima no paraban de abrirse más y más al ton de la sorpresa, y aunque aquello parecía haber llevado años luz en suceder, de un segundo a otro, el cuerpo humano de Adriel ardió en llamas, emitiendo un audible y grotesco sonido que se originó desde lo más profundo de su garganta. El humo negro característico como esencia demoníaca fue expulsado de su recipiente, formando un espiral en el aire que luego se hundió o más bien, disipó al chocar contra la tierra embarrada. Se entremetió por la hierba, buscando algo que volviese a darle la oportunidad de resurgir, pero poco a poco, simplemente desapareció.
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Bueno, tal vez ya estaba acostumbrada a la existencia sin ver las horas pasar. Por un tiempo, había logrado aprender cómo funcionaba el reloj, para que servía y así, organizar algunos momentos de la vida o tener cierto control sobre ellos. Y luego, sólo lo olvidó. Así que Lauren no pudo calcular cuánto había pasado desde la caída de Adriel hasta que logró llegar a rastras al cuerpo de Layla, más bien, lo que quedaba de ella. Huesos con piel pegada a los mismos, y un agujero hueco en medio de su pecho. Algunas moscas ya revoloteaban a su alrededor, pero ella no tenía las energías suficientes para espantarlas, si apenas podía mover los dedos. La piel de la joven Lake se encontraba arrugada, parecía haber envejecido de repente al momento en que se le escapó la vida de las manos. Su cabello había perdido el brillo de siempre y lucía color ceniciento. Literalmente, Adriel había absorbido su esencia. Estiró sus brazos para tomar a Lay entre ellos. No pesaba demasiado, por lo cual fue fácil dejarla yacer sobre su falda. Aun así, eso había supuesto un terrible desgaste de energía para ella. Hubiera sido más digno poder despedirse, poder decir algo “lindo”, dar esa especie de discursos que aparecían en las películas románticas, poder hacer saber al otro que había estado allí. Pero no estaban en ninguna película, y tan loco como pareciera, eso seguía siendo la realidad. Su duración allí se agotaba poco a poco, y lo que quedaba, se gastaría en su protegida: tendría la oportunidad de seguir adelante, de volver a intentarlo. Esta vez, tal vez por mucho tiempo, no contaría con la ayuda divina del paraíso, pero la había entrenado bien en los secretos de la magia y los ángeles. Confiaba en que las cosas iban a seguir un rumbo y no se desviarían del mismo. Se estaba sacrificando para que así fuera. Seguro, los ángeles no sufrían ningún daño físico, es decir, eran incapaces de comprender el dolor. Pero al poseer un cuerpo humano, Lauren ahora percibía todo el calvario que su recipiente estaba aguantando. En cualquier momento estallaría, y la poca esencia angelical que era capaz de albergar, se apagaba cada segundo que pasaba. No, no era una película. Y la cruda realidad exigía que las cosas sucedieran rápido. Con el cabello rubio cayéndole por el rostro, pegándose a esa mezcla de sangre y sudor que se expandía por su cara, acercó el rostro de Layla que sostuvo entre sus manos, lo más que pudo hasta casi rozar sus labios. Tanto de sus extremidades como de su boca, comenzó a emanar la luz blanquecina que era magia en su forma pura. Lo que Adriel había quitado a su descendiente, Lauren se lo estaba devolviendo. El cuerpo de Layla fue tomando color de a poco. Aquel pálido mortecino que se veía en su tez, mutaba a un color más rosado; las mejillas chupadas hacia adentro volvían a inflarse y el brillo de su cabello era visible de nuevo. Al mismo tiempo, sin embargo, Lauren perdía la poca fuerza que le quedaba. Su tenso agarre a la cazadora iba cediendo cada vez más y los ojos se cerraban de a ratos. Y si bien aquel recipiente había sufrido las torturas de su padre, el malfuncionamiento del organismo que precedía a la muerte humana empezaba a hacerse presente: frío, falta de aire, temblores, dolores internos. Su sistema comenzaba a colapsar. En el preciso instante en que el ángel parecía rendirse ante el cansancio, un par de manos sostuvieron con intensidad sus mejillas y evitaron que perdiese la conciencia por poco, obligándola a ver con sus propios ojos que era lo que la detenía. Se encontró con dos pares de iris azules que brillaban a la luz de la luna, envueltas en lágrimas pero apenas siquiera podía notarlo. La vista se le iba a cada segundo que pasaba. Pronto, percibió también su tórax contraerse – prueba de esto fue la tos que empezó a emanar de su garganta – cuando Lay la encerró en sus brazos contra ella. Quería hablarle y lo intentaba, pero no oía sonido alguno escapar de su boca. Lauren se percató de la magia de Layla tratando de entrar en su organismo, pero el sistema lo rechazaba por completo y posiblemente, la hechicera se dio cuenta, pues los sollozos se hicieron audibles. - ¡Estoy intentando salvarte, déjame hacerlo! – le reprochó la cazadora con la voz quebrada por el llanto, víctima de la desesperación. En su tono se lograba entrever una acusación. En cambio, cuando Lauren por fin fue capaz de hablar, su voz era fina y frágil, sonaba a que algo iba a romperse de un momento a otro. - Estoy… salvada – la tos interrumpía su comunicado, uno al cual Lay intentaba entender a toda costa, sosteniéndola con firmeza como si eso fuese a prevenir cualquier peligro, cualquier daño o la muerte inminente – Fui… mejor. Lauren aun tuvo la energía suficiente para alzar la cabeza, fijar la mirada en los ojos aguosos de Layla y componer lo más cercano a una sonrisa que alguien usaría luego de haber ganado una importante batalla. Toda aflicción se hacía humo y tenía la sensación de estar volando: era la realización. Había cumplido con su misión. Estaba lista para, por fin, para obtener su merecido descanso luego de haber trabajado durante cientos de años. Y eso hizo. Lauren cerró sus ojos.














